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Noche de San Juan.

«Non batavi, sed barbari». Artículo de Carlos Hernanz

El martirio de San Bonifacio

San Gregorio Magno comparó en cierta ocasión a unos cautivos anglos, que estaban para ser vendidos como esclavos en un mercado de Roma, con los ángeles por su llamativa apariencia física. También, según la interpretación más extendida, en una velada crítica a la terrible institución de la servidumbre forzada, dando a entender que aquéllos también tenían alma y merecían poder alcanzar la Vida Eterna. San Gregorio Magno enviaría, tras aquel episodio, a San Agustín de Canterbury y otros misioneros a evangelizar la tierra de aquellos anglos. San Agustín tuvo un gran éxito en su misión, empañado siglos después por cierto monarca con preocupante afición a las faldas; y tuvo éxito casi dos siglos antes que San Bonifacio sufriera martirio a manos de los frisones cuando intentaba propagar el Cristianismo por aquellas otras regiones.

El autor de estas líneas no pretende sacar conclusiones precipitadas ni establecer relaciones dudosas entre la demora en la recepción del Cristianismo con su mayor o menor grado de deterioro o con los más o menos excelentes niveles de podredumbre moral alcanzados por las buenas gentes de las tierras de Frisia y Batavia; pero por algo había que empezar.

El año de nuestra historia es este 2019 que tan pocas sorpresas agradables nos está deparando. El día, el Domingo 4 de Junio. El lugar, en una localidad cercana a La Haya. La noticia es la muerte –de momento, llamémosla así- de una joven que para casi cualquier ordenamiento jurídico es una menor; muerte por voluntad propia, con la aquiescencia de las autoridades sanitarias de su país, con el silencio cómplice de sus autoridades políticas, ante la indiferencia palmaria de sus conciudadanos, el orgullo de sus (¿desconsolados?) padres y el aplauso patético de la prensa local, que canta con henchida fatuidad las loas de esta valiente y libérrima mártir de su propia causa.

El hecho ha levantado cierta polvareda. No lo ha hecho, por cierto, en los Países Bajos donde, como digo, algunos diarios se hacían eco de la noticia, en tono más bien laudatorio. Al menos, eso es lo que sostiene ABC hoy, pues el que esto suscribe confiesa su ignorancia de la lengua de los príncipes de Orange. Pero hay que esperar a que las partículas de polvo se aposenten e incluso puede que soplar en la superficie, para intentar ver el cuadro con claridad. Pues no son consideraciones sobre el suicidio en sí lo que reclama ahora nuestra atención:

Que una adolescente, sea neerlandesa o no decida quitarse la vida, no es cosa agradable ni deseable en modo alguno, naturalmente, pero tampoco es algo completamente ajeno a nuestra realidad. El punto central de la cuestión no es, por tanto, el hecho implacable de la muerte auto infligida.

Que una adolescente haya decido disponer radicalmente de su propia vida, a consecuencia del inefable sufrimiento que llevaba consigo por el trauma, quién sabe si incurable, de haber sufrido abusos sexuales en su infancia no es algo que, por más que repugne a nuestra sensibilidad y a nuestro raciocinio, podamos considerar prima facie, absurdo. La causa remota de la muerte no es, tampoco, la cuestión.

Que en uno de los países más progresistas y avanzados en ese sutil mecanismo de mejora de la raza que es la eutanasia a nadie le importe ya quién decide quitarse la vida, cómo y por qué tampoco es, lamentablemente, cosa nueva. Cierto es, no obstante, que la noticia podría servir de acicate para que las gentes de otros países de ese invento que se llama Europa reconsideremos nuestra voluntad, otrora firmísima, de asociarnos con tales gentes que no parecen haberse sobresaltado lo más mínimo con la noticia.

El notable y constante incremento de eutanasias practicadas anualmente en Países Bajos. La estadística habla por sí sola.

Que la eutanasia sea legal, legítima y sea decididamente apoyada por Gobiernos y parlamentos allende y aquende la mar, no es novedoso, sorprendente ni será, dentro de no mucho tiempo, ajeno a la realidad española.

