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La nueva pérdida de España

Ramón López

Vamos a recordar a Don Pelayo, restaurador de la Monarquía hispana, en estos días de la nueva pérdida de España. Con ello esperamos que su ejemplo nos anime a luchar por nuestra Patria en la nueva reconquista de la unidad católica. Porque este combate es imprescindible para la restauración de España en su Monarquía legítima, única posibilidad de evitar la aniquilación completa de nuestro pueblo, tan avanzada ya por sus causantes, la casta de parásitos que son los actuales políticos. Nuestra Reconquista, que comenzó el ya citado Don Pelayo, fue una larga y penosa cruzada que arrancó del hundimiento del reino hispano-visigodo en 711. Esta fecha, a pesar del tiempo transcurrido, evoca algunos paralelismos muy sugerentes con esta España corrompida y anestesiada de nuestra época, que podrían ser útiles para reflexionar y tomar conciencia de la gravedad de los hechos a los que asistimos.

La idea es muy sugestiva, pero tiene el peligro de hacernos caer en anacronismos. Para evitarlos, adelantemos una aclaración. El joven reino visigodo reunía, ya entonces, muchas de las características principales de la Monarquía católica, pero aún sin madurar. Era una sociedad en pleno desarrollo. La nuestra se halla en plena decadencia y descomposición. La Fe católica, corazón de España y cimiento fundamental de nuestra Patria, era vigorosa después de haber vencido al arrianismo y al priscilianismo; también el antiguo paganismo perdía sus últimos residuos en algunas zonas rurales. Hoy día es la religión católica la que atraviesa una crisis sin precedentes ante la apostasía de las naciones que, en aquellos años del comienzo del siglo VIII, iban forjando la Cristiandad. Esta apostasía, que comenzó en 1517 en el ámbito religioso y se transformó en la Revolución en el político, ha irrumpido incluso en la Iglesia a raíz del Concilio Vaticano II, en forma de herejía: la doctrina herética neo-modernista, condenada por Pío XII en su encíclica Humani generis, de 1950. Hoy día, muchos años después, el régimen laicista en el poder nos impone ir a la cabeza mundial en dicha apostasía. Es importante señalar todo esto porque nos referimos a dos sociedades muy distintas, aunque lleven el mismo nombre: la actual es la hija renegada de la auténtica y su laicismo va corroyendo nuestra sociedad. Sobrevive parasitando las ruinas de lo que construyeron nuestros antepasados; levantando sobre ellas una «sociedad» neopagana y rabiosamente anticatólica, nos arrastran a todos hacia el desastre completo al que está condenada esta nueva Babel global.

La invasión mahometana del 711 fue una agresión convencional, hablando en términos militares. Su fuerza estaba en el fanatismo propio de toda «Yihad» (fanatismo inherente al Islam, como también lo es la propia «Yihad»): por eso se hizo a sangre y fuego, con los medios terroristas de entonces. En nuestros días, con el Nuevo Orden Mundial y las guerras de cuarta generación que lo caracterizan, la invasión actual utiliza métodos mucho más sofisticados. La inmigración y el 11-M no parecen relacionados. Y, a pesar de las apariencias… el 11-M fue la venganza marroquí por el islote de Perejil y su resultado, un títere de Mohamed VI en el poder del estado español durante varios años. La inmigración mahometana, según declaraciones periódicas de los propios dirigentes islámicos, es el medio para conquistar Europa «pacíficamente» a medio plazo. A los terroristas de ETA se les legaliza y se les dan todos los recursos y facilidades posibles. Basta para ello que simulen también un «proceso de paz»…

Y ahora fijémonos en Don Pelayo. Este noble hispano godo formaba parte de la guardia real de Don Rodrigo, el último rey visigodo legítimo, y combatió en el río Guadalete a sus órdenes. En la retirada posterior se dirigió hacia Asturias, donde tenía su familia y sus propiedades. Pero Gijón cayó también poco después. Pelayo fue enviado a Córdoba como rehén mientras el jefe musulmán se apropiaba de su hermana para su harén. Así buscaba emparentar con la nobleza local, con la evidente intención de quedarse allí definitivamente. Exactamente igual que los inmigrantes mahometanos actuales, los cuales no ocultan su intención de «recuperar» España para el Islam.

Pero volvamos a la España del siglo VIII. Pelayo consiguió escapar y volver al norte. Allí se echó literalmente al monte y se puso a la cabeza del alzamiento que triunfó, contra todo pronóstico, en la batalla de Covadonga, el 28 de mayo de 722. Hasta entonces el panorama era desolador (otra semejanza con nuestros días). Y ante esa realidad tan dura ¿de dónde sacó Pelayo fuerzas y decisión para ponerse al frente de un puñado de valientes y combatir? Por las circunstancias históricas sabemos que la resistencia era una locura. No fue, pues, el cálculo humano el que le ayudó a decidirse. Es increíble, por otro lado, que el amor fraternal de Pelayo por su hermana fuera la causa. Entonces era raro el fiel al último rey legítimo que no hubiera perdido algún ser querido… o todos. O la propia vida como el Rey Don Rodrigo. Y todos ellos habían perdido sus bienes y situación social si no habían apostatado para conservarlos (como había renegado de su fe el conde Casio, en la marca vascona, para conservar su cargo social y propiedades). Solo hay una explicación: la Fe católica. Es lo único que pudo haberle dado la fortaleza necesaria para tomar una decisión contra toda esperanza humana. De este modo, cuadra perfectamente todo lo que sabemos de aquellos años: Pelayo, con la confianza puesta en el único Dios verdadero, la Santísima Trinidad, tuvo coraje para resistir contra la secta de Mahoma, que aún parecía invencible (recordemos que la batalla de Covadonga tuvo lugar diez años antes del combate de Poitiers).

Sólo Dios sabe cómo terminará la nueva pérdida de España que vemos cumplirse ante nuestros ojos. Quizá la Providencia tenga para nuestra Patria unos planes semejantes a aquellos… Nos gustaría que fuera más que un deseo personal porque hay un príncipe legítimo, católico de veras y de sangre real, que cuenta con sus leales carlista, dispuestos a combatir contra toda esperanza humana, en una nueva batalla de Covadonga: S.A.R. Don Sixto Enrique de Borbón.

Lo que podemos saber con seguridad es que, hoy como entonces, la clave del combate es la santa Fe católica. Que para conservarla hemos de ser fieles a la Tradición apostólica, la que predicó en estas tierras nuestro padre en la Fe, Santiago el Mayor, al traernos la doctrina de la Fe de Nuestro Señor Jesucristo, precisamente para que la transmitamos íntegra a nuestros hijos y a las generaciones venideras; sin tergiversarla para adecuarla al mundo, sino guardándola tal como nos la transmitieron, a su vez, nuestros mayores; porque esa Fe Católica es el gran tesoro de nuestras Españas. Y en ella esta cifrada la única probabilidad real y auténtica de restaurar esta sociedad, del mismo modo que el único Salvador de los individuos sigue siendo  Nuestro Señor Jesucristo. Así pues, cobremos ánimo: la victoria final será del Señor, nuestro Dios. Y de su Iglesia, la que Él fundó, que también es sólo una. Y de la España verdadera, que es la de su Sagrado Corazón, la Monarquía católica.

Laus Deo.

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