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Juan Manuel de Prada: Capitalismo y derechos de bragueta (III)

Juan Manuel de Prada

Juan Manuel de Prada

(ABC, 18 de julio de 2016)

Para lograr que las obsesiones antinatalistas del capitalismo fuesen aceptadas como “victorias de la razón” había que aureolarlas de un falso prestigio científico y filosófico; pues, de lo contrario, el capitalismo corría el riesgo de mostrar un rostro demasiado malvado que no engañase a nadie (ni siquiera a los forofos de la Ilustración). En esta labor de adecentamiento destaca la figura del clérigo anglicano Thomas Malthus, quien en su célebre “Ensayo sobre el principio de población” afirma sin ambages que el modelo económico capitalista sólo podrá sostenerse si se efectúa un “control preventivo” de la reproducción. El odio de Malthus a la generación humana es, en verdad, azufroso; y cuando la pluma se le calienta llega a extremos aberrantes; así, por ejemplo, propone que se fomenten los “matrimonios tardíos” entre los pobres (exactamente como se hace hoy) y que se les inculquen “hábitos prudentes”; pero considera (por odio clasista) que pretender inculcar hábitos de prudencia entre gente tan lerda “podría causar entretanto la ruina económica”.

Los padres del pensamiento capitalista, en fin, tenían el mismo concepto de los pobres que de los animales; y consideraban que la “prudencia” no sería suficiente para que dejaran de tener esos odiosos hijos que alteraban las “leyes naturales” del mercado. Pero el bellaco de Malthus era un puritano, y sólo se atrevía a insinuar insidiosamente lo que luego los neomathusianos dirán con absoluto desparpajo, hasta lograr entronizar los derechos de bragueta como “victorias de la razón” y fuentes de la felicidad humana. Y si Malthus había proporcionado la coartada cientifista, John Stuart Mill aportaría la sofistiquería disfrazada de filosofía. En su “Autobiografía”, después de proclamar su vergüenza por proceder de una familia numerosa, Mill señala que los principios maltusianos “eran entre nosotros [los adalides del pensamiento capitalista] una bandera y un punto de unión”. Y añade, con descarnado cinismo: “Esta gran doctrina la retomamos con un celo ardiente, como único camino para asegurar el pleno empleo y salarios altos al total de la población trabajadora mediante una restricción voluntaria del incremento de su número”. Mill, que en otro lugar de su “Autobiografía” defiende sin ambages que la institución familiar debe supeditarse a la organización económica, evidentemente no pretende asegurar el pleno empleo (que, como nosotros ya sabemos, es una quimera irrealizable en la sociedad capitalista), ni mucho menos (risum teneatis) garantizar “salarios altos”. Lo que de verdad quiere es que a través de la “restricción voluntaria” de sus capacidades generativas, los trabajadores tengan pocos hijos, de tal modo que les parezca salario alto cualquier birria y no luchen por el trabajo de sus hijos, que siendo pocos (o ninguno) podrán heredar el trabajo birrioso de sus padres.

El quid de la cuestión era, en efecto, que el antinatalismo se impusiera como una “restricción voluntaria”, incluso gustosa. Para ello Mill recurre (es el primero en hacerlo, y resulta llamativo que el profesor Fernández Liria adopte su mismo lenguaje) a la retórica ilustrada, presentando tal restricción como una expresión soberana de la libertad individual y del libre desarrollo de la personalidad. Además, Mill entiende astutamente que si se desea que esa “restricción voluntaria” resulte verdaderamente eficaz y la familia se supedite a la economía capitalista (o sea, se destruya), es necesario enviscar a la mujer contra el hombre y suscitar en ella una conciencia de agravio, para lo que escribe su célebre ensayo “El sometimiento de la mujer”. Aquella “religión erótica” a la que se refería Chesterton empezaba a cobrar forma.

(Continuará)

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