Que la eutanasia es un debate cargado como dado de tahúr de sentimentalismo, emotividad y argumentos basados en una ilimitada e ilimitable libertad de autodeterminación de todo individuo, tampoco es cosa nueva. Que los mismos ordenamientos jurídicos que proclaman la eutanasia como derecho fundamental y, en consecuencia, amparan jurídicamente el suicidio, castigan sin piedad la inducción al suicidio [hemos de suponer que, si la inducción la perpetra un batablanca, no hay delito] y que, a pesar de ello, los Estados y las Constituciones no estallan a causa de estas contradicciones, tampoco es desvelar ningún misterio.

Que es fácil justificar (en términos jurídico-positivos) la eutanasia en casos de padecimientos físicos extremos y muy difícil hacerlo cuando los padecimientos son psíquicos no es, como sostienen muchos hoy a resultas de este suceso, un debate abierto con la muerte de Noa Pothoven [que así se llamaba la muchacha]. Lo que pone de manifiesto es la inversión de la lógica propia de las normas a que nos tiene acostumbrados nuestra época: ya hace largo rato que no se legisla para dar cobertura o protección legal a supuestos excepcionales, sino que se legisla para convertir en normativo lo excepcional y abundar en la excepcionalidad hasta el punto de revertir o incluso, anular, los mismos conceptos de normativo y excepcional. Si a la Srta. Pothoven no se le practicó una eutanasia «con todas las de la ley», no fue porque el supuesto de los padecimientos psíquicos no estuviera amparado por la legislación neerlandesa como causa de justificación, que sí lo está; ni porque la legislación neerlandesa no autorice que se liquide a los menores que sufran padecimientos insufribles, que sí lo autoriza. Fue por un raro escrúpulo de conciencia esgrimido por los responsables de la clínica de terminación de la vida [sic] a la que acudió con su legal y legítima vindicación: aún era demasiado joven para valorar la insuperabilidad de sus traumas de niñez.

Y, por otro lado, tampoco debemos pensar que hay debate acerca de si los padecimientos psicológicos justifican o no una eutanasia porque, desde mi posición de lego, dudo que exista ingenio médico alguno para valorar, en eficiente medida ISO creada al efecto, el nivel objetivo de dolor provocado por un cáncer, la enfermedad de Huntington o un catarro persistente. La nota de insufribilidad del padecimiento, la dará el propio paciente, es de creer.

No seamos tan ilusos para pensar que este suceso abre un debate sobre el alcance del derecho a la eutanasia que tan alegremente nos van a traer los socialistas, como un valioso presente más que nos obsequian los Reyes Magos de Bruselas. Ya se sabe que los socialistas son como las hijas de Merino y para merendar nos traen siempre algún dulce suculento como el adulterio legal, el infanticidio o la reducción del gasto sanitario por vía de hecho [si el amable lector desea sustituir mis amargas expresiones por los cursis tópicos de divorcio, aborto y muerte digna, libre es de hacerlo]. No hay límites al alcance de la eutanasia, porque es un derecho directamente derivado de la sacrosanta voluntad libre y, cuán bien sabemos qué alcance tan largo tiene la libre voluntad.

No seamos tan imbéciles para dudar un instante si esta terrible noticia va a reabrir el debate sobre la eutanasia. Hoy nos lamentamos y mañana será una nota en la estadística. El único debate que habrá lo mantendrá un puñado de funcionarios del Reino de los Países Bajos acerca de si, por las particulares características del caso, hay que anotar a la Srta. Pothoven en la columna de suicidios o en la de eutanasias.

El debate, creo, no puede dirigirse ya a cuestionar la legalidad, que es inmutable porque es progresista; ni a cuestionar las aplicaciones de la ley limítrofes con la legalidad porque, si hay que ampararlas, se ampararán.

La discusión tampoco puede centrarse en por qué un puñado de facultativos asistieron sin pestañear a la muerte por lenta inanición y deshidratación de una menor de 17 años en el salón de su casa; la libertad suprema de la futura difunta era el faro que guiaba a aquéllos que una vez juraran con el caduco y marchito Hipócrates.

