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Mensaje del Abanderado de la Tradición en la fiesta de la Monarquía Tradicional


A los carlistas:

Me dirijo a vosotros, con el cariño de siempre, en cuanto continuadores ideales de las viejas Españas. En puridad, la Comunión Tradicionalista no ha sido y no puede ser otra cosa que el encuadramiento de unos leales, en torno de sus príncipes, opuestos al tiempo a la usurpación y a la revolución, y por lo mismo custodios de la legitimidad y de la tradición. Esto es: os tomo como representantes de los verdaderos españoles, pues así se ha acreditado con creces a lo largo de más de siglo y medio, e incluso dos siglos si se interpreta el carlismo en un sentido amplio, pero no menos propio. Lo que enlaza con el primer motivo de este mensaje.

Escribo en los umbrales de 2008, a los dos siglos de la llamada «francesada»; que no fue una revuelta nacionalista antifrancesa, ni menos aún una revolución liberal, sino un levantamiento primero, y una guerra después, contra los principios y los hombres de la Revolución francesa, encarnados en los soldados de Napoleón, y a favor de Dios, la Patria y el Rey. Sí, el trilema que después ondeará en nuestras banderas, como entre tanto en la guerra realista de tiempos del Trienio (1820-1823), y que encontramos operante ya en 1808. Sólo la habilidad de los en verdad, a la sazón, escasísimos elementos liberales, movidos por las logias, engañando al pueblo español, pudo revertir el signo del conflicto. En efecto, a través de la Constitución doceañista, calco al menos parcial de la francesa jacobina de 1791, y con el auxilio del débil Fernando VII, se produjo a la postre el triunfo intelectual y político de lo que heroicamente se combatía con las armas. Hubo, es verdad, afrancesados que sostuvieron al hermano de Napoleón. Pero los más eficaces fueron los que oponiéndosele en apariencia hicieron posible el triunfo de las ideas que sus soldados llevaban en la punta de las bayonetas.

A los dos siglos de 1808, cuando tantas conmemoraciones de tantos bicentenarios que arrancan de esa fecha están prontas a aparecer, no puede faltar la voz de la Tradición española, que modestamente abandero, para oponer tantos «otros» bicentenarios: el que descubra la verdadera faz de la llamada (con término nada feliz) Guerra de la Independencia; el que denuncie la matriz liberal y por lo mismo antitradicional y antiespañola de la Constitución de Cádiz; y el que engarce esos procesos y fenómenos con los que llevaron a la mutilación cruenta de las Españas americanas, de los reinos de Ultramar, que nunca fueron colonias, y que desde entonces sufren, aún con mayor intensidad que la porción situada geográficamente en Europa, los frutos del desorden y la traición fundacionales. Resulta instructivo recordar los planes precisos «para humillar a España» concebidos por los ingleses, puestos por obra en 1741, en Cartagena de Indias, de la Nueva Granada, o en 1806 y 1807, en Buenos Aires y Montevideo, del Río de la Plata. Como también observar que, por lo menos desde 1810, la Francia napoleónica e Inglaterra, mientras guerreaban entre sí en Europa, se concertaban en el Ultramar para destruir allí la monarquía hispánica.

Por ahí enlazamos con un segundo objeto de esta comunicación. Pues esa parte restante de las viejas Españas, situada en la península ibérica, sufre desde hace tiempo un nuevo acoso, doctrinario al inicio, real al final, del enemigo europeo. Una Europa que no es sino el subrogado secularizado de la vieja Cristiandad, de la que las Españas fueron parte primero, continuación después y relicto hoy que no permanece sino en pequeños grupos fieles a una civilización de base católica, comunitariamente vivida, en ocasiones contra las propias jerarquías de la Santa Iglesia Católica, cuyo designio pareciera ser completar la revolución liberal, llevando a sus filas a quienes secularmente y hasta el momento le han sido refractarios. Por eso el discurso en pro de una «laicidad» no «laicista», círculo cuadrado del liberalismo de matriz anglosajona, hoy tan en boga en ambientes quizá sanamente conservadores, pero objetivamente cómplices con el error liberal, a través de sus conocidas (también por sus efectos destructivos) versiones de los sedicentes liberalismo católico y democracia cristiana, en buena parte dirigidos por quienes alguna vez militaron bajo nuestras banderas, pero les faltó la esperanza. Mi Secretaría Política, en nombre de la Comunión Tradicionalista, en este punto, cuando en los primeros meses de 2005 se sometió a referéndum del pueblo español el denominado «Tratado por el que se instituye una Constitución para Europa», luego fallido, realizó una importante declaración que hoy, ante el reciente Tratado de Lisboa, en puridad reiteración maquillada si no camuflada del anterior, sería oportuno reiterar.

