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José Miguel Gambra: ¿Una España de cuerpo presente? (II) t.co/LqFIVtMj15

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#Huelva. Ha fallecido doña Ana Fidalgo, viuda de José Luis Marín García-Verde. R.I.P. t.co/d9KorN0nLq t.co/FhED1pJNld

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Quel avenir pour l'Espagne? Entrevista de L'Homme Nouveau al director de FARO. #Espagne #Catalogne #Españat.co/XwelWsEoqC

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J.M. Gambra: El carlismo no se cura… La estupidez tampoco; pero por razones diferentes (II)

Sus razonamientos se apoyan en dos hechos. Uno, aparentemente incontestable, es que el separatismo se parece al carlismo en que no son favorables al centralismo. (En realidad el separatismo es ferozmente centralista, aunque ponga la capital en Barcelona, por ejemplo, y no en Madrid). Otro, mucho más discutible, señala que el separatismo y el carlismo coinciden espacialmente: ambos, según ellos, se han dado especialmente en las mismas regiones de España. Se trata de dos premisas donde el carlismo se entiende de manera diversa: la primera apunta al contenido de la doctrina carlista, mientras que la segunda se refiere al movimiento político y militar que es el carlismo. Pues bien, de esos hechos, parcialmente verdaderos, los mencionados autores sacan, sin el más remoto respeto por la lógica, las conclusiones que les han encomendado defender.

De la semejanza meramente negativa entre carlismo y secesionismo concluyen que el primero es causa del segundo y, por tanto, que a él debe achacarse la culpa de lo que sucede en Cataluña. Viene a ser como si se pretendiera que el gato procede del perro porque a ninguno de los dos le gustan las acelgas. Este pseudo-razonamiento, que sólo a un idiota puede convencer, se fija en una similitud entre las teorías carlista y separatista. Si hubieran tenido un mínimo de honradez intelectual o de conocimiento del pensamiento carlista, habrían sabido que de esa semejanza nada se sigue. Al carlismo le han insultado llamándole absolutista, fascista, franquista y separatista, entre otras muchas cosas. Lo cual no ha impedido que de él hayan querido apropiarse los fascistas, los socialistas y los liberales. Hasta hay fotos del abuelo del actual inquilino de La Zarzuela con boina roja.

La doctrina carlista o tradicionalista se asienta sobre la naturaleza humana y es compleja como ella. No se deja reducir a las máximas simplistas de los ideólogos modernos ni a los eslóganes facilones de los partidos. Sin embargo cualquiera que no tenga la mente absorbida por la televisión o el wasap la comprende fácilmente, como cualquiera entiende que la vida social no se reduce a economía; ni es una unidad cerrada y completa, pero tampoco una pluralidad deslavazada, sino que constituye un orden donde cabe la relativa independencia de pueblos,  ciudades, regiones y reinos, sin por ello perder la unidad de gobierno común pero limitado. Y si vamos a las autoridades en que se apoya hay que remontarse a Aristóteles, a Santo Tomás, a la tradición escolástica de la Contrarreforma, a la doctrina social católica de los últimos siglos hasta el Vaticano II, y a los innumerables escritos del Carlismo propiamente dicho. Con sus obras puede formarse una nutrida biblioteca que contendría innumerables publicaciones periódicas, además de las obras del Marqués de Eroles, de Manterola, de Aparisi y Guijarro, de los Nocedal, de Navarro Villoslada, de Gabino Tejado, de Enrique Gil Robles, de Hernando de Larramendi, los treinta tomos de las obras de Vázquez de Mella, los otros tantos de la Historia del Tradicionalismo Español de Melchor Ferrer y los veintinueve de los Apuntes y documentos para la historia del tradicionalismo español 1936-1966 de Manuel de Santa Cruz; las obras de Elías de Tejada, de Canals Vidal, de Álvaro d’Ors, catedráticos de Universidad recientemente fallecidos los tres últimos. Por sólo citar a unos pocos de épocas distintas. Decir que el carlismo es cerril, oscurantista e intransigente, como hace Trapiello, sólo denuncia su ignorancia. Decir que toda esa doctrina se reduce a otra por algún parecido accidental es malintencionada sofistería.

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