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José Miguel Gambra: ¿Una España de cuerpo presente? (I)

Un mal inoculado

Quizás lo que hoy se llama España ya no tenga unidad alguna y la hipotética escisión de una de sus partes no sea más que el primer momento de su disolución. Bajo muchos puntos de vista, es posible que de nuestra Patria ya no quede sino un cadáver en putrefacción que, a pesar de su unidad aparente, está en trance de que cualquier viento extienda mundo adelante sus cenizas; o de que cualquier manada de bichos carroñeros absorba sus despojos sin reacción vital alguna por su parte.

Hablando de manera general, en la teoría política se distinguen dos maneras de concebir la unidad de una sociedad. Una, la clásica, atiende al fin que persiguen los hombres al reunirse en sociedad. Se funda en la idea de que la sociedad es una multitud que coincide, como Aristóteles decía, en una misma concepción de lo bueno y de lo justo. La unidad se produce porque hay un fin último que une a los hombres en una acción conjunta. Ese fin, que se llama bien común, responde en principio a la naturaleza del hombre y para Aristóteles se halla en la vida buena, esto es en la virtud, que es la perfección o acabamiento de la acción propiamente humana. Ese bien, que se identifica con la felicidad de cada hombre, sólo puede alcanzarse viviendo en sociedad con otros hombres y, por ello mismo, Aristóteles sostiene que el hombre es naturalmente sociable y que la sociedad es una entidad natural. Y, como el bien de muchos es superior al bien particular, el bien supremo natural del hombre es el bien común que cada uno ha de preferir al bien propio. Cabe, sin duda concebir erróneamente la finalidad de la sociedad de otras maneras e identificar el bien común, no con la vida virtuosa, sino con el poder dominador, la riqueza o la vida placentera; pero, en todo caso, no hay sociedad, si falta una idea compartida de bien, pues, en su defecto, cada individuo y cada una de las sociedades inferiores dentro de la ciudad, tenderá a un fin diferente y, desaparecida la comunidad de acción, desaparecerá la unidad, surgirá la anarquía.

La otra fundamentación teórica de la unidad de las sociedades políticas viene a identificarse con la causa que ha originado la reunión de la multitud y la aceptación de una autoridad que las rija. El nominalismo que mantuvo la imposibilidad de conocer la naturaleza de las cosas y, por tanto, el fin acorde con ella, unido a la ruptura de la Cristiandad producida por la herejía protestante, llevó del racionalismo en adelante a sustituir el conocimiento del fin por la desnuda y solitaria voluntad humana, entendida como espontaneidad, ajena a la deliberación prudencial de acuerdo con la naturaleza de las cosas. Esa voluntad, en la sucesión de teorías políticas modernas, vino a atribuirse a diversas entidades abstractas, de las que supuestamente emana la decisión fundante de la unidad social. A la soberanía de los reyes del absolutismo defendido por Bodino, a los imaginarios individuos solitarios y bondadosos que, según Locke, hacen un pacto constituyente, a la voluntad general de Rousseau, al Estado, al pueblo, la raza, la nación o la clase de la teorías totalitarias; a todas esas cosas se les ha atribuido sucesivamente una voluntad, una facultad de querer racionalmente, que en realidad sólo es prerrogativa, de los hombres singulares y reales. Son ficciones engañosas que encubren y exonerar de responsabilidad a castas, u oligarquías, que son las que toman realmente las decisiones sobre todos los entresijos de la vida social y a espaldas de ésta.

Ninguna de estas entidades insubstanciales y abstractas puede generar la adhesión ni la entrega del hombre, porque el amor apunta siempre a lo que es real y singular y siempre persigue un fin, un bien para eso que ama. Puede amar, desvivirse y sacrificarse por los miembros de su familia, de su pueblo o de su patria. Pero ¿quién siente afecto por el Estado, devoción por la voluntad general o por el pacto constituyente?¿Quién respeta y cumple la ley por la ley o el deber por el deber? A base de repetición y propaganda, esas entidades abstractas del pensamiento político moderno sirven para nublar la mente y apartar al hombre de sus amores y deberes naturales. Incapaces de provocar lealtad alguna, los substituyen por el egoísmo y el temor al poder. Que el hombre sea un lobo para el hombre no origina el Estado; es, al contrario, su resultado.

Rebaño de gatos con las fronteras por aprisco y la casta política por pastor, la unidad de ciudad en la modernidad política se mantiene por el plato de leche o por la fuerza, pero carece de toda raíz en la multitud. Es un cadáver momificado, oprimido por vendas y embalsamado, pero un cadáver. La comunidad política está de cuerpo presente desde el momento en que los individuos y las sociedades inferiores no anteponen el bien de la sociedad en su conjunto a su bien particular y, consiguientemente, no obran en favor del bien común y se conforman con exigir de la autoridad beneficios diversos para sí mismos.

La mayoría de las sociedades occidentales, con gobiernos que imponen su voluntad despótica, aunque se digan democráticos, son en realidad unos despojos de sociedad. Como los países de la unión europea y esa unión misma que ya emiten el nauseabundo olor de los muertos. Y, sin embargo, las cenizas de unos se disgregan antes que las otros. Si España parece haber quemado las etapas de ese camino, otros países, mal que bien, parecen mucho más unidos. ¿Por qué?

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