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José Miguel Gambra: ¿Una España de cuerpo presente? (II) t.co/LqFIVtMj15

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#Huelva. Ha fallecido doña Ana Fidalgo, viuda de José Luis Marín García-Verde. R.I.P. t.co/d9KorN0nLq t.co/FhED1pJNld

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Quel avenir pour l'Espagne? Entrevista de L'Homme Nouveau al director de FARO. #Espagne #Catalogne #Españat.co/XwelWsEoqC

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J.M. Gambra: El carlismo no se cura… La estupidez tampoco; pero por razones diferentes (I)

Los “padres” de la Constitución

Los constitucionalistas se llevan hoy las manos a la cabeza viendo la que han armado. La Constitución del 78, como bien dijo Vallet de Goytisolo y reconoció Peces-Barba, es de goma. Fue hecha de forma deliberadamente ambigua, con el único fin de dar un poder omnímodo al conjunto de partidos democráticos, unos procedentes de la clandestinidad durante el franquismo y otros apresuradamente formados desde las filas de éste. Para seguir las pautas de las democracias al uso tras la Segunda Guerra Mundial, consensuaron un conjunto de artículos donde, entre otros mil equívocos y anfibologías, se contemplaba la existencia de nacionalidades dentro de la nación y se permitía a los partidos separatistas vascos hacer una OPA unilateral sobre Navarra. La secesión que se les está viniendo encima a los sucesivos gobiernos desde la transición procede directamente del uso interesado, innoble y mezquino, de la elasticidad constitucional para acceder al gobierno. La Constitución, que permite todo a los partidos, no limita la entrega de competencias a los gobiernos autonómicos, ni impide que se entreguen a cambio de votos para facilitar la gobernabilidad. Todo el mundo sabe que la educación y los medios de comunicación no tienen efecto grave durante una sola legislatura —cuatro años— pero a partir de doce años —y no digamos de cuarenta— de adoctrinamiento, pueden crear una mentalidad nueva en las masas desestructuradas desde el régimen anterior.

Como decía Ginés de Sepúlveda defendiendo la monarquía, «cuando son muchos los que gobiernan muchas veces, por esperar uno la actuación de otro, la solución de los asuntos corriente se abandona por negligencia». Algo así le ha pasado a la casta de gobernantes en la democracia. A sabiendas del futuro lío que conllevaba la trasmisión de competencias, con tal de recibir el poder han ido dejando que los siguientes breguen con el separatismo cada vez más prepotente. Y así hemos llegado adonde nos ha conducido la delictuosa y rastrera actuación de los próceres del PP y del PSOE desde los luctuosos tiempos de la Transición.

Y ahora, cuando ya tienen encima lo que cualquier tonto podía prever, cuando empiezan a ver que las secesiones pueden, y suelen, abocar a grandes violencias, si no a guerras abiertas, el servil periodismo subvencionado por el bipartidismo ha decidido, al parecer, buscar una cabeza de turco y emprender una campaña  para desviar la atención. Y, ¿cómo no?, la china le ha caído al Carlismo. Cuatro artículos al menos se han dedicado al tema recientemente en grandes medios; otros más en medios menores, obra de columnistas ignaros que repiten lo que ven en los grandes; y en las redes sociales se habrán difundido innumerables comentarios. En esta última temporada, uno de los primeros en sacar a la palestra al carlismo fue Víctor Lapuente, que publicó en El País un artículo titulado «Carlistas contra turistas», donde aplica el nombre de «neocarlismo» a los grupos separatistas de extrema izquierda Arran y Ernai, a propósito de sus atentados contra el turismo. Luego, Andrés Trapiello se sumó a esa idea, sin citar a Lapuente, y publicó dos articulejos en La Vanguardia«El carlismo ataca de nuevo» y «El carlismo no se cura»— ambos de ínfima categoría, dedicados sólo a destilar baba de odio ancestral contra un carlismo cuya doctrina sólo parece conocer a través de las insultantes soflamas de Pío Baroja, que Trapiello completa con otras de su cosecha. Dicen que es un literato de altura, cosa en la que no entro, pero en este caso nada le luce. Finalmente, una tal Conxa Rodríguez, publica en El Mundo otro escrito más largo titulado «Del carlismo al separatismo catalán» que ya asocia declaradamente el carlismo con la tendencia secesionista del actual Gobierno autonómico de Cataluña. En realidad  lo que importa de estos escritos es el título, que eso es lo que a la gente se le queda. Aun dejando de lado las miserables y nada originales injurias de Trapiello, del contenido de los otros artículos sólo se puede decir que es de una pobreza intelectual, de una frivolidad argumentativa, que espanta al miedo. Si éstos son los intelectuales de la democracia…

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