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Reino de Granada: Carlos Cruz Rodríguez, combatiente y periodista carlista t.co/OXK8jiQP1T

«VOX, ¿una esperanza?». Artículo de José Miguel Gambra t.co/WmhbUYDthc

José Gabriel de Armas: “Discurso en la Cena de Cristo Rey”

Reverendos, señoras, señores, amigos todos correligionarios en Xto:

Cuando el padre D. José Ramón me llamó a Canarias para pronunciar unas palabras en la presente cena de Cristo Rey, lo primero que se me ocurrió fue su temeridad, porque yo no he hablado nunca en público. Le dije que me dejara unos días para pensar como resolver semejante entuerto, porque ustedes, los presentes, me imponen de hecho, mucho respeto y este auditorio cualificado requiere una erudición de la que yo adolezco, sin  duda.

Algo más tarde, José Miguel Gambra, nuevamente me instó para que estuviera hoy aquí a este lado de la mesa…, a lo que le contesté más o menos lo mismo; aunque eso sí, me sentí entonces algo más comprometido, si cabe.

Así mismo, le comenté que si me decidía a hablar posiblemente no respondiera al típico discurso que se espera de una cena carlista como ésta; que tampoco sería original, y que, posiblemente, tampoco sería demasiado optimista en general, aunque sí intentaría, humildemente, aportar alguna consideración sobre la Realeza de Ntro. Señor Jesucristo en la actualidad, y que prometo será breve….

Todos los presentes saben que la Festividad de Cristo-Rey fue introducida como tal en la sagrada liturgia por el Papa Pío XI mediante el envío de la Encíclica Quas Primas en el año 1925, con la expresa intención de que se introdujera el culto a Cristo Rey, debiendo tener así a Nuestro Señor Jesucristo como referencia, guía e informador de nuestro proceder en todos los ámbitos de nuestra vida: personal, familiar, social y político.

Después de releerla, con la intención de encontrar un origen cierto y adecuado para iniciar estas palabras, resultó fácil concluir que todo católico con un mínimo celo apostólico y con independencia de su condición, estado o situación social, debiera conocerla y leerla; y en estos tiempos, mejor más pronto que tarde…

Enviada en el año 1925, en muchos de sus apartados parece que hubiera sido preparada este año 2018 para nosotros y para un entorno como el nuestro; y ello nos confirma la rabiosa actualidad que posee el Magisterio auténtico fundamentado en Verdades Eternas y que tiene como objetivo primordial y final la salvación de las almas.

Como no me emplearé en comentar la Encíclica, que otros realizarán mejor, sólo me detendré escuetamente en una interesante consideración previa ante la primera objeción radical que se le puede presentar, y que no es otra que la contestación dada por Nuestro Señor Jesucristo a Pilatos: “Mi reino no es de este mundo”, fórmula evangélica interpretada casi siempre en un sentido restrictivo para hacer creer que tal Realeza es exclusivamente espiritual, realeza sobre las almas y no una realeza sobre los pueblos, naciones y gobernantes, en palabras de Jean Ousset en Para que Él Reine.

Según el mismo autor, y de acuerdo con todos los latinistas, la frase “no es de este mundo”, alude indudablemente al origen de dicho poder, precisando que proviene de lo alto, lo cual en absoluto contradice que el mismo esté en este mundo o sobre este mundo, y que, por tanto, Cristo deba reinar socialmente e informar e inspirar las leyes, a los soberanos y a las naciones.

De otro modo, otros muchos pasajes del Antigüo y del Nuevo Testamento podrían ser consideradas fórmulas huecas y sin contenido, y se podría concluir que la Iglesia ha errado en este punto durante veinte siglos.

Para un católico actual en mi situación, español, casado, padre de familia, con trabajo, con amigos, cierta vida social, e inserto en una comunidad política, y sobre todo, a la vista de la situación actual de la Iglesia, puede resultar casi lógico y, desde luego,  muy humano, el impulso  inmediato de una reflexión cuya conclusión sea que, no sólo el Reinado de Cristo. no existe en ninguno de los ámbitos antes indicados (personal, familiar, social y político), como sería deseable, sino que hoy día es irrealizable, salvo que se obre un milagro.

Efectivamente, un ligero y superficial análisis de nuestro entorno, ciertamente precipitado, no podría llevarnos a otra conclusión:

No reina, ni impera Cristo cuando se nos ha impuesto en nuestra patria como norma suprema la Constitución de 1978, viciada en su origen y en la que se contienen principios en virtud de los cuales un pueblo no puede darse las normas necesarias conformes al Derecho Natural, para una convivencia de acuerdo a una autoridad legítima, con felicidad para sus miembros, y con fortuna para la patria.

