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Y ordeno que alguien haga algo

 

Que haya una organización que se hace llamar «Comunión Tradicionalista Carlista», porque así resulta de los registros del Estado liberal, y que en su cúspide tenga a un «presidente» desde hace más de treinta años, explica muchas cosas. Para empezar, que en el camino se han dejado el Trono, el principio legitimista, que es difícil decir no guarde relación con el Carlismo histórico, como fenómeno inteligible y reconocible. Así como que no tienen demasiado interés en recuperarlo. Se sienten a gusto en el republicanismo presidencialista. O quizás esperen que los hados transformen al Presidente en rey. En rey como el de Saint Exupery que sólo prescribía cosas razonables y de fácil cumplimiento, como decretar la puesta de sol a la hora del ocaso o mandar “que alguien haga algo”.

El actual presidente de esa organización ha escrito un artículo a propósito de los actos del pasado día 25 en Leiza que deja traslucir algunas otras cosas. Como la crónica madrugadora de otro miembro –también presente en Leiza– de la mentada organización.

Primeramente, los actos de Joaquín Muruzábal Muruzábal, primer requeté muerto en 1936, por los hermanos Cruz y Sylvita Baleztena, fallecidos este año,  y por los padres de Silvestre Zubitur no tienen una «excusa», como escribe el presidente, ni con comillas ni sin ellas, sino que constituyen un acto de caridad: el de ofrecer sufragios por los difuntos. En este caso por Joaquín Muruzábal Muruzábal, primer requeté muerto en 1936, por los hermanos Cruz y Sylvita Baleztena, fallecidos este año,  y por los padres de Silvestre Zubitur, organizador del acto. Y, entre los sufragios, ninguno igual que el del Santo Sacrificio de la Misa. De ahí que Silvestre Zubitur le diera la máxima importancia a su celebración por el reverendo señor don José Ramón García Gallardo, a quien llamó por segunda vez consecutiva para la ocasión, haciéndolo éste según el rito inmemorial de la Iglesia codificado por San Pío V. Lástima que el presidente de la organización, acompañado por sus dos seguidores, decidieran ausentarse de la Santa Misa tras asistir al responso, incorporándose de nuevo al almuerzo en Petrorena, la casa de la familia Baleztena en Leiza. Parece que, lejos del Trono, también lo estén del Altar, la auténtica roca sobre la que construyen quienes se niegan a construir sobre la arena. Y que, puestos a ser descorteses, no sólo lo son con el admirable Zubitur sino con el Rey de Reyes. Igual el republicanismo les impide asistir al culto tradicional. O igual tienen escrúpulos que nunca tuvieron fundamento, pero menos aún en los tiempos presentes del pontificado francisquista, que ha arrasado cualquier óbice canónico menor.

La interpretación que de los actos da el presidente de la organización resulta también singular. Como lo fueron sus palabras a los postres, en que habló… de su organización. Lógico. Ahora, en su artículo, con la excusa (esta vez sí) de hablar de un plan estratégico, de la organización, claro, suelta que la unidad se produce en la acción, imaginamos que igual que «se hace camino al andar», que diría un poeta, o un existencialista, o un cursi. De ahí que se extienda en la defensa de una estrategia de guerra de guerrillas, equiparando la situación presente a otras de nuestra historia, caracterizadas todas por el eclipse de la autoridad legítima. Es normal que no se sienta con fuerzas para reclamar obediencia. Pero hoy hay un Rey legítimo, un Abanderado, que Dios guarde muchos años: Don Sixto Enrique de Borbón. Ese Rey, a propósito del movimiento de  los chalecos amarillos, dijo recientemente:

«no tienen la suerte que nosotros sí tenemos, la de saber lo qué es la fe, la esperanza; la suerte de saber realmente lo que es el combate, el combate carlista de 150 años o más, que ellos no tuvieron. Ellos no saben de esto, ellos no saben que, si hay que combatir, hay que combatir con un proyecto. Un proyecto lo tenemos nosotros los carlistas, ellos no tienen proyectos. No tienen tampoco jerarquía, y para conseguir una victoria hay que mantener una jerarquía, no tienen jerarquía. Van a perder, aunque son una reacción muy compacta, muy nuestra; ellos quisieran salvar el país, pero no lo van a salvar porque no son españoles, no son carlistas».

Ése es el rey que los etarras temen. En el fondo, contra él lanzan sus denuestos. Y a ése es al que el presidente y su organización no quieren reconocer. Lo que sería comprensible si al mismo tiempo no pretendieran representar… al Carlismo.

El orador posterior, que no pertenece a esa organización, sino a la verdadera Comunión Tradicionalista que sigue al Rey legítimo, sólo habló de estirpes, de valor y de tradición. De la cruz de San Andrés. Pero, sobre todo, de la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo, que tiene un trazo horizontal que abraza a los hermanos y otro vertical que apunta al Cielo. Frente al elogio de la indisciplina, el recuerdo de una verdadera obediencia que no es sólo ejecución voluntarista.

Se mete el presidente finalmente en un asunto que demuestra conocer poco y del que, como es natural, no puede salir bien parado. En el que, además, era innecesario entrar, al tiempo que nadie le había pedido que lo hiciera, por carecer de título que le habilitara. La opción benedictina. De la que ha escrito hace unos días el ilustre Juan Manuel de Prada, señalando sus debilidades, en la línea de lo que publicaban hace pocos meses en la revista «Verbo» autores como Carmelo López-Arias, el padre Retamar, Bernard Dumont, Danilo Castellano, Joël Hautebert y Juan Fernando Segovia. Parece que el presidente, que se sitúa osada y condescendientemente por encima de los contendientes en la discusión que se ha suscitado al respecto, sugiere que –quizá como todas– es una pérdida de tiempo. Normal para quien sólo tiene cuenta la acción. Y que, sobre todo,  ordena que alguien haga algo. Claro. Pero no cualquier cosa. Sólo las que son conducentes al fin. Y a un fin bueno. Si no, es mejor que no hagan nada.

Secretaría Política de S.A.R. Don Sixto Enrique de Borbón

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