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Mártires de la Tradición 2007

Mártires de la Tradición 2007

Como cada año desde 1895, orgullosos en su lealtad, los carlistas han celebrado la fiesta de los Mártires de la Tradición, obedeciendo lo dispuesto por el Rey Carlos VII: «propóngome que se instituya una fiesta nacional en honor de los mártires que desde el principio del siglo XIX han perecido a la sombra de la bandera de Dios, Patria y Rey en los campos de batalla y en el destierro, en los calabozos y en los hospitales, y designo para celebrarla el 10 de marzo de cada año, día en que se conmemora el aniversario de la muerte de mi abuelo Carlos V».

Casi un mes antes empezaron las celebraciones nuestros correligionarios de la Hermandad de Nuestra Señora de las Pampas, de cuya cabalgata son las fotos que ilustran esta noticia. Allá en las sierras en la Pampa Central suele hacerse la semana de luna llena de febrero, para facilitar el recorrido de más de doscientos kilómetros desde Pichi Mahuida hasta Lihué-Calel. La Secretaría Política de S.A.R. Don Sixto Enrique de Borbón les dirigió el siguiente mensaje:

Queridos amigos, queridos correligionarios: Recibo el encargo de enviar, en nombre de S.A.R. Don Sixto Enrique de Borbón y de su Secretaría Política, un mensaje de salutación a los participantes en los actos por los Mártires de la Tradición en Lihué-Calel, como con ejemplar fidelidad venís haciendo cada año. Saludo para todos y muy especialmente para doña María Jesús Gallardo, madrina de honor de la
organización de las Margaritas, y para los bravos jinetes de la cabalgata que ha de conducirles hacia el altar que en esas sierras levantaréis para ofrecer a la Divina Majestad el Sacrificio de la Misa, según el rito inmemorial de la Iglesia. Sabed que los carlistas de la vieja y decaída España quisiéramos estar con vosotros, los todavía vigorosos de las Españas nuevas de Ultramar; y que juntos elevamos nuestras oraciones al Inmaculado Corazón de María, para que nos reúna en la restauración de Su reinado. Febrero 2007.

 

También en Argentina, en Martínez (Buenos Aires), se celebró una Santa Misa por los Mártires de la Tradición el sábado 10 de marzo. Misas, oraciones y homenajes ante sepulturas de carlistas, comidas de hermandad y otros actos se celebraron asimismo, entre otros muchos lugares, en Zapopan, Méjico; en Las Palmas de Gran Canaria; en Civitella del Tronto, Nápoles; en Madrid, Castilla (varias misas); en Valencia y en Liria; en Sevilla; en Toledo; en Albacete, en Hoya-Gonzalo y en Almansa; en Santiago de Compostela; en Palma de Mallorca; en San Sebastián y en Zarauz; en Cataluña (varias); en Aragón; y en Asturias, en Oviedo, Gijón y Avilés. De la Santa Misa celebrada en esta última villa, reproducimos el sermón del celebrante:

Queridos hermanos: Hoy subimos al altar a celebrar el Santo sacrificio, a ofrecer a Dios Padre la ofrenda de su Hijo, a poner en las manos de nuestro Dios las almas de nuestros mártires. Han pasado ya ciento doce años; ciento doce años de fidelidad. Nuestro+ Rey Carlos VII quiso perpetuar la memoria de tantos hermanos nuestros en esta fiesta tan entrañable. ¡Qué difícil es ser fiel! Asomándonos hoy al panorama que presenta nuestra España, en la que todo se desmorona: educación, familia, valores humanos, fe, unidad… lo fácil sería lo que hace la masa, desentenderse —también lo hicieron con Jesús ante Pilato—. Qué fácil es salir por la puerta de atrás del Pretorio, y como Pedro, decir: ¡No le conozco! ¡No sé de qué me hablas! Qué fácil es mezclarse entre el populacho embriagado de democracia para gritar una vez más: «¡Crucifícale!». No ha resultado muy difícil para algunos entregar de forma humillante aquel Santo Cristo que nuestros Tercios llevaron victoriosos en la última Guerra: en una pretendida (y falsa) hermandad; en un jubiloso ponernos todos juntos a trabajar, vendieron como Judas su dignidad y abandonaron al Señor en el huerto de los olivos. Y queridos hermanos; ahí es dónde hoy nos encontramos al Señor: en Getsemaní. Y ahí es dónde, con su mirada que penetra hasta lo más profundo del alma, nos pregunta: «¿Acaso no podéis velar una hora conmigo?» Y, queridos hermanos, nuestra respuesta no puede ser menos: ¡No, Señor, no una hora, sino toda mi vida! ¡Esta es la verdad! ¡Esta es la esencia de la fiesta que hoy celebramos! Que no vamos a rendir nuestro Santo Cristo: que tenemos que seguir llevándolo, aunque nos rompan la cara —como mataron a Lázaro resucitado— o se rían de nosotros —como de las tres Marías—. Es la hora de apostar: o de Jesús, o de Judas. O con la Verdad o con la mentira: Y la gran verdad: o nosotros alzamos esta bandera, o nadie lo hará; o nosotros luchamos por esta verdad o nunca se entablará batalla. Que no nos engañen y que no nos engañemos, o nosotros o esta Causa está perdida. Y en este panorama es en el que nos toca enarbolar nuestras banderas, elevar nuestras enseñas, calarnos la boina roja y lanzarnos en medio de nuestras calles; Lo fácil —ya dije— callarse, esconderse, esperar a no sé qué… Pero ese no es nuestro espíritu. Nuestro tesón, nuestra lucha, es por la Verdad. Tenemos que hacer a Cristo Rey de nuestra sociedad. Tenemos que sostener con nuestras fuerzas este muro de patria que se desmorona. Y tenemos que hacerlo empezando a trabajar, sin esperar a que nadie lo haga. Una vez más suena la hora del Carlismo, una vez más llegan al exilio de nuestro Abanderado las voces de los que claman: «¡Vuelve!». Una vez más se presenta ante nuestra vida una oportunidad de trabajar por Dios, por la Patria, por el Rey legítimo: ¿dejaremos pasar la oportunidad? ¿Nos dejaremos arrebatar de nuevo la Victoria? ¿Nos esconderemos en el democrático juego de «hacer lo que hacen los demás»? No, no y no. La sangre de nuestros mártires no merece eso, el sufrimiento de tantos que murieron en el exilio, en las cárceles, no merece eso, la lucha diaria de tantos merece algo más: nuestro compromiso, nuestra fidelidad, nuestra constancia, nuestra lealtad. No podemos terminar sin poner en manos de Santa María nuestra Causa, para que Ella la bendiga. Repitiendo y grabando en nuestros corazones aquellas inmortales palabras de nuestro Rey Carlos VII en su testamento político: «Mantened intacta nuestra fe y el culto a nuestras tradiciones y el amor a nuestra bandera. Mi hijo Jaime, o el que en derecho, y sabiendo lo que este derecho significa y exige, me suceda, continuará mi obra. Y aún así, si apuradas todas las amarguras, la dinastía legítima que os ha servido de faro providencial, estuviera llamada a extinguirse, la dinastía vuestra, la dinastía de mis admirables carlistas, los españoles por excelencia, no se extinguirá jamás. Vosotros podéis salvar a la Patria, como la salvasteis con el Rey a la cabeza, de las hordas mahometanas y, huérfanos de monarca, de las huestes napoleónicas. Antepasados de los voluntarios de Alpens y de Lácar eran los que vencieron en Las Navas y en Bailén. Unos y otros llevaban la misma fe».

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