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Sermón del Padre José Ramón García Gallardo en la Santa Misa de los Mártires de la Tradición 2019.

Alteza Real, Don Sixto Enrique de Borbón Parma; Señor Jefe Delegado, Don José Miguel Gambra Gutiérrez, miembros de la Secretarìa Política, queridos correligionarios :

Agradecemos a la Divina Providencia que nos ha permitido una vez más cumplir la voluntad de su Majestad el Rey Don Carlos VII, quién dejara establecido:

«Propongo que se instituya una fiesta nacional en honor de los mártires que desde el principio del siglo XIX han perecido a la sombra de la bandera de Dios, Patria y Rey en los campos de batalla y en el destierro, en los calabozos y en los hospitales, y designo para celebrarla el 10 de marzo de cada año, día en que se conmemora el aniversario de la muerte de mi abuelo Carlos V».

Por eso estamos aquí y ahora para honrar a nuestros mártires.

Mártir, es aquel que da la vida por Cristo, la verdad, la justicia u otra virtud. Y en sentido amplio afirma Orígenes: «Todo el que da testimonio de la verdad, bien sea con palabras, con hechos o trabajando de alguna manera en favor de ella, puede llamarse con todo derecho: testigo».

Mártir, es quién ha llevado hasta el heroísmo la virtud de fortaleza, firme en el sustinere, soporta los ataques y la persecución por amor a la verdad y la justicia. Realizando el acto excelso, el gesto supremo de la virtud de Caridad, «Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos». (Jn XV, 12)

Por estos actos de virtud los mártires alcanzan la bienaventuranza eterna prometida: «Felices aquellos que sufren persecución por la justicia, porque el reino de los cielos les pertenece» (Mt V,20).

San Ambrosio declara que: «Con la muerte de los mártires la religión fue defendida, aumentó la fe y la Iglesia fue fortalecida». Y nosotros podemos agregar, con respecto a la Patria, sucede lo mismo, por lo tanto, con ellos tenemos una enorme deuda de gratitud.

Al subir al altar he besado con devoción el ara que contiene reliquias de mártires, porque son ellos el sólido fundamento de la Ciudad Católica, del altar y del trono. «Dos amores han dado origen a dos ciudades: el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios, la terrena; y el amor de Dios hasta el desprecio de sí, la Ciudad Católica» (CD 14,28).

«Los mártires, no necesitan de nuestras festividades porque gozan en los cielos la compañía de los ángeles, pero gozan con nosotros … si los imitamos». «Celebremos los mártires pensando fundamentalmente en imitarlos; elige tu causa y no te preocupes de la pena», San Agustín de Hipona.

Comenta San Bernardo en la epístola sobre los Macabeos: «Dichosos los muertos, no solo los que mueren por el Señor, como los mártires, sino también los que mueren en el Señor, como los confesores. Dos cosas hacen la muerte preciosa: la Vida y la Causa, pero más la causa que la vida».

San Agustín en varias de sus obras nos enseña que: «No hace al mártir la pena, sino la causa». «En la cruz y en los ladrones es parecida la pena, pero la causa es distinta: uno creyó, otro blasfemó. Y el Señor desde el tribunal de la cruz juzgó a ambos, a uno al infierno, al otro lo llevó consigo al paraíso. Así pues, elegid la causa de los mártires, si queréis obtener la palma de los mártires. San Dimas admitió su delito, subió a la cruz, cambió la causa y accedió al paraíso».

Don Carlos VII dice de nuestros mártires que «Todos morían al grito de ¡viva la Religión!, ¡viva España!, ¡viva el Rey!»

«Con la misma sagrada invocación en los labios, ¡cuántos otros han entregado el alma a Dios, mártires incruentos, en los hospitales, en la miseria; matados, aún más que por el hambre, por las humillaciones, y todo por no faltar a la fe jurada, por ser fieles al honor, por no doblar la rodilla ante la usurpación triunfante!»

Los carlistas de ayer, de hoy y, Dios lo permita, también los de mañana, serán testigos en la vida y, si es necesario, en la muerte, de esa CAUSA, la causa de la Santa Tradición, por la que nuestros héroes son mártires. Esta es la Causa a la que los tradicionalistas hemos consagrado la vida.

Hemos visto que es LA CAUSA la que hace al MARTIR y nuestros mártires: «han perecido a la sombra de la bandera de Dios, Patria y Rey».

La Santa Causa está simbolizada por nuestra BANDERA, las Aspas de Borgoña, la de la Cruz de San Andrés, que sobre fondo blanco su sangre martirial tiñera de rojo.

San Andrés, hermano de San Pedro, cuyo nombre en griego significa: Valiente, ofrendó su vida en Grecia, como si quisiera con su sangre bautizar la filosofía. Es el Apóstol primogénito, el primer llamado.

Es San Andrés, como su cruz lo indica, el Apóstol de la multiplicación, pues cuando estaban junto al lago de Tiberiades y la multitud estaba hambrienta, con San Felipe ofreció al Señor lo poco que tenía: cinco panes de cebada y dos peces; y fue cuando el Señor alimentó a más de cinco mil.  (Juan 6, 1-10.)

Estando San Andrés con San Juan Bautista, éste señaló al Mesías diciendo «Este es el Cordero de Dios». San Andrés le preguntó al Señor. Maestro: ¿dónde habitas? Jesús les dijo: «Venid y ved».

Aquella pregunta que le hizo al Señor en el desierto recibirá por fin respuesta esperada, en este momento supremo, agonizando en la cruz, el Señor le mostró los cielos abiertos y el lugar dónde habita la gloria de Dios. Vio esa morada que Dios tiene preparada para aquellos testigos que son leales y fieles en este campo de batalla.

