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«El voto útil». Artículo de Juan Manuel de Prada

Me causan gran perplejidad los debates que se han suscitado en torno al llamado «voto útil». Antaño estos debates estaban ligados a una cuestión moral peliaguda, la del mal menor, que puede hacer aconsejable -mediando causa proporcionada- renunciar a lo que en conciencia consideramos bueno, optando por lo que solamente es menos malo, para impedir un mal mayor. Pero en la coyuntura presente, a los ojos de cualquier conciencia rectamente formada, no existe tal «causa proporcionada».

Cuando Pablo Casado y el doctor Sánchez hacen llamamientos al voto útil para «frenar» al adversario me provocan gran hilaridad. Pues, como nos enseña Chesterton, la labor de los progresistas es cometer errores; mientras que la labor de los conservadores es evitar que los errores sean arreglados. Y todos sabemos que los conservadores, al evitar que los errores de los progresistas sean arreglados, contribuyen más que nadie a consolidarlos, haciendo infinitamente más difícil su reversión. Pero lo más llamativo de la actual campaña en favor del «voto útil» es que sus promotores no invocan cuestiones morales asociadas al «mal menor», sino que se limitan a enarbolar cálculos y proyecciones estadísticas. Ya nadie aspira a convencer al votante de que hay una causa proporcionada que permite forzar la conciencia, sino que se apela al más crudo sectarismo del Número. Así se da la razón a Léon Bloy, que pensaba que el sufragio universal es «la inmolación frenética, sistemática y mil veces insensata de la conciencia en aras de la Cantidad». Pues, en efecto, se nos demanda que amordacemos nuestra conciencia, para preocuparnos simplemente por superar numéricamente al adversario (un adversario, por lo demás, de mentirijillas, que se dedica a cometer los errores que luego los nuestros consolidan, o bien a consolidar los errores que los nuestros cometen). