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«No somos rezagados de una guerra perdida». Discurso de Juan Manuel Rozas en la cena de Cristo Rey 2017

Reverendo padre, queridos amigos:

En septiembre de 1945 el Japón se rindió a los Estados Unidos de América y sus aliados. No se crean ustedes que me he equivocado de cena; sé muy bien que celebramos la vigilia de Cristo Rey y voy a hablar sobre Cristo Rey.

Porque, a pesar de esa rendición de septiembre de 1945, durante casi treinta años, en concreto hasta 1974 cuando se entregaron o fueron rescatados los dos últimos, un puñado de soldados japoneses, emboscados en las selvas de las Filipinas y otras islas del océano Pacífico, se negaron a aceptar la derrota y, cada uno de ellos por su lado, se mantuvieron separados de la civilización y hasta hostigaron ocasionalmente al ejército y la policía de esos lugares.

Se les suele llamar los rezagados japoneses, soldados rezagados de una guerra perdida. Al principio, cuando eran muchos, se hicieron esfuerzos por convencerles de la realidad, mediante mensajes escritos lanzados desde los aviones o verbales a través de la radio o altavoces. Pero los que no cedieron habían tomado esos mensajes por artimañas del enemigo. Por lealtad al Emperador, porque no habían recibido de sus superiores la orden de rendición, porque creían firmemente que el Imperio japonés no podía ser nunca derrotado, se negaron a dejar las armas y soportaron durante décadas las penalidades de una vida aislada en la selva.

Nosotros seguimos afirmando que nuestro Señor Jesucristo es Rey de las almas, de las familias, y también de las naciones. Que su reinado es principalmente espiritual, pero también social. Seguimos afirmando que los gobernantes tienen el deber de rendir culto público a Jesucristo, de adherir políticamente a la única religión verdadera (las demás, las falsas religiones del mundo, son formas de infidelidad). Que los gobernantes tienen el deber de subordinar las leyes civiles a las divinas, tanto naturales como positivas.

Nosotros no olvidamos que la fiesta de Cristo Rey se instituyó en 1925, Año santo, por el papa Pío XI precisamente para que esas verdades tuvieran su propia celebración anual en el calendario litúrgico (el último domingo de octubre) y combatir así la peste del laicismo, como se dice expresamente en la encíclica Quas primas por la que se instituyó esa fiesta. ¿Y qué es el laicismo? También se nos enseña en esa misma encíclica: poner la única religión verdadera al mismo nivel de las demás, expulsar a Jesucristo de las leyes y de los tribunales. No se deja así lugar a sutiles distinciones entre laicismo y laicidad, entre laicidad negativa o positiva, entre secularidad, secularización o secularismo, del género al que estamos hoy acostumbrados.

Y no se instituyó esa fiesta en 1925 al servicio de una nueva enseñanza de la Iglesia, sino porque la exaltación de esa verdad católica se había hecho entonces (en 1925 ¿qué habría que decir hoy en día?) particularmente oportuna, justa y necesaria por la maldad y el triunfo de sus muchos enemigos. De manera similar a como la fiesta de Corpus Christi se instituyó en el siglo XIII porque la exaltación de la verdad de la eucaristía, de la presencia real de Jesucristo bajo las apariencias del pan y el vino, se había hecho particularmente oportuna, justa y necesaria por la maldad y la amenaza de sus enemigos de la época, entre ellos los cátaros o albigenses.

Y por seguir afirmando como verdad católica el reinado social de Jesucristo muchos, los que todavía saben de qué hablamos (otros ni siquiera nos entienden), nos tienen por soldados rezagados de una guerra perdida. Algunos incluso entre nosotros sucumben a veces a la tentación de verse o considerarse como soldados rezagados de una guerra perdida. Pero se equivocan los que nos consideran así, y nos equivocamos nosotros cuando nos vemos de ese modo.

Es cierto que nuestra posición, en cierto sentido, podría estimarse como incluso más fuera de razón que la de los rezagados japoneses. Ellos alegaron que no habían recibido de sus superiores la orden de rendición. Nosotros, en cambio, llevamos muchos años sin que nuestros superiores nos recuerden que Jesucristo es Rey de las naciones.

De las familias sí, se predica mucho sobre la importancia de las familias, como si fuera justo cargar sobre los hombros casi exclusivos de las familias (las modestas familias, las  familias muchas veces heroicas) la transmisión social de la fe y las virtudes cristianas, no sólo sin la ayuda de los poderes políticos y de las leyes civiles, sino incluso contra la influencia nefasta de esos poderes y de esas leyes y del ambiente social dominante que de todo ello deriva.

Del universo también, se predica sobre Cristo Rey del Universo en la nueva fiesta de Cristo Rey, desplazada al final del año litúrgico en el nuevo calendario de la nueva misa, y asociada así al final de los tiempos. Rey de las familias, por abajo, y del universo, muy por encima. Pero entremedias, entre las familias y el universo ¿quién predica sobre Cristo Rey de las naciones? Como dijo el querido Manuel de Santa Cruz en una de estas cenas hace ya bastantes años, a Jesucristo, dicho sea sin ninguna irreverencia, se le ha dado una patada para arriba. Como dice el viejo adagio eclesiástico: Promoveatur ut amoveatur; promover a alguien a un cargo u oficio superior para quitarle de en medio.

Y no es sólo que la verdad católica del reinado social de Jesucristo haya dejado de recordarse. Es que incluso se enseña como católico precisamente el error opuesto, que es el laicismo: la bondad de la separación entre la Iglesia y el Estado, esto es, la neutralidad religiosa del Estado tomada como ideal cristiano, no como desgracia de los tiempos que haya que sufrir o conllevar.

En ese sentido podría decirse que hemos recibido de nuestros superiores la orden de rendición, y que nuestra posición sería incluso más fuera de razón que la de los soldados rezagados japoneses. Pero no. Nosotros sabemos que esa supuesta orden de rendición es una artimaña del enemigo. Lo es realmente, una verdadera artimaña del enemigo, no como los mensajes que recibían los rezagados japoneses y que respondían a una verdadera derrota y rendición.

Donde también se equivocaban esos soldados de una guerra perdida era en creer que el Imperio japonés no podía ser nunca derrotado. Porque los reinos de este mundo suben y caen, pueden ser derrotados, incluso definitivamente, y desaparecer. Como escribió Paul Valéry: “nosotras, las civilizaciones, sabemos ahora que somos mortales, con la misma fragilidad que la vida humana”.

Pero nosotros en cambio servimos a un Rey que no muere: “nunca más servir a señor que se me pueda morir”, se cuenta que exclamó el santo duque de Gandía, san Francisco de Borja, ante el cadáver de la hermosa emperatriz Isabel de Portugal. Nosotros servimos a un Rey que no muere y cuya victoria es segura. Ha vencido ya y no será derrotado.

No nos corresponde a nosotros rebajar o mitigar sus derechos de Rey, por naturaleza y por conquista, como Creador y como Redentor, para adaptarlos a lo poco que soportan los tiempos desgraciados que nos ha tocado vivir, a lo poco que toleran los oídos de nuestros contemporáneos. Nos corresponde seguir afirmando plenamente la realeza de Cristo y hacer en su santo servicio todo lo que está en nuestras manos. Sobre todo, con la necesaria constitución y defensa de bastiones de vida cristiana en el seno hostil de la sociedad en que vivimos. Pero también con incursiones en campo abierto, que son igualmente necesarias.

Normalmente yo habría terminado aquí mis palabras. Pero esta noche, este año, no me parece posible, a causa de los graves acontecimientos políticos que se viven en España.

Para otras naciones la unidad política en la fe católica, la unidad política bajo Cristo Rey, puede ser una perfección, una coronación. Para España no. Para España es su origen, su fundamento, su misión, su alma. Como un cuerpo separado del alma, hace tiempo que España entró en descomposición, con seguridad y con un renovado impulso diabólico desde que en 1978 se produjo la apostasía constitucional. Ante nuestros ojos vemos hoy a nuestra patria en un estado muy avanzado de esa corrupción, con muchos catalanes que odian a España y muchos compatriotas de otras tierras de España que odian a esos catalanes.

Pero la comparación entre las naciones y los hombres, siendo útil e iluminadora, no deja de ser una comparación con sus límites, no una identidad completa. Entre los hombres el cuerpo separado del alma es un cadáver que nada ni nadie, fuera de Dios por un milagro, puede resucitar. En cambio entre las naciones -personas morales- y en particular en el caso de nuestra patria, todavía es posible, en el orden natural de las cosas y no sólo como por milagro, que la nación en descomposición, que España, vuelva algún día a la vida gracias a la ordinaria cooperación de los hombres con la providencia divina.

Hemos presenciado en las semanas pasadas un cierto renacimiento saludable de un cierto patriotismo. Un patriotismo imperfecto, desorientado, pero valioso. Estuve el domingo 8 de octubre en la gran manifestación de Barcelona por la unidad de España y contra la separación de Cataluña. Puedo asegurar que, entre los gritos de la multitud, no oí ningún ¡Viva la Ley! ni ¡Viva el Estado de Derecho! Sí en cambio muchos ¡Viva España! y ¡Viva Cataluña! Me trajo a la memoria a un profesor universitario de Historia, español recio y católico de fe robusta, que cuando en los años 70 del pasado siglo sus compañeros marxistas le explicaban que nuestra Cruzada de 1936 había sido en el fondo una guerra de clases entre el pueblo y el ejército al servicio del capitalismo, acostumbraba a darles irónicamente la razón: es verdad, les decía, recuerdo perfectamente que los combatientes nacionales salían de sus posiciones y acometían al enemigo a los gritos de ¡Viva el Banco Hispano Americano! ¡Que vivan los Altos Hornos de Vizcaya! Gritos tan grotescos como ¡Viva la Ley!

Ha vuelto a gritarse ¡Viva España! en nuestras calles. Pudiera muy bien ser que, algún día, igual que esta crisis nacional ha hecho reverdecer ese grito de ¡Viva España! en boca de la multitud, otra crisis nacional de otra naturaleza, en otras circunstancias, haga reverdecer en boca de la multitud el grito verdaderamente salvador: ¡Viva Cristo Rey!

De nosotros depende porque, como decía santa Juana de Arco: “Los hombres combaten, sólo Dios da la victoria”.

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