El Apóstol, luego de ser azotado en una columna, se dirigió hacia la Cruz, cantando un himno que enaltecía aquella Cruz, que más adelante sería nuestra bandera. Iba cantando, como tantos y tantos de nuestros mártires:

«¡Oh cruz buena, que fuiste embellecida por los miembros del Señor, tantas veces deseada, solícitamente querida, buscada sin descanso y con ardiente deseo preparada! Recíbeme de entre los hombres y llévame junto a mi Maestro, para que por ti me reciba Aquél que muriendo me redimió. Amén».

Atado a esa cruz permaneció tres días predicando a las gentes, y podemos decir que aun hoy desde ella continúa exhortándonos.

Las aspas de Borgoña, crux decussata, dirá la heráldica; la Cruz de San Andrés nos dirá la historia; signo de multiplicar, las matemáticas; es el símbolo sensible de nuestra Santa Causa. Es la bandera que flameó hasta donde España llevó las fronteras de la Cristiandad. La cubrió con su sombra y la hizo fecunda ¡Plus Ultra! Por Europa, América, África y Asia. La bandera de los Tercios que hasta en Empel protegía y guardaba, la Inmaculada. Y si Don Carlos I nos trajo de Borgoña las aspas, con ellas Juan Sebastián Elcano hace quinientos años ceñía el orbe entero.

Servimos la bandera de la Tradición, con un pasado que muchos héroes hicieron heroico, que muchos santos hicieron sublime y así como la admiramos y conjugamos en tiempo pretérito, proféticamente, podemos verla flamear victoriosa en tiempo futuro. Porque es eterna, como la Verdad que representa, la Causa que simboliza.  Viva, como el Espíritu que la vivifica.

No nos seducen las banderas modernas, flores de un día, hoy florecidas entre huesos de viejas trincheras, sobre los escombros de un pueblo, ruinas de un imperio y mañana marchitas. Tan modernas como pasajeras, con tanto futuro, como pasado, doctrinas peregrinas.

San Cipriano, mártir, dice: «Una cosa es que falte el ánimo para el martirio y otra que falte el martirio al ánimo». Servimos con mucho ánimo nuestra Bandera. La causa que permite a quienes abnegadamente la sirven, heroicamente la defienden, entusiastamente la exaltan, sean hoy como ayer: Mártires.

Servimos una Bandera, combatimos por una causa. Símbolo que nos trasciende. No ponemos nuestras vidas, nuestros bienes, nuestro tiempo al servicio del Ego, cuando precisamente la abnegación de servir esta bandera nos pide que ofrendemos nuestro amor propio.  Mucho menos estamos dispuestos a servir los egos de los prójimos, de mercenarios y caciques, díscolos y déspotas.

La santidad de esta Bandera exige que sea servida con humildad, pues al lado de esos mártires que hoy honramos somos poco y nada, al lado de esas almas gigantes, somos unos enanos; al lado de esos héroes, muy cobardes; a lado de esos corazones generosos unos mezquinos. Otra vez el reloj de la historia nos marca la hora del heroísmo. Oíd a Santa Teresa: «Todos los que militáis, debajo de esta bandera, ya no durmáis, no durmáis, pues que no hay paz en la tierra».

Antes de acabar quiero agradecer a Vuestra Alteza, Abanderado de la Tradición, haber sostenido fiel y firmemente la Bandera de las Aspas de Borgoña, la bandera de la Cruz de San Andrés, vientos de revolución quieren hacerla girones, pero aun flamea. Cuando las tiranías revolucionarias nos esclavizan ella es la verdadera libertad. Cuando la mentira, el odio, la muerte; la traición de los militantes, la apostasía de los bautizados, la perversidad de los malos y la tibieza de los buenos, la ingenuidad de los inocentes y la astucia de los criminales, amenazan nuestra Civilización Cristiana. Nuestra Bandera con singular nobleza resiste feroces tormentas democráticas, mundialistas e igualitarias. Su sombra cobija a muchos leales en toda la Hispanidad. Es quién abriga la Esperanza. La miran y veneran en las Pampas Argentinas, en Nápoles y en Filipinas, en tierras de Nueva Granada, en México, en Perú, la cordillera de los Andes de punta a punta, bajo su sombra se cobijan los hijos de los aztecas, de los incas, guaraníes y araucanos. La miran con amor filial pues es la bandera que los hizo cristianos. Alteza tenedla firme, ¡No caiga jamás de vuestras manos!

En la oración de hoy suplicamos a nuestros Mártires que intercedan por nosotros ante San Andrés, para que por su Cruz, nuestra Bandera, se multipliquen el ciento por uno las huestes, los medios y las fuerzas, nuestros tres panes y cinco peces.

Carlistas que hagan honor a su Bandera por su lealtad y valentía.

Quiero concluir encomendándoos a la Generala de Nuestros Ejércitos, a la Dolorosa. Al Corazón Doloroso de la Reina de Los Mártires. A ese Corazón que Don Javier decidió poner en el blasón de España a instancias del Papa Pio XII y, Pio XII a instancias de la Virgen María y, la Virgen María a instancias de Dios, fiel a su voluntad, de establecer en el mundo la Devoción al Corazón Inmaculado. Su Corazón Doloroso e Inmaculado, son con el Santo Rosario, nuestras últimas prendas de Victoria. Él es toda la razón de nuestra esperanza. ¡Triunfará!

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