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Funeral de Alberto Ruiz de Galarreta: oración funebre por el P. García Gallardo

San Mateo, en el capitulo XXV de su Evangelio, dejó unidas dos parábolas que nos hablan de como alcanzar el reino de los cielos: las vírgenes prudentes y los administradores de talentos.

Aquellos que bien los trabajaron oyeron del Señor estas palabras: «Está bien, servidor bueno y fiel, ya que fuiste fiel en lo poco, te encargaré de mucho más, entra en el gozo de tu señor».

Don Alberto tenía el corazón vigilante de las vírgenes prudentes, siempre su lámpara encendida; y aunque se le hacían largas las horas y el alba se tardaba, no se dormía. Vigía en la noche, guardián en el Getsemaní de Nuestra España, en esa hora larga que duró casi un siglo, su corazón velaba. Desde su juventud estaba esperando cada día al Esposo de su alma. A sus amigos una y otra vez les repetía: “No tarda en llegar, ya está a las puertas” y tan acostumbrados estábamos que ya le oíamos como si se tratara de un cuento más de Pedro y el lobo…que nunca llegaría, pero llego; y él si estaba preparado; nosotros, no.

Nos mostró con su ejemplo que en esta vida lo más importante es aprender a morir, abrazar la cruz de cada día, para morir en ella, y así, muriendo con Cristo, podamos resucitar con El. Amaba tanto la Cruz que el nombre de guerra que eligió fue Manuel de Santa Cruz: la Cruz que sombrea la tierra que le vio nacer es la Cruz que abriga sus restos en ese pedazo de España que es San Sebastián. En esta bendita tierra  espera la resurrección de la carne, pues le recibió en su seno en un día de fiesta, 14 de septiembre, en que los católicos celebramos y exaltamos el  Sagrado Símbolo de nuestra fe: la Santa Cruz.

Esa Santa Cruz que velaba su cuna, a la sazón sufría el embate revolucionario de infernales huracanes; hoy vuelven a soplar ráfagas de odios antiguos, sobre su tumba y la de los demás. Cruces de la Cristiandad, de los campanarios y las montañas, de los hogares y los altares, símbolos de la Unidad Católica que Don Alberto tanto amó. Hoy en este altar, el Sacrificio Perpetuo de la Cruz se vuelve a realizar y el Hijo de Dios, hoy, dará su vida, morirá Dios una vez más, dándola por el alma de Don Manuel de Santa Cruz, para que tenga vida en abundancia y su vida sea eterna. Con toda justicia mereció recibir de S.A.R. Don Sixto Enrique de Borbón  la Cruz de la Legitimidad Proscrita, de la Cristiandad perseguida, de la Tradición excomulgada. Esa Cruz en la que hoy como ayer, en tiempos de Constantino, está la victoria, porque en Ella venció el Redentor, desde Ella reinó Dios.

Administró sus talentos como siervo fiel que fue toda su vida, aprovechando fecundamente sus horas sin dejarse robar el tiempo por la moda y sus vanidades, por la frivolidad y sus veleidades, los frikis y sus cursiladas.

Siervo fue de su Dios y Señor. Como el Maestro empleo su vida en servir y no en ser servido, por eso los nobles rasgos de su alma se agigantan como Gulliver en una isla de enanos que de todo se sirven y para nada sirven, sino a su voraz egoísmo.

Servir a su prójimo en obras de misericordia corporales desde la medicina. Al servicio de la salud intelectual desde sus lecciones de historia; obras de misericordia que operando en nosotros, a Nuestro Señor se las hacia, por eso muchos de nuestros males encontraron remedio en su sabiduría. Se disipaban las dudas y se fortalecían las certezas, su fervor disipaba el desánimo y revigorizaba a unos y a otros, física y espiritualmente.

Siervo fiel y leal a la Santa Causa. Leal al legado de su estirpe nos alcanzó a trasmitir  la encendida antorcha de los ideales,  inflamada por un generoso y comunicativo entusiasmo que mantuvo al abrigo de la tibieza egoísta y mezquina del espíritu burgués. Su lealtad a la Santa Tradición se perfila y se agiganta en contraste con tantos que a la Tradición se acercan con ósculos judaicos.

