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José Ulíbarri: Las tentaciones de las alianzas electorales

dibujo.papa.urnas001[1]Una ley antropológica (es decir, que se refiere a todo hombre en cualquier tiempo y lugar) afirma que el hombre, ante las dificultades, busca alianzas, o sea, el concurso de otros hombres. Este fenómeno que vemos a diario incluso en pequeños episodios de nuestra vida privada, se alborota y presenta inmediatamente en períodos electorales como el que corre. Se ha dicho que las alianzas son el ajedrez de la política, buscando con la comparación a ese juego proverbialmente difícil, resaltar que las alianzas son difíciles.

Alianzas, ¿para qué?, ¿con quiénes?, ¿a qué precio?, ¿cómo?, ¿con qué garantías?

Diré algunas ideas sueltas porque, en definitiva, a la hora de concretar más, siempre se echa mano del recurso, por otra parte cierto pero que en muchos casos es una escapatoria, de que hay que ver cada caso concreto. Pero hay ideas que sirven para todos los casos, especialmente para los católicos, que tenemos otros compromisos y condicionamientos anteriores y posteriores preferentes y estables.

La primera cuestión que se plantea es que, alianzas ¿para qué? Para remediar insuficiencias de la propia capacidad. Insuficiencias justificadas unas y punibles otras. Las alianzas forman parte de la filosofía perezosa de muchos, que apenas se sientan para hablar del objetivo ya empiezan por mencionar, como un rasgo genial suyo, lo de las alianzas, antes de ver si hay una insuficiencia propia auténtica y legítima y si es remediable o si hay que desistir del objetivo por inalcanzable. Las alianzas resultan ser a veces un síntoma más del cáncer que es la manía de delegar en otros.

“¡Es que si no buscamos alianzas no ganamos las elecciones!”. Identificar toda actividad política con un triunfo electoral coyuntural es otra enfermedad política. Desde la oposición también se gobierna, a condición de tener ganas de trabajar y pericia. La Providencia Divina para una sociedad no se agota en el sufragio universal; además de las escaramuzas electorales, un grupo político serio está ejerciendo permanentemente un magisterio de largo alcance, más allá de la coyuntura urnesca, y puede tener una ejemplaridad que es preferible salvar a todo trance. Victoria pírica la de unas elecciones que arruinan el honor y la integridad del mensaje previo y permanente. Los que han corrido a establecer frívolamente unas alianzas inadmisibles, como son las que empiezan por sacrificar lo religioso, quedan descalificados para el futuro. ¿Qué garantías ofrecen para sus proyectos futuros los adictos a los enredos sincretistas? Los dirigentes no pueden ponerse nerviosos ni proceder de manera atolondrada. Las vidas de santos están cuajadas de episodios difíciles ante los cuales mostraron una gran sangre fría. Muchos mártires pudieron salvar la vida pactando, y no lo hicieron. A veces no se sabe qué es lo que hay que hacer, pero sí se sabe lo que no hay que hacer. Hay ocasiones en que es urgente no hacer nada. La inacción es mayoritariamente mala. Pero no hay que caer en la manía de la acción por la acción sin fundamento.

He presenciado infinitas campañas electorales de todo tipo, en todas ha aparecido puntualmente la misma excusa: “es que ya no queda tiempo para prescindir de las alianzas”. En cualquier materia el tiempo perdido es difícil de recuperar.

Sobre la convocatoria de las alianzas sobrevuela para liberarlas de un estudio previo serio, la frase-señuelo de que “la unión hace la fuerza”. A primera vista parece verdad. Pero luego surgen las preguntas: la fuerza, ¿costeada en qué grado por quienes?, ¿hacia qué objetivo concreto y supuesto en las prioridades?, y, sobre todo ¿administrada y dirigida por quienes? Como aconsejaban los antiguos polemistas: hay que preguntar mucho.

¿He querido desacreditar las alianzas? No. Simplemente, salvarlas de la frivolidad.

 José Ulíbarri

Siempre p’alante. 16 de marzo de 2015

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