Ni hemos de meditar tampoco en la siniestra realidad que supone que los padres y hermana de la Srta. Pothoven estaban allí presentes, no sé si inmóviles pero desde luego sí inertes. Inertes de espíritu, que es una inercia más grave y más mortífera que la inercia física. No sé si ya uno puede considerarse una persona mentalmente sana pero, como hipótesis, digamos que sí lo soy; y estoy firmemente convencido de que no toleraría, empleando para ello la fuerza física si fuere necesario, que una hija mía, o un tío, o un vecino, se quitara la vida, si yo pudiera hacer algo para impedirlo. Tanto menos cuanto, como en este caso, la adecuada asistencia espiritual a la desgraciada doble víctima podría haber revertido sus innegables padecimientos.

Clínica de «terminación de la vida». Sugerente eufemismo.

Sí creo que es justo rezar y rezar mucho; rezar mucho por la Srta. Pothoven, a quien las leyes neerlandesas no consideran madura ni formada para votar, beber alcohol o conducir pero sí para dejarse morir. Rezar mucho por sus padres y demás familia; no para que encuentren consuelo, no. Para que, primero, encuentren el profundo y casi desesperado desconsuelo que habrán de experimentar tarde o temprano cuando en las altas horas frías de una noche desvelada, reflexionen y tomen conciencia de que su hija no encontró en este mundo el consuelo, el apoyo y la fortaleza ni de su propia familia, cuando le fue infligida la herida fatal que la llevaría a querer su propia muerte. Recemos, porque los Sres. Pothoven un día dejarán de poder dormir (si Dios les tiene clemencia) porque no fueron capaces de rescatar a su hija de las profundas oscuridades del tormento de su alma. O quizás nunca les llegue la gracia de una iluminación tan oscura, por estar convencidos plenamente de su propia inocencia; pues otro cometió el abuso y ella, autodeterminada, libre y soberana, Noa Pothoven, de 17 años, decidió dejarse morir.

Países Bajos, a la cabeza del progreso y del desarrollo humano, nación orgullosa de su tolerancia y de su talante moderno, que se horrorizaría hasta límites inimaginables por el mero sugerir que, quizá, quien abusa de una niña merecería la muerte (al menos, en este mundo), no ha pestañeado hoy cuando la niña, finalmente, ha muerto. Los verdugos dan menos problemas que las víctimas; se rehabilitan y vuelven a ser productivos. Y si no lo hacen, ése ya no es problema del Estado, que habrá puesto todo de su parte. Los verdugos, comparativamente, solicitan menos compensaciones económicas al Estado que las sangrantes víctimas. Los verdugos, en fin, no suelen requerir asistencia espiritual [o sí, y más que las víctimas y en un sentido mucho más profundo y más reparador, pero eso qué le importa al Estado]. Los enfermos son una carga insoportable para el Estado y para sus familias; y las víctimas de ciertos delitos también parecen estar incurablemente enfermas, pues hay terrores, miserias y humillaciones que no lavan ni las terapias psicológicas. Esas terapias que de nada sirven si no conjugan examen de conciencia, atrición y contrición, propósito de enmienda y confesión; y perdón que, como es una Gracia, es divina y no se imparte en las Facultades, por muy neerlandesas que sean.

Éste ha sido un circo de la muerte, sólo en apariencia inocente; los suicidas nos inspiran piadosa conmiseración, no admiración y eso es bastante indicativo del punto de diabólica soberbia que, consciente o no, implica el disponer de la propia existencia. Y el circo de la muerte viajará a otras ciudades; de Batavia, de Frisia y pronto, también, de Hispania.

Recapitulo: no servirá, todo este espanto, para nada más que contristar a algunas almas piadosas y para que las mentes eficientes de los congresos y senados de la Tierra deliberen sobre «los límites del derecho a la eutanasia». Y esto último, en el mejor de los casos.

El recuerdo de la Srta. Pothoven se lo llevará el marasmo de información de la próxima semana, como las mareas se llevaron los diques de Zelanda en  1953. Quedan aquí sus padres, hermanos, médicos y aquellos que abusaron de ella. Vivos, productivos y con su derecho a la eutanasia sano y vigoroso. Que Dios se apiade de sus almas.

Y que tenga, a la Srta. Pothoven, donde deba estar.

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