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Homenaje al Cura Merino. Lerma, 22 de junio t.co/5AEbiVGdPH

Lerma, sábado 22 de junio de 2019. Homenaje de la Comunión de Familias Carlistas al Cura Mariscal Jerónimo Merino.… t.co/ziG8ctlXeV

Epifanía del Señor, día de la Monarquía Tradicional

Adoración de los Reyes Magos, VelázquezLa monarquía debe identificarse con ese proceso tradicional que constituye la vida de la patria o, más bien, constituir en el aspecto político, su sustancia misma. La monarquía ha de representar el arraigo y la continuidad frente a la improvisación y la inestabilidad. Su posición debe ser antitética de lo que se han llamado «regímenes de opinión» y, en un sentido más amplio, ideocracia. La ideocracia, que gobierna hoy la política mundial, es según Vogelsang «el dominio de un punto de vista abstracto y único que ―por oposición con el estado de las cosas natural e histórico― es extendido, por un partido triunfante, a toda la vida de la nación».

Al separar el régimen político de la vida misma de los pueblos y hacer de él una estructura uniforme y aislada ―de una sola pieza― se perdieron la tradición y los hábitos estables de gobierno, y se sustituyó el instinto de adaptación y de evolución histórica por puntos de vista meramente individuales, «ideas» descarnadas de la realidad y en su mayor parte utópicas: el simplismo y la inflexibilidad de los actuales regímenes fue su consecuencia lógica. «Nuestra monarquía ―dice Mella― como toda nuestra constitución histórica, no se formó por decretos ni pragmáticas de reyes, sino surgiendo de las entrañas de la sociedad misma. Como todas las antiguas instituciones, no tiene fecha fija en su aparición; cuando oficialmente se la conoce, llevaba siglos de existencia, estaba soterrada en las entrañas de un pueblo. Podrá averiguarse la fecha de las primeras cortes catalanas o de Castilla, pero los elementos sociales que las integraban venían de lejos; podrá señalarse la época de aparición de los gremios o municipios, pero unos y otros tienen gérmenes mucho más antiguos».

Las antiguas monarquías, aunque brotadas así de la historia misma, eran tradiciones políticas vivas que poseían el poder de incorporar pacíficamente cuanto de útil y necesario traían los tiempos, asimilándolos a su propia sustancia, sin perjuicio de su unidad y continuidad. Porque aquellos regímenes estaban asentados en la naturaleza misma de las cosas podían federar pueblos diversos en una misma monarquía sin ofender su autonomía y personalidad, podían asimilar a su ambiente modos y estilos que habían nacido en otros países; podían incluso incorporar hábitos y sistemas ajenos de gobierno sin variar su propia estructura tradicional. […] Es muy frecuente entre nosotros oír reivindicar como tradicional la época de los Austrias ―el espíritu de El Escorial― y negar esta cualidad al siglo XVIII borbónico ―espíritu rococó y afrancesado, época de La Granja y Aranjuez―. Sin embargo, a poco que se reflexione, podrá comprenderse que, porque la monarquía era todavía tradicional, fue rococó y afrancesada, es decir, asimiló e incorporó a su vida aquellos hábitos, modas y estilos que eran los actuales en su época, lo único que llevaba el sello de lo vivo y real. Nada hubiera sido tan antitradicional, ni tan acusado síntoma de decadencia, como un encerrarse en la repetición y copia del ambiente y del arte de los siglos anteriores: que tradición y espíritu «conservador» son términos contradictorios; de aquí que el tradicionalismo no pueda nunca vivirse bajo la especie de movimiento conservador, sino sólo como impulso restaurador en la vida y creador. Cosa diferente ―y no atribuible a la monarquía ni a los Borbones― es la penetración de las nuevas ideas irreligiosas y revolucionarias, contra las que se podía luchar ―y se luchó― como contra las protestantes dos siglos antes, sin caer con ello en conservadurismo de museo, antes bien, respondiendo al más puro y profundo impulso tradicional.

Rafael Gambra Ciudad
La monarquía social y representativa
en el pensamiento tradicional

1954

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