En la presente crisis de civilización nuestra España aparece singularmente desfondada. Así lo abonan profundas razones doctrinales e históricas, alguna de las cuales quise sucintamente señalar en mi Manifiesto de 17 de julio de 2001, en el que anuncié la designación del llorado profesor Rafael Gambra como Jefe de mi Secretaria Política, con el encargo de reorganizar la Comunión Tradicionalista. Salvada en su dignidad y continuidad venerable gracias a su trabajo como Jefe Delegado, que Dios Nuestro Señor le habrá premiado, y que humanamente no le podremos agradecer nunca lo suficiente. Sin embargo, me consta que el eco recibido no fue el que merecía, lo que deploro, pese a lo que llamo de nuevo a todos, pues nunca es tarde, a hacer caso de aquella su llamada, y de quienes le han sucedido en el pesado empeño, y que es también la mía.

Desde entonces han pasado muchas cosas, casi todas para confirmar por desgracia los males que allí se señalaban o avizoraban. Hoy, en efecto, la sociedad española está más fragmentada y debilitada.

En primer lugar en su anclaje religioso, con impacto inmediato sobre la moralidad pública, siempre más deteriorada, bajo el impacto de leyes siempre más deseducadoras. Sin que, por desgracia, antes lo apuntábamos, las jerarquías de la Santa Iglesia acierten a encontrar un discurso neto que ataje las causas del mal y restituya a los políticos católicos las premisas para poder restaurar en Cristo también la cosa política. En mi salutación a Su Santidad el Papa Benedicto XVI, con motivo de su primera visita a nuestra tierra, en el verano de 2006, le expresé con humildad y sencillez esta nuestra inquietud ante el abandono por los documentos pontificios de los últimos cuarenta años de la tesis del orden político católico, que no es sólo de orden sobrenatural, sino principalmente humano y racional, pues la fe y la recta vida en común requieren del sostén de sanas instituciones que afiancen las buenas costumbres. Precisamente, hoy, en que procesos migratorios masivos amenazan con alterar más hondamente todavía, si cabe, la fisonomía de España, la unidad católica vuelve a presentarse bajo una nueva luz, como remedio providencial para los nuevos problemas sociales.

También en su sentido patriótico, tan lejano del sentimiento de piedad y tan volcado sobre nacionalismos particularistas, puramente disolventes, de impronta etnicista y romántica, que provocan por reacción otros de igual género aunque de más amplio radio o, lo que es peor, «patriotismos constitucionales», de puros individuos, ciudadanos, portadores de un liberalismo aún más extremo. Entretanto, el fuero, que aúna diversidad y lealtad, yace abandonado y desconocido, cuando constituye el quicio para la solución del problema regional y nacional. Lo demás son trágicas consecuencias. Que el Estado constitucional agnóstico no es capaz de afrontar, ni siquiera de comprender.

Son muchos, pues, los problemas que España tiene planteados. Leyes contrarias a la ley natural (aborto, divorcio, el llamado «matrimonio» homosexual) y, de resultas, debilitación de la familia e inmoralidad creciente. Inmigración no selectiva que, o no se integra, o lo hace a lo peor de la nueva disociedad de la opulencia (por el momento) y permisiva. Egoísmo y desinterés campante por el destino de los demás. Incomprensión y desconocimiento de lo que es nuestra tradición… Los carlistas, alejados de las riendas del gobierno desde hace casi dos siglos, no tenemos la respuesta mecánica, diríase que mágica, para todos ellos. Ahora bien, sí sabemos que sólo un cambio de sistema político puede ofrecernos el ámbito propicio para empezar a ensayar programas que permitan solucionarlos. Cuando el desarme religioso y moral coincide con el encogimiento social y nacional y con la debilidad gubernativa, en cambio, nada puede hacerse.

El Carlismo, anclado en la mejor tradición católica, tiene mucho que decir en la situación presente de España y de los pueblos hispánicos. Son muchos los que, angustiados, no saben sin embargo qué camino tomar, y lo hacen a través de respuestas infundadas, puramente reactivas o simplemente inconducentes al fin de orientar de nuevo el rumbo de nuestros destinos colectivos. A ellos también llamo a venir a nuestras filas. Donde no se encuentran puros proyectos de coyuntura, tantas veces prolongados en el tiempo sólo por romanticismo, pero que no guardan ni verdadera sustancia teórica ni adaptación a la entraña de nuestra constitución natural. Donde, sin embargo, se halla el servicio perenne a Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo y Señor de las Españas. En torno a esa realeza social se concreta el gran debate de todos los tiempos, que se presenta insuperable en nuestros días. Que el Niño de Belén, manifestado a los gentiles en los Reyes Magos, nos acompañe este nuevo año en medio de nuestros quehaceres y tareas para la venida de Su Reino.

En el exilio, a seis de enero de dos mil ocho,
fiesta de la Epifanía de Nuestro Señor,
festividad de la Monarquía Tradicional.

Sixto Enrique de Borbón

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