No reina Cristo cuando con fundamento en esa misma norma, se aprueban, -únicamente por obtención de la mitad más uno de los votos-  leyes inicuas y normas contrarias a los fines reservados y previstos por el mismo Dios para el hombre, que dificultan, cuando no impiden, que la sociedad se conforme y oriente hacia el bien común, tanto el inmediato, como el último de ser partícipes en el Reino Celestial.

Tampoco Reina Cristo cuando el relativismo se convierte en modo de proceder en general, sin criterio objetivo sobre el bien y el mal, y primando el criterio subjetivo sobre cualquier asunto, salvo cuando se trata de determinar e imponer social y políticamente, el único y pretendidamente unívoco pensamiento denominado “políticamente correcto” sobre cualquier asunto, con especial empeño si tiene algún cariz ético o moral.

Por supuesto que tampoco reina Cristo cuando también con fundamento en la misma norma suprema se ha implantado la libertad religiosa desde el ámbito civil. Pero, y esto es más grave, tampoco reina cuando, paradójicamente, se preconizan los beneficios de la misma por parte de la jerarquía católica para el orbe y concretamente para nuestra patria, España.

La campaña, primero soterrada y larvada, y luego ya activa y descarada en contra de la institución familiar que se adecua al orden natural de las cosas dispuesto por Dios para el hombre redimido, mediante aberraciones como el divorcio, el aborto, el feminismo y, recientemente, la rampante y detestable denominada “ideología de género” en toda su perversidad destructora del hombre, tampoco permite pensar con optimismo que Cristo reina actualmente.

Así mismo, tampoco reina aparentemente Cristo cuando experimentamos que comienza a ser muy complicado encontrar un sacerdote consciente de su ministerio, que vista y se le distinga como tal, y que, como tal, inspire el respeto y la confianza, tanto para una celebración litúrgica válida, como para una confesión en condiciones, con una  amonestación y penitencia proporcionada. Y no digamos nada si de pronunciar una homilía se trata, en la que, al menos, se limite a comentar la epístola y el evangelio con pleno sometimiento a la Revelación, a la Tradición y al Magisterio.

Ni tampoco parece reinar cuando para poder asistir a una Misa como Dios manda en condiciones, de acuerdo con el rito denominado extraordinario, cuyo uso nunca fue abrogado, muchos grupos de fieles han de mantener una auténtica sucesión de acciones y reacciones, teniendo que recurrir a la Comisión Pontificia Romana correspondiente, y, en el mejor de los casos, conseguir sólo doblegar lo que debió constituir la voluntad natural del Ordinario del lugar para facilitar la asistencia y santificación de quienes reclaman tal celebración. Esta concesión, es lamentablemente considerada como un mero guiño gracioso a una inquietud estética y nostálgica de formas.

Pero aún a pesar de toda esta apariencia de iniquidad y hechos que se nos presentan como definitivos, existen otras muchas realidades, situaciones y acciones concretas que revelan justamente lo contrario, y que lanzan una luz y esperanza sobre el posible reinado de Nuestro Señor Jesucristo.

Cuando, con nuestro sacrificio y constancia, cualquiera de los hijos de los aquí presentes, herederos de nuestra patria, es bautizado; y luego, cuando casi sin saber hablar, se le enseña a rezar cotidianamente al levantarse, al sentarse a la mesa, al acostarse; y cuando luego se le enseña a santiguarse al pasar por delante de la fachada de una Iglesia como lugar sagrado; cuando se le enseña a besar las manos consagradas del sacerdote; cuando se le forma en la doctrina y en la moral y se le inculca la debida  reverencia y la adoración de la Sagrada Hostia; cuando se le infunde el temor de Dios; se procura su frecuente confesión y se le instruye en el correcto comportamiento en la Santa Misa; cuando todo esto ocurre, conscientemente se está contribuyendo desde el estadio más básico social, al Reinado de Cristo en los individuos.

Cuando actualmente un hombre y una mujer, como muchas de las familias presentes y no presentes, contraen matrimonio católico y sientan las bases de una comunidad en sólidos pilares y fundamentos con el claro fin de los hijos, la santificación mutua y la de la prole, con vistas a la salvación eterna de todos sus miembros, mediante múltiples prácticas de piedad como el rezo del Santo Rosario y la asistencia a la Santa Misa, se está contribuyendo al Reino de Cristo en el importantísimo y elemental ámbito familiar.

