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Isabel la Católica (II). Artículo de Elena Risco

EXPULSIÓN DE LOS JUDÍOS

Por mor de la organización, abordaré el fenómeno de los judíos en Castilla y Aragón desde una triple perspectiva coincidente con los argumentos que pudieran justificar su expulsión del territorio. En primer lugar, el descontento del pueblo y las continuas revueltas y matanzas que tenían lugar por esta causa, al que llamaré el motivo popular. En segundo lugar, el peligro que suponían a nivel político para los Reyes por sus habituales traiciones y conjuras así como por las riquezas adquiridas; llamaré a éste el motivo político. En tercer lugar, el peligro real de judaización que suponían para el cristianismo profesado en la Península, el cual será tratado como el motivo religioso. Sin embargo, con carácter previo quiero destacar algunas cuestiones generales necesarias para un correcto enfoque de la cuestión.

Los judíos no eran españoles que tenían una religión distinta a la de sus Reyes, eran extranjeros y su derecho a vivir en tierras de la Península se cobraba mediante un tributo especial. Vivían como comunidad apartada y se resistían a cualquier intento de asimilación, no eran súbditos a los que los Reyes debieran su protección. Además, ni todos los judíos expulsados ni los conversos llevaban siglos viviendo en España. Lo cierto es que a estas tierras vinieron a dar multitud de judíos expulsados de otros lugares. En el siglo XII llegaron algunos expulsados de Rusia, en el XIII los expulsados del suroeste francés por Eduardo I, en el XIV los del resto de Francia y ciertos grupos importantes originarios de Alemania e Inglaterra también expulsados por sus soberanos. De modo que lo que originariamente era una comunidad pequeña que podía ser tolerada, se convirtió en una oleada incontrolable.

Si bien es cierto que la caridad cristiana exige dar cobijo a toda persona de forma temporal, ésta no se hace extensible al caso de una comunidad de forma perpetua, aún menos si se trata de un pueblo cuya forma de vida contradice los principios del lugar en el que se asienta y los de la Iglesia. La tolerancia entre los pueblos es una excepción, no la regla general. No todo vale, no todo es compatible y no todo es permisible. Y es de sentido común admitir la incompatibilidad del cristianismo y el judaísmo, por ejemplo, en relación a principios de justicia social: prestamistas judíos llegaron a perpetrar abusos tales como el cobro de un 20% de interés a campesinos aragoneses en pleno período de hambruna.

Sería confuso y anacrónico interpretar la expulsión de los judíos como una medida antisemita. Los argumentos, como mencioné supra, son políticos, populares y religiosos, no raciales. Prueba de ello es que el mismo Fernando el Católico era de origen converso -provenía de la familia de los Enríquez por parte de madre-; también lo eran el confesor de la Reina, fray Hernando de Talavera, Hernando del Pulgar, uno de los principales participantes en la campaña de cristianización previa a la instauración de la Inquisición, y muchas otras personalidades destacadas.

Motivo popular

En una Europa en la que la usura era tenida por pecado, según enseñanzas de la Iglesia Católica, los judíos se dedicaban a la banca y el préstamo «generalmente cobraban el 20% en Aragón y el 33,1/3 % en Castilla y durante el hambre de 1326 exigieron el 40% de interés en un préstamo de dinero acordado a la ciudad de Cuenca para comprar trigo», menciona W.T. Walsh en su obra Isabel la Cruzada. Los campesinos abandonados por la avaricia de los nobles dueños de sus tierras, caían por desesperación en manos de estos prestamistas judíos, a quienes se les permitía, además, la compra del derecho al cobro de tributos.

La consecuencia de lo anterior era el ferviente odio del campesinado, que en ocasiones estallaba en matanzas y acusaciones contra los judíos, culpándolos de las pestes, sequías y desgracias de la sociedad. El Papa Clemente VI denunció como calumniosas estas acusaciones y amenazó de excomunión a los fanáticos, pero las revueltas aumentaban de modo imparable. A pesar de lo anterior, la mayoría de los gobernantes no tomaron ninguna medida al respecto pues se servían del dinero de los judíos desoyendo el descontento del pueblo.

Las persecuciones y limitaciones impuestas a los judíos junto con el buen hacer de católicos como san Vicente Ferrer, dieron lugar a una conversión masiva al cristianismo. Algunas sinceras y otras no. Nació así un nuevo grupo social: los judíos conversos. La conversión les permitió acceder al matrimonio con las familias más influyentes y a importantes puestos tanto en la Iglesia como en el Gobierno. Se les describe a los conversos en una crónica de 1479 del siguiente modo: «Y comúnmente por la mayor parte eran gentes logreras, e de muchas artes y engaños porque todos vivían de oficios holgados y en comprar y vender no tenían conciencia para con los cristianos. Nunca quisieron tomar oficios de arar ni cavar, ni andar por los campos criando ganados, no lo enseñaron a sus fijos salvo oficios de poblados, y de estar asentados ganando de comer con poco trabajo».

En 1467 en Toledo en un enfrentamiento entre cristianos viejos y conversos: «mil seiscientos pares de casas quemadas, treinta y dos cristianos viejos fueron muertos y de los nuevos cuatro veces más»; Sepúlveda rechaza someterse al poder del converso Pacheco en 1492 y prefieren quedar bajo el amparo directo de los Reyes Católicos. Isabel vive de cerca este drama en la sublevación contra el converso Cabrera, esposo de la que fue su doncella Beatriz de Bobadilla, levantamiento que pone en peligro la vida de su propia hija. La situación entre judíos, conversos y el pueblo llano era tensa y amenazaba ruina.

Motivo político

Diversas fuentes coinciden en afirmar que fueron judíos quienes abrieron las puertas de un gran número de ciudades a los invasores musulmanes que venían de África a comienzos del siglo VIII, siendo recompensados por ello con altos cargos, como la gobernancia de Sevilla, Granada y Córdoba. Pero tal alianza no siempre resultó pacífica. Grandes comunidades hebreas son expulsadas de Córdoba ya en el 1013 y el 30 de Diciembre de 1066 se produjo en Granada el asesinato de cuatro mil judíos, siendo los supervivientes de la masacre expulsados de la ciudad.

Las comunidades judías colaboraron con ambos bandos durante la Reconquista, por lo que recibieron favores de San Fernando, quien en 1224, al conquistar Sevilla, les hizo entrega de cuatro mezquitas para que las convirtieran en sinagogas, poniendo como condición que no insultaran la fe cristiana ni propagaran su culto entre la población. Condiciones que obviamente fueron desoídas pues tal y como admite con orgullo el especialista de origen judío Cecil Roth en su Historia de los Marranos: «la gran masa de los conversos trabajaba insidiosamente para su propia causa en las diferentes ramas del cuerpo político y eclesiástico, condenaban muy a menudo abiertamente la doctrina de la Iglesia y contaminaba con su influencia a toda la masa de los creyentes».

Los conversos se enriquecieron extraordinariamente, según testimonio del historiador judeoconverso del siglo XV Alonso de Palencia «los nuevos cristianos eran muy ricos y se les veía continuamente comprar cargos públicos, de los que se valían con soberbia». Se organizaban en clanes y dentro de Córdoba un clan llegó a tener más de trescientos hombres armados, lo que constituía una fuerza superior a la que pudiera reunir cualquier noble de Castilla y una amenaza importante para la supremacía de los Reyes Católicos.

Motivo religioso

Un racionero de Toledo, Juan del Río, enseñaba judaísmo en las iglesias, un tal fray Juan de Madrid lo hacía en el propio confesionario, amparándose de la discreción del mismo. También en Toledo, el prior jerónimo García Zapata celebra la fiesta judía de los Tabernáculos y «durante la misa en el momento de elevación, en lugar de las palabras de la consagración pronunciaba en voz baja observaciones blasfemas e irreverentes», nos cuenta . El obispo de Segovia dio sepultura a sus padres según el rito judío, el obispo de Calahorra no creía en la Santísima Trinidad ni en la Pasión de Cristo y ganándose la confianza de los Reyes Católicos ostentó el puesto de presidente del Consejo Real, su carrera política terminó en prisión, habiendo sido condenado por el propio Pontífice. En definitiva, judíos y conversos tenían un poder tal que las leyes contra los blasfemos no podían hacerse efectivas contra ellos.

Muchos de los encargados de difundir el cristianismo, fuera por confusión o mala fe, propagaban enseñanzas adulteradas. La unidad religiosa de los reinos, base del proyecto de las Españas, se veía seriamente amenazada.
Ante la imposibilidad de abordar un estudio histórico más exhaustivo y exacto, espero que estas pinceladas casi anecdóticas puedan contribuir a la comprensión del panorama al que se enfrentaban los Reyes Católicos. La cuestión de los judíos era un problema insoslayable que exigía la adopción de medidas rápidas que evitaran desastres mayores.

Entre 1477 y 1478 los Reyes solicitaron permiso al Papa Sixto IV para instaurar una Inquisición que reprimiera a los conversos judaizantes. Sin embargo, la bula Exigit sincerae devotionis de Noviembre de 1478 no se puso inmediatamente en marcha. La Reina Isabel inició una campaña de cristianización que finalizó en 1480. Se imprimió para la ocasión un catecismo dirigido especialmente a los conversos elaborado por el cardenal Mendoza, extraordinario personaje, también olvidado, hijo del famoso poeta, Íñigo López de Mendoza, Marqués de Santillana, llegó a pagar con su fortuna personal a los soldados durante la guerra de Granada. Encargado por la reina de buscarle confesor, le recomendó, primero a fray Hernando de Talavera, que lo fue hasta su nombramiento como arzobispo de Granada y, después, a Cisneros quien ya había trabajado con él en su diócesis de Sigüenza, antes de su retiro y profesión en la Orden de Frailes Menores. Mendoza, el Tercer Rey de España, fue uno de los más decididos apoyos de los Reyes Católicos entre los grandes nobles de Castilla.

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