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Juan Vázquez de Mella: Obras Completas Volumen V

Retomamos, tras algunos meses, la publicación de las obras completas de Vázquez de Mella.

El volumen V de su obra, que conforma, en sí mismo, una unidad temática, es una compilación de una serie de artículos y un discurso que tienen como tema común la persecución de la Iglesia y, como contramotivo algo más alentador, la necesaria unidad de los católicos. Tan temprano como en 1902, el insigne pensador alertaba y denunciaba estos y otros peligros, ya de rabiosa actualidad, ya por venir. Y en hora tan avanzada como 1934, don Manuel Senante, autor del excelente aunque algo angustiado Prólogo, ofrece sus reflexiones, así como anima a emprender el combate contra la ideología atea que amenazaba con destruir prontamente todo rastro de catolicismo en las Españas.

No dejamos de resaltar, como también lo hace el prologuista, la insistencia de Mella en que aquellas persecuciones no tuvieron lugar al margen de la legalidad constitucional; o, por utilizar el cacareado lugar común, no tuvieron lugar fuera del «marco de convivencia» que era la Constitución de 1876. Nos permitimos aquí un breve escolio para abundar en este problema. Mella pone en guardia al lector frente a cualquier clase de transacción con los principios de liberalismo, por pequeña y aparentemente nimia que pueda parecer. Y si se lee el articulado de la citada Constitución de 1876, su tenor literal no parece cosa distinta que un acuerdo entre liberales e «integristras», pues su artículo 11 proclama solemnemente el carácter estatal de la religión católica, la obligación que se impone el Estado de proteger su culto y de proscribir toda otra manifestación pública de religiosidad que no sea la católica. Y en una breve línea, en unas pocas pero muy dañinas palabras, afirma también que «[N]adie será molestado en el territorio español por sus opiniones religiosas ni por el ejercicio de su respectivo culto, salvo el respeto debido a la moral cristiana». Léase la denuncia de Mella, al amparo de tan aparentemente inocuo texto y considérese después qué aguardará a los católicos al amparo del artículo 16 del texto constitucional de 1978, ése que reconoce libertad de cultos «en un plano de igualdad/ con absoluto equilibrio/ cometiéndose el ludibrio/ de abolir la Cristiandad», que dijo un poeta.

Obsérvese cuán poca actualidad han perdido tales reflexiones. Aunque nos hablen de «laicidad» y no de «laicismo» (distinción de filigrana de escasa o nula virtualidad) y los próceres de la derecha democristiana se llenen la boca con los parabienes del «Estado aconfesional», bien sabemos también hoy que, si bien tal vez no peligran aún nuestras vidas a causa de nuestra fe, un grave peligro se cierne, si es que no se ha actualizado ya, sobre la unidad de los católicos. A conjurar esta falsa tranquilidad dedica Mella las primeras páginas del volumen: «[…] si aún la Revolución no ha dicho a sus hordas que echen los cristianos a las fieras, ya se considera con alientos bastantes para amordazar, por medio de iniquidades legales, al sacerdote y poner a la palabra divina en estado de sitio».

Que las altas jerarquías de la Iglesia hayan abandonado incluso la más tibia de las denuncias para sumarse a este coqueteo suicida con los principios liberales no es más que el natural desenlace de esa guerra meramente defensiva que denuncia el autor. Causa ésta de la persecución a la que no podía referirse Mella en aquellos entonces, pues la sumisión servil de la Iglesia a las diversas formas de dependencia respecto del Estado (contra las que sí nos pone en guardia en el discurso) no estaba aún consumada como en nuestros días. La solución que propone, exige la total independencia de la Iglesia y del «Estado ateo»; en este punto, ofrecen un perfecto marco a sus reflexiones los sucesos del Kulturkampf en la Alemania de Bismarck.

Resulta verdaderamente encantadora, amén de necesaria, la Apología de las Órdenes religiosas, que comienza en la página 218 (122 del documento que ofrecemos), cuya persecución infatigable  es para Mella el mejor ejemplo de la rabia ciega de la Revolución, que se ensaña, precisamente, con aquellos de entre los clérigos que han hecho estricto voto de pobreza. Y sin los cuales, por otra parte, nuestra Historia habría sido completamente distinta. España, sin duda, no habría coronado su gesta universal sin el concurso de las Órdenes, cimera de la ortodoxia intelectual en los combates con el Protestantismo, motor de civilización y evangelización del Nuevo Mundo y, en fin, custodia de tradición y herencia en todas nuestras regiones.

Finaliza el volumen con algunas reflexiones sobre el regionalismo, dignas de atenta lectura y tal vez de un comentario más extenso y erudito que éste, especialmente en estos momentos que atravesamos.

Para acceder a la obra, pulse el siguiente enlace:

MELLA V

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