Su lealtad ejemplar es la herencia que queremos recoger, como una bandera se levanta cuando en el combate de ésta vida se entregan la enseña y el último suspiro, a los leales que en tal gesta le acompañan. Lealtad sin postureos, ni frívolos cacareos cibernéticos.  Esa lealtad que es heroico testimonio de martirios cotidianos, generosa abnegación en el anonimato de los gestos íntimos y recónditos;  multitud de semillas de mostaza, sembradas con generosidad,  fecundas de esperanza. Guardiana de mil confidencias, de astutas conspiraciones, intuitivas consideraciones que iban más allá de las apariencias. Lealtad de amigo, lealtad de sentimientos de hombre íntegro, noble correligionario,  del corazón humilde que generosamente inmola su ego, en íntimo holocausto, por amor a la Causa.

Lealtad hacia sus jefes de la Comunión Tradicionalista. Cada una de sus llamadas telefónicas era el ladrido del mastín que guarda el rebaño, advirtiéndonos de unos lobos con piel de oveja o sin ella,  agazapados en la burocracia o campeando en lontananzas mediáticas. Su olfato católico sabía a qué huelen las sectas; su olfato español, a qué huelen las doctrinas que del extranjero nos llegan.

Lealtad de jefe cuando tuvo que mandar, lealtad de soldado cuando tuvo que obedecer. Entrañable lealtad de amigo cuando tuvo que acompañar, segura lealtad de Padre que a muchos nos deja hoy en irreparable orfandad. Lealtad, siempre; lealtad en todo.

Con la lealtad de quienes en la virtud fundamentan su nobleza, sin buenismos liberales, despreció el plato de lentejas y las treinta monedas de plata que el mundo le ofrecía si le adoraba y rendía pleitesía. Bien claro tuvo que el Liberalismo es pecado y ante Pilatos y su cohorte contemporánea confesó a tiempo y a destiempo, sin cansarse, con mucha paciencia y doctrina, que Nuestro Señor Jesucristo  es Rey.

Su pluma cirujana y su filosofía supieron dar un diagnostico lúcido y cierto de las numerosas enfermedades que aquejan a nuestra sociedad y su caridad militante no sufría escándalo cuando ponía bálsamos en las llagas del alma de tanto catolicismo encarnado. Sabia cuáles eran los remedios y cada uno de sus artículos era una magistral receta que prescribía los remedios que solo podemos encontrar en la pletórica botica que guarda la milenaria doctrina de la Santa Tradición.

De los años más difíciles del Carlismo dejó por testigos más de treinta tomos de historia, que son la prueba de que, en este prolongado invierno, la savia vivificante de la tradición se refugió en la profundidad de las raíces esperando un tiempo mejor. Hoy, con perspectivas de eternidad, contemplará asombrado aquello que Dios tiene preparado para aquellos que en Él esperan, esa historia que a los largo de los años hicieron los que por Dios, la Patria y el Rey combatieron. Espero que no se le ocurra hacer aquello de Santo Tomas de Aquino, cuando ante el portento ingente de un Dios presente, tuvo la intención de quemar su magna obra considerando que era paja.  Esa historia que nos dejó su pluma es un tesoro, un negativo que nos prologa la revelación definitiva del juicio universal, final de todas las historias.

La herencia que nos ha legado a los Carlistas es valiosísima y, como es espiritual, cuanto más la compartimos, más nos enriquecemos, lo contrario de lo que sucede cuando la herencia material. Por eso quien se considere heredero legítimo de su espíritu tiene en sus obras el valioso tesoro que a sus leales amigos ha legado para que, a su ejemplo, custodiemos, defendamos y comuniquemos, los sagrados ideales y así podamos seguir haciendo historia.

El 12 de septiembre, fiesta del Dulce nombre de María, “dies natalis” diría el martirologio, nació para la eternidad Don Alberto. Y esta Reina y Madre que desde la Cruz le otorgó al Apóstol Célibe y en cuya casa se quedó, le reciba a Don Alberto en la suya, en esas moradas que desde toda la eternidad estaban ya preparadas por Nuestro Señor.  Ante Nuestra Señora del Pilar interceda para que cosechemos con gozo aquello que con Santiago sembramos con lágrimas amargas en las yermas tierras de nuestra Patria.

Nuestro Señor, que es fiel, reconocerá ante el Padre, a aquel que en tiempos de revolución y apostasía jamás le negó ante los hombres, valiente soldado de Dios y requeté de España,  militante secular de la Unidad Católica, y le hará entrar como siervo fiel y leal en el reino de Dios.

Unamos nuestras voces de católicos militantes a la Iglesia Triunfante, al coro de Ángeles y a tantos mártires que están el la Gloria y algunos también en los altares,  y sea nuestra jaculatoria un himno: ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva España!

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