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José Miguel Gambra: ¿Una España de cuerpo presente? (y III)

Manifestaciones esperanzadoras

Pero, como el carlismo ha perdido gran parte de su fuelle desde que los eclesiásticos del postconcilio abandonaron la doctrina sobre la sociedad que siempre mantuvo la Iglesia, sólo han quedado las teorías políticas del pensamiento moderno que destruyen la concepción del bien común propia de nuestra Patria, sin sustituirla por nada eficaz. Resultado: una sociedad donde cada cual busca su propio beneficio sin anteponer bien común alguno. Viene a ser lo que Humberto Eco, con engañosa terminología, llamaba el retorno a la Edad media. Es decir, la disolución de la sociedad en grupos de individuos que prestan incondicional homenaje a señores feudales, sean señores ideológicos, jefes de partido, señores de las finanzas, señores regionales o cabezas de lobbies delictuosos. Todos ellos ajenos al bien común de la Patria y tratando de atraer hacia sí todos los beneficios del Estado. Esto es, un cadáver de sociedad política, cuya putrefacción se ha manifestado en la común indiferencia ante el separatismo. Hasta que las cosas han estallado.

Recientemente, cuando ha estallado la sedición procurada por la Constitución y el egoísmo de los partidos, se han producido grandes concentraciones y manifestaciones favorables a la unidad de la Patria. Manifestaciones que, como todas, son negativas, van contra algo, contra la disgregación de España, pero cuya interpretación positiva y eficaz queda en una gran oscuridad que el gobierno y sus poderosos medios de comunicación aprovechan a su favor, es decir a favor de la España constitucional. Si el fondo psicológico que las anima fuera realmente ése y sólo ése; si el gobierno lograra lidiar la situación por medio de componendas o por medio de la fuerza, sólo habría una mejoría transitoria, como la que preludia a la muerte. Carente de vitalidad, el desmadejado sistema sólo se mantendría  hasta que la colisión de intereses disuelva la sociedad en la anarquía o hasta que un poder violento la unifique a las bravas. Bien un poder totalitario nacido de su interior, bien un poder exterior que la absorba. Pero también cabe que esas manifestaciones estén sacando a la luz la pervivencia de un trasfondo abierto a la esperanza.

De una parte, el español sigue siendo profundamente tradicional y respetuoso de sus antecedentes familiares. Incluso el sucesor de Franco justificaba su doble y contradictorio juramento a los principios del Movimiento y a la Constitución alegando sus obligaciones familiares; Zapatero explicaba su ley de la memoria histórica con lo que le sucedió a su abuelito e Iglesias no evita referirse a su ascendencia izquierdista o al orgullo de su mamá por sus éxitos.

De otra parte, el pueblo español sigue siendo profundamente religioso. Como dice Vázquez de Mella, en España incluso los librepensadores y ateos colocan «la cuestión religiosa sobre todas las cuestiones (…) Un anticlerical español no tiene parecido con ninguno otro en el mundo. Es capaz de aplaudir a Almanzor porque trasladó a la Aljama de córdoba las campanas de Compostela; tienen un odio sin semejante; pero no les preocupa nada en el mundo como la cuestión religiosa; son, sin pretenderlo, teólogos al revés».

No son signos muy alentadores, pero quizás no son peores que la fría indiferencia europea. Porque significan que lo que deja indiferentes a los españoles es la doctrina sobre la cual se asienta oficialmente el actual régimen político. Pero no lo que es verdaderamente importante, no su tradición católica que no sólo aflora, por oposición, en la incontinencia de los ataques a la religión por parte de los incrédulos, sino en la pasividad de los creyentes, sólo explicable por el respeto a los eclesiásticos actuales, cuya autoridad confunden con la de la Iglesia.

Cuando las cosas se pongan más feas, cosa bien posible, quizás muchos españoles se den cuenta de que esos eclesiásticos, educados en las ambigüedades conciliares, ignoran la doctrina natural y católica sobre sus deberes sociales. Sólo esa ignorancia puede excusar a los cientos de sacerdotes catalanes que se muestran favorables a su identidad, desconociendo lo que dice Santo Tomás sobre las sediciones. La sedición, caracterizada porque una parte de la sociedad siembra la discordia y se prepara para la lucha contra la utilidad, o bien común, de la sociedad, es, según Santo Tomás, un pecado especial contra la caridad y más concretamente contra la unidad y la paz, que constituyen una parte principalísima del bien común de la sociedad temporal. La sedición, es siempre un pecado mortal que cometen, ante todo, los que siembran la discordia, pero también los que les secundan. En cambio no lo cometen quienes defienden la unidad y la paz de la sociedad (S. T., II, II, 34, int.; 42, 1, c. y 2, c.).

Y desde el momento en que los españoles empiecen a cumplir sus deberes patrióticos, sin necesidad de recibir las bendiciones de sacerdotes políticamente descarriados o de los obispos que, hechas honrosísimas excepciones, se conforman con emitir vaguedades, entonces empezará a vislumbrarse hasta dónde puede llegar la vitalidad interior de nuestra sociedad en su propia defensa. Vislumbre orlado de esperanza que bien puede agostarse en muy breve plazo, si se piensa que con asistir a las concentraciones ya se cumplido con el deber. Hay que asistir a esas concentraciones. Pero se ha de tener en cuenta que respecto del poder establecido tales manifestaciones quieren reclamar una acción que repugna a ese poder oficial, a ese poder que se asienta en la voluntad popular y la Constitución, a ese poder que desprecia radicalmente la tradición española. En dicho sentido son inútiles. Respecto de los que asisten a ellas, son perniciosas, si se piensa que con la reclamación ya se ha hecho lo que se podía; pero, si no es así, las manifestaciones pueden ser un comienzo, una incitación, una toma de conciencia, que debe verse seguida de una acción costosa, de una entrega permanente, hasta que, a espaldas del poder, se logre lo que pide San Pio X en su novena de la Inmaculada: «que, en medio de tantos peligros, la Iglesia y la sociedad cristiana canten una vez más el himno de la liberación, de la victoria y de la paz».

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