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J.M. Gambra: El carlismo no se cura… La estupidez tampoco; pero por razones diferentes (y III)

Primer requeté que entró en Bilbao

El  segundo argumento ya no versa sobre la doctrina carlista, sino sobre los hechos históricos en que tomó parte y, más concretamente, sobre los lugares en que se desarrollaron. La coincidencia en la localización de las fuerzas carlistas y del separatismo no es ni por lo más remoto perfecta. Se dio en Cataluña y Vascongadas, pero hubo carlismo muy importante en el Reino de Valencia, en toda Castilla, en Asturias, Galicia, Andalucía y, sobre todo, en Navarra, sin que en esas regiones y reinos se haya dado separatismo alguno o, por lo menos, un separatismo virulento como el que actualmente sufre el Principado de Cataluña.

Pero podemos dejar eso de lado y fijarnos en el factor temporal: el carlismo como movimiento político no existió hasta la muerte de Fernando VII en 1833, y el separatismo secesionista de las Vascongadas o de Cataluña no existió hasta principios del siglo XX. Pero el carlismo no nació porque se difundiera una nueva teoría política en esos lugares, sencillamente porque el carlismo fue un movimiento popular extensísimo antes de que sus teóricos y políticos, reflexionando sobre las razones del movimiento, enunciaran su doctrina. Y si el carlismo tuvo gran vitalidad en Cataluña y Vascongadas fue porque en esas regiones existía un descontento especial, desde luego religioso, como en las demás regiones, y también económico; pero lo que configuraba su disgusto especifico fue sobre todo la pérdida de los fueros y del orden tradicional que fue propiciada, primero, por el absolutismo y, luego, por un centralismo liberal cada vez más despótico. El movimiento carlista fue un intento de remediar esos males traídos de allende los Pirineos, débilmente durante el siglo XVIII, brutalmente a partir de Napoleón. Aunque en la Primera Guerra estuvo en un tris de obtener la victoria, pudo más el dinero y los apoyos internacionales del Gobierno liberal. Y luego perdió también la Segunda y la Tercera guerras.

Neutralizado el remedio, los males sufridos en esas dos regiones se agravaron; y se agravaron tanto que a las Cortes de 1901 acudió por primera vez un grupo regionalista, la Liga Catalana; y luego, inspirada por Prat de la Riba, surgió Solidaridad Catalana ya con ribetes nacionalistas. Todo ello después de las guerras carlistas, pero en contra del Carlismo. Si nuestros articulistas se hubieran tomado el trabajo de leer al diputado y pensador carlista Vázquez de Mella, habrían encontrado muchas frases como ésta: «Yo he dicho que la nación era el río y que las regiones eran los afluentes (…) Por eso yo afirmo la unidad nacional contra los separatistas y, al mismo tiempo, la variedad regional contra los centralistas». Y sabrían que en la Guerra del 36, los tercios carlistas lucharon contra los gudaris del PNV y contra el separatismo catalán.

El carlismo traía consigo la solución no sólo de la falaz oposición entre regionalismo y centralismo, sino la solución clásica y eficaz a otros muchos enfrentamientos que descuartizaban, como hoy, la sociedad española. Porque siendo católico no era clericalista; siendo democrático no era liberal; siendo monárquico no caía ni en el absolutismo ni en el legitimismo cerril; siendo foralista, no fue luego corporativista a la manera del fascismo; siendo patriota, no se dejó arrastrar por el nacionalismo (en el sentido clásico de la palabra); y manteniendo lo que Mella llamaba el sociedalismo, no fue socialista. El carlismo traía la curación, pero no le dejaron practicarla. Atribuirle la degeneración de nuestra Patria y, en especial, el separatismo es un caso evidente de esa falacia que los lógicos llaman «post hoc, ergo propter hoc» (tras esto luego por esto). O dicho más claramente, es como llamar matasanos al médico que hemos expulsado de casa tiempo antes de fallecer el enfermo.

¿A qué seguir? Los articulistas apenas tienen sino una idea confusa del carlismo. Se han quedado en la historia que se enseña en bachillerato o en investigaciones sobre Unamuno y Pío Baroja. Y Conxa Rodríguez, la única que conoce una pequeña parte de la historia carlista, no se ha tomado el trabajo de ir más allá y de su doctrina no ha entendido nada. A la postre ¿qué más les da si argumentan lógicamente o no? Hablan y hablan para obnubilar la mente del lector y luego dicen concluir lo que se les ha encargado. Ya decía Aristóteles que la peor y más perversa técnica del sofista consiste decir y preguntar muchas cosas para declarar luego con seguridad que de ahí se sigue algo que nada tiene que ver con las premisas previamente aducidas.

De la misma manera que Aristóteles también decía que el movimiento no se mueve, podemos nosotros decir que el carlismo no se cura, porque es la curación. Y al igual que San Pablo hablaba del mal remedio que tiene la estupidez voluntaria de quienes se niegan a extraer de la naturaleza las consecuencias más evidentes (stulti facti sunt), así podemos concluir que tampoco la estulticia tiene fácil recuperación. El carlismo no se cura, la estupidez tampoco; pero por razones bien diferentes.

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