Cuando en el delicado momento actual se acomete la formación de los hijos adolescentes en casa y en la capilla correspondiente; se  instruye a los futuros miembros de la sociedad en principios fundamentales básicos contrarrevolucionarios a modo de antídoto contra el abordaje exterior que les espera, intentando forjar en ellos un criterio firme y coherente de pensamiento y proceder de acuerdo con su Fe y las normas morales católicas, también se está contribuyendo directa e indirectamente al Reinado de Cristo.

Cuando en el devenir cotidiano no nos puede la vergüenza o la prudencia mal entendida en conversaciones con amigos y compañeros de trabajo, y rompemos una lanza en favor de la Verdad con mayúsculas, dando testimonio de que no todo es válido y de que aún se puede tener criterio distinto y fundado sobre los temas en los que ya casi no se permite discrepar sin convertirse automáticamente en un radical extremista reaccionario, contribuimos también al reinado social de Cristo.

Se comprueba fehacientemente el Reinado de Cristo cuando conocemos toda la obra de la Iglesia, también la de la actual; cuando, a pesar de todo, aumenta poco a poco la demanda de una liturgia auténtica fiel a la Tradición; cuando nos encontramos con sacerdotes diocesanos aún fieles a su ministerio. Y también, y sobre todo, cuando constatamos la  inconmensurable labor y presencia creciente de nuestra querida y Providencial Fraternidad Sacerdotal de San Pío X, a la que siempre podremos recurrir oportuna e inoportunamente  en busca del remedio de lo que más nos importa en nuestra existencia terrena, y de la que se ha dicho recientemente que tiene en sus manos un tesoro, la Tradición, con la enorme responsabilidad de transmitirlo.

Cuando muchos de los presentes y muchos ausentes con entrega de su tiempo casi al completo y con sus sacrificios, imparten periódicamente charlas y conferencias de formación; organizan círculos para el estudio de la doctrina; encuentros con correligionarios; mantienen excelentes publicaciones y fundaciones, todas con el mismo fin último  superior que nos une, constatamos el pulso seguro de quien prepara el Reinado de Cristo.

Las últimas iniciativas de reuniones y convivencias de familias carlistas celebradas este último año en Madrid en aumento progresivo de sus miembros, posibilitan, además de que tengamos un mejor conocimiento de quiénes somos y cuántos, el establecimiento de una mejor relación e intercambio de información, al tiempo que facilita un apoyo mutuo en la lucha constante que nos toca en este tiempo contradictorio; revelando también ello la intención firme de procurar el Reinado de Cristo.

El hecho de esta reunión, con la presencia de los representantes y miembros presentes de los círculos carlistas, y de todos nosotros aquí esta noche, -que para cualquier ajeno puede ser vista como una simple reunión romántica o nostálgica-, constituye también prueba de la intención sólida y constante de reinstaurar el Reinado Social de Nuestro Señor Jesucristo.

Esta precipitada apreciación personal de hechos a favor y en contra no pretende sino guardar conscientemente un supuesto equilibrio entre el derrotismo y el triunfalismo en la valoración de la situación hoy y aquí.

Sin ninguna duda sobre la posibilidad real de la restauración del Orden Cristiano que pretendemos, con la convicción de la imperiosa necesidad de hacerlo efectivo en todos los ámbitos como remedio para nuestra patria y para el mundo; y conscientes, como nos decía José Miguel Gambra, de vivir con la cruz de la confusión, aunque sin las calamidades de los carlistas de otro tiempo; nos toca, por ahora, emplear todos nuestros esfuerzos en conservar la doctrina de siempre como la hemos recibido, transmitiéndola enriquecida, sin alteración alguna, para que a modo de rescoldo o brasa candente pueda renovar el incendio futuro de la Tradición Carlista.

Con casi todo y todos en contra, por más que parezca que el mal permitido por Dios adquiere unas dimensiones e intensidades sin precedentes y abate unas plazas nunca antes ocupadas, la Verdad con mayúsculas cuenta con la garantía de la promesa del mismo Cristo, reforzada por las de Su Sagrado Corazón, así como por las de la Virgen y las de su Corazón Inmaculado.

         El resto es misión nuestra…

         ¡Viva Cristo Rey!

         ¡Viva las Españas!

         ¡Viva Don Sixto!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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