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José Miguel Gambra: «Elecciones, mal menor y culpa»

Azuzado por la zozobra de las próximas votaciones e inspirado por Malomenoreros, el artículo  de Juan Manuel de Prada, que ayer publicó carlismo.es, se me han ocurrido algunos comentarios en la  misma línea de ese magnífico escrito.

Las elecciones a que nos somete el régimen que soportamos solivianta periódicamente los bajíos de nuestra conciencia obligándonos a sopesar lo que deberíamos hacer con nuestro voto. El argumento más intranquilizador para los que no  votamos nos atribuye los males provocados por los cada vez más desastrosos gobiernos que sufre nuestra Patria desde que en ella se instaló la moderna democracia. Quienes así nos acusan  – sean eclesiásticos o «conservaduros» – suelen calentarnos la cabeza con la máxima del mal menor que, según dicen, exige de nuestra conciencia cristiana favorecer al menos malo de los partidos mayoritarios, ya que, de entrada, excluyen a los que no tienen posibilidad de triunfo previsible. Otra cosa – dicen – sería tirar el voto a la basura.

Se trata de un argumento poderoso que enlaza con nuestra vida cotidiana donde, a cada paso, elegimos el menor de los males. Quien compra elige, en igualdad de condiciones, lo que menos vacíe sus bolsillos y, en el buen gobierno de sí mismo, de su casa o de su negocio prevemos prudencialmente los males que pueden seguirse de cada decisión y elegir el de menor riesgo. Si esto es así de manera aparentemente universal ¿cómo no va a conmovernos quien nos exige aplicar ese principio a la elección del gobierno?

Las teorías morales recientes se han ocupado mucho de estas cosas. Alguna de ellas, como el  proporcionalismo, ha hecho del mal menor un primer principio, porque evidentemente, si dadas dos alternativas, no elegimos el mal menor, habremos de elegir el mal mayor, lo cual es absurdo. En cambio, el utilitarismo, basado en su concepción unitaria del bien que identifican con lo útil, esto es, con el sentimiento de placer (no sólo de placer sensible), la máxima viene a ser inoperante, puesto que, entre dos alternativas, su criterio siempre es capaz de determinar lo que es más placentero, de modo que no se ha de recurrir al criterio del mal menor, sino del bien mayor.

Estas teorías generalizadoras trivializan un verdadero problema que hacia el s. XVII quedó relegado tras la disputa entre probabilistas, laxistas, tucioristas y demás ralea, que centraron la resolución de las dudas morales en el mayor o menor grado de probabilidad, atendiendo a las opiniones o autoridades favorables a las diversas opciones. Ese verdadero problema se refiere no a cualquier clase de mal, sino al verdadero mal que es el pecado. Porque el mal es, como el bien, de clases diversas: no es igual la situación de quien se ve obligado a elegir entre seguir un tratamiento médico agresivo o no seguirlo (males ambos entre los cuales puede el hombre elegir prudentemente sin pecado), que la situación del que se ve obligado a elegir entre pecar de una manera o pecar de otra.

Muchos piensan que las elecciones y comicios sólo suponen la puesta en acción de preferencias personales o ideológicas, donde sólo se han de sopesar las ventajas prácticas de los distintos programas que ofrecen los partidos. No han faltado autoridades eclesiásticas que, confundiendo la democracia actual con la mera forma de elegir al gobernante, empiezan por declarar que el voto es un deber, y que, a falta del candidato perfecto, es lícito y recomendable pronunciarse a favor del menos malo. Semejantes interferencias cometen la clase de  error clericalista en que incurrió el Ralliement.

Contra lo que pensaban algunos autores anteriores, Santo Tomás defendió que el hombre inocente nunca puede hallarse moralmente perplejo. Hoy en día los moralistas suelen llamar «dilema moral» a la situación que provoca lo que Santo Tomás llamaba «perplejidad». Esa circunstancia se daría si un hombre estuviera obligado a elegir, sin más salida, entre dos acciones pecaminosas. Un ejemplo, entre los muchos que usaron los medievales, es el del sacerdote que, celebrando la Santa Misa, se da cuenta de que está en pecado mortal y se ve en la tesitura de comulgar sacrílegamente o escandalizar a los fieles interrumpiendo la celebración. Santo Tomás rechazaba que un inocente de conciencia rectamente formada (pues la falta de esa conciencia ya es pecaminosa) pueda verse absolutamente en la perplejidad de un dilema semejante, porque eso evidentemente supondría que el inocente estaría obligado a pecar. Puede, sin embargo, hallarse en esa perplejidad «en cierto modo» (secundum quid) quien previamente ha cometido un pecado, como en el caso del mencionado sacerdote. Pero, incluso en ese caso, no está obligado a cometer un segundo pecado, pues siempre cabe que el cristiano rectamente formado resuelva la cuestión sin añadir una nueva culpa. En nuestro ejemplo, bastaría que el sacerdote hiciera un acto de contricción perfecto. En otras palabras, siguiendo la mente de Santo Tomás, la máxima «del mal, el menos» no tiene aplicación cuando el mal se entiende en el sentido primordial del pecado. Lo cual no impide que, por ejemplo, según la doctrina clásica de la tolerancia, un gobernante, sin incurrir en culpa alguna, haya de tolerar ciertos males para evitar otros mayores en beneficio del bien común.

Los ejemplos medievales distan mucho de la situación en que se halla quien tiene derecho a voto, pero la doctrina es perfectamente aplicable. El sistema democrático moderno o liberal concede, a través de los comicios, un poder irrestricto a los gobernantes electos. Poder ejercido en nombre de la voluntad popular que no ha de someterse a ninguna otra instancia ni divina ni humana, dejando de lado, por consiguiente, tanto la ley natural como la voluntad de Dios enseñada por la Iglesia. Bien es verdad que muchos confunden las votaciones con un supermercado de futuros derechos, con un timba donde esperan salir gananciosos o, incluso, con un concurso de belleza donde se eligen las estrellas de futuros espectáculos. Quizás estos últimos, los más necios o los más sardónicos, se aproximen mejor que ninguno a la realidad de un sistema, no sólo institucionalmente depravado, sino corrupto en su depravación. Pero, si nos atenemos a lo oficial, a la liza de partidos y a sus programas, quien vota a un partido favorable (más o menos) al aborto, a las leyes contra la familia, a la degeneración sexual, a la corrupción en la escuela, a la disolución de la Patria, a la esclavitud práctica del asalariado, al totalitarismo, al estatismo o a tantas otras infamias del sistema, peca. Peca, primero, por acatar la soberbia satánica del sistema mismo, y peca por hacerse cómplice de cuantos desmanes pueda cometer el partido votado. Y a ese votante no le vale escudarse en el principio del mal menor, a no ser que su voto favorezca a un partido cuyo programa coincida totalmente con los principios del orden social cristiano, lo cual supondría la desaparición del sistema liberal mismo. Y si tal cosa no existe, siempre le queda abstenerse.

Ya lo decía el propio Castellani que Prada trajo a colación en su artículo: «El principio moral de que es lícito elegir un mal menor vale en determinados casos, por ejemplo el de la legítima defensa, servato moderamine inculpatae tutelae, como dicen. No vale en todos. En el caso de conciencia propuesto por el film El mar no perdona, por ejemplo, el capitán del bote salvavidas que da muerte directamente a algunos de los náufragos para salvar al resto, procede inmoralmente».

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