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Carlos Hernanz. Una lectura de El Silmarillion de J.R.R. Tolkien (II)

LA LUZ, LA MÚSICA, EL AGUA

«En el principio estaba Eru, el Único, que en Arda es llamado Ilúvatar; y primero hizo a los Ainur, los Sagrados, que eran vástagos de su pensamiento, y estuvieron con él antes que se hiciera alguna otra cosa. Y les habló y les propuso temas de música: y cantaron ante él y él se sintió complacido.»

Cuando se supera el sobrecogimiento inicial por este comienzo tan cargado de misticismo, en lo primero en lo que se piensa es en lo extraño que suena que a través de la música se pueda crear. Porque si hay un arte que, sin lugar a dudas, no deja ninguna clase de producto perdurable, ésa es la música. La pintura, la escultura, la literatura, incluso la poesía (que alcanza, empero, su plenitud sólo al ser recitada) pueden ser objeto de contemplación en el momento en el que lo deseemos. Pero la música no. Un poema es significativo para cualquiera lo bastante despierto para comprender una metáfora. No sucede lo mismo con una partitura: incluso al que sabe leerla, le resulta muy difícil representársela. Pero además, en ningún momento se habla de partituras en La Música de los Ainur:

«Entonces les dijo Ilúvatar:

-Del tema que os he comunicado, quiero ahora que hagáis, juntos y en armonía, una Gran Música. Y como os he inflamado con la Llama Imperecedera, mostraréis vuestros poderes en el adorno de este tema mismo, cada cual según sus propios pensamientos y recursos, si así le place.»

La mejor manera de intentar comprender este pasaje -y ello es fundamental, pues es el comienzo mismo de la obra- pareciera ser releerlo a la luz de la música. Lo que más podría parecerse a la Gran Música de los Ainur debería ser, en todo caso, una gran obra coral, tal vez un motete. Si se admite esta semejanza, es fácil darse cuenta de lo siguiente: es una idea recurrente en el libro, es el lamento de Yavanna por sus Árboles emponzoñados y el lamento de Fëanor por los Silmarils robados, que la capacidad de crear es limitada, que existe una obra suprema –en cierto sentido- que cada individuo  puede realizar una única vez en su vida. Cuando Ilúvatar invita a los Ainur a verter sus propios pensamientos y recursos en la Gran Música, ¿qué adorno más precioso podrían estos ofrecerle sino la imagen intelectual de sus obras supremas?

Quizá se entienda mejor con un ejemplo: no cabe duda de que en esta primera Gran Música, aquella de entre los Ainur que luego sería llamada Yavanna, la Dadora de Frutos, cantaría acerca de sus Dos Árboles, aún sin ser plenamente consciente de ello. Así, cuando imaginamos el canto de los Ainur, encargados después por Ilúvatar de la compleción de Arda, la Gran Música adquiere no sólo un tono evocador, sino también implorante. Parece razonable pensar que la Gran Música no es otra cosa que un Salmo, una oración primigenia en la que los Sagrados imploran al Único que dé ser a las creaciones de su pensamiento. He aquí la capacidad de la Música para crear; sólo Aquél del que procede todo, puede crear desde la Nada, pero la súplica de los Sagrados puede conmoverle e inclinar Su voluntad. Dice San Agustín:

«Aquel que canta alabanzas, no solo alaba, sino que también alaba con alegría; aquel que canta alabanzas, no solo canta, sino que también ama a quien le canta. En la alabanza hay una proclamación de reconocimiento, en la canción del amante hay amor»

La Música de los Ainur resulta ser, así, no sólo la primera imagen del mundo sino también la primera alabanza al Creador y la primera súplica, en la cual los Ainur manifiestan a Ilúvatar su deseo de participar en la obra de su amor y su gloria. Por otra parte, la idea de la luz como Llama Imperecedera aparece  ya en las primeras líneas de la Ainulindalë, la Canción de los Ainur, pero es un motivo que está presente en todo el relato, desde las Lámparas al Sol y la Luna, pasando desde luego, por los Árboles y los Silmarils. El papel que juega la luz en El Silmarillion, parece apuntar en primer lugar a una metáfora del Espíritu Santo, pues también el Espíritu se representa como una lengua de fuego. Pero, si no olvidamos que los Ainur cantan con «voces […] como de arpas y laúdes, pífanos y trompetas, violas y órganos y como de coros incontables que cantan con palabras», el conjunto resultante de esta Gran Música (con palabras) animada por la Llama Imperecedera, acaba por parecerse más bien a esto:

«En el principio fue el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio con Dios y todo se hizo mediante Él y sin Él no se hizo nada de cuanto se ha hecho. En Él estaba la vida y la vida era la luz de los hombres. Y la luz se muestra en las tinieblas, y las tinieblas no la comprendieron».

Es por esto que se habla de la música que será interpretada después del fin de los tiempos, momento en el que «los temas de Ilúvatar se tocarán correctamente y tendrán Ser en el momento en que aparezcan, pues todos entenderán entonces plenamente la intención del Único para cada una de las partes».

Existe un tercer elemento de importancia capital en la primitiva génesis de Arda, aunque no tan capital como la música y la luz, aunque guarda estrecha relación con la primera:

«[…] dicen los Eldar que el eco de la Música de los Ainur vive aún en el agua, más que en ninguna otra sustancia de la Tierra; y muchos de los Hijos de Ilúvatar escuchan aún insaciables las voces del Mar, aunque todavía no saben lo que oyen»

No me voy a entretener en esto, pues a mi entender, el alma a la que el rumor del oleaje o el suave murmullo de las aguas de un arroyo no conmuevan, no puede conmoverse ya con nada. Eso sí, me permito ilustrar la metáfora con versos (Magna est Veritas, de C. Patmore):

«Aquí, en esta pequeña bahía

colmada de vida tumultuosa y profundo reposo,

donde dos veces al día

el océano, alegre y sin propósito, viene y va,

bajo altos acantilados y lejos de la gran ciudad

me siento.

Por mi voluntad el curso del mundo no decaerá;

cuando todas las obras estén concluidas, la mentira se pudrirá;

la verdad es grande y habrá de prevalecer,

cuando a nadie le importe si prevalece o no»

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