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Juan Manuel de Prada: Capitalismo y derechos de bragueta (y IV)

Juan Manuel de Prada

Juan Manuel de Prada

(ABC, 23 de julio de 2016)

Los derechos de bragueta no son, como pretende el profesor Fernández Liria, “victorias de la razón” ilustrada, sino sobornos que el capitalismo urde, caramelizados de farfolla ilustrada, para someter más implacablemente a las masas; pues, como todo el mundo sabe, para corromper a la gente, no hace falta sino exaltar sus anhelos egoístas, elevándolos a la categoría de “derechos”. El antinatalismo, en sus múltiples expresiones, fue una obsesión constante en todos los padres del capitalismo, que vieron en él un instrumento inmejorable para debilitar la posición de los obreros.

Con el triunfo del capitalismo, el odio al pobre azuzado por los malthusianos cristaliza –lo mismo en regímenes totalitarios que democráticos— en las más atroces prácticas eugenésicas, financiadas por los más conspicuos apellidos plutocráticos, de Ford a Rockefeller. Es la época en la que la feminista Margaret Sanger proclama tan campante que “lo más misericordioso que una familia humilde puede hacer por uno de sus miembros más pequeños es matarlo”. Pero, tras la Segunda Guerra Mundial, la eugenesia se convierte, por arte de birlibirloque, en una práctica de tufillo nazi. El capitalismo tuvo entonces que ingeniárselas para hallar otro método antinatalista más moderadito que impidiera que los pobres acaparasen los recursos naturales (tal como exige el Informe Kissinger, ese portento del pensamiento ilustrado). Había que conseguir que los trabajadores flojearan en la defensa de sus derechos (derecho a un salario digno, derecho a un trabajo estable, derecho a permanecer en su tierra), para lo que había que empezar –como había pedido Mill– destruyendo la institución familiar. Y tal destrucción se hizo fomentando la inmoralidad y la promiscuidad, exaltando aquella religión erótica profetizada por Chesterton, que a la vez que exalta la lujuria prohíbe la fecundidad. Rockefeller III (¡otro ilustrado tremendo!) diseñará una estrategia muy astuta, eficaz y barata, consistente en “empoderar” a las mujeres (y luego a los homosexuales) con las viejas ideas del pensamiento ilustrado (rebozaditas de “teorías de género”), para convertirlas en cipayas del capitalismo globalizado en su lucha contra la procreación, pero haciéndoles creer además (risum teneatis) que luchan por la libertad, la razón y la felicidad humanas. Evidentemente, a los plutócratas que financian el antinatalismo, de Rockefeller a Bill Gates, lo mismo que a sus mamporreros, de Kissinger a la bruja Hilaria, sólo les preocupa la libertad desenfrenada del Dinero: esa libertad que obliga a la niñera del profesor Fernández Liria a vivir separada de sus hijos; y que, sin embargo (anverso y reverso de una misma moneda), a otras mujeres les permite no concebirlos, o arrancárselos de su vientre.

El mal puede hacer daño descaradamente a algunos; pero, si desea imponerse, a otros muchos tiene que halagarlos y hacerles creer que busca su bien, como hacía el Gran Inquisidor de Dostoievski: “Nosotros les enseñaremos que la felicidad infantil es la más deliciosa. (…) Desde luego, los haremos trabajar, pero organizaremos su vida de modo que en las horas de recreo jueguen como niños entre cantos y danzas. Incluso les permitiremos pecar, ya que son débiles, y por esta concesión nos profesarán un amor infantil. Y ellos nos mirarán como bienhechores al ver que nos hacemos responsables de sus pecados. Y ya nunca tendrán secretos para nosotros”.

Para luchar contra el mal hay que empezar renegando de sus sobornos. Toda lucha anticapitalista que –como hace Podemos– se aferra a los sobornos del capitalismo es una pantomima infantil y aspaventera, puro colaboracionismo con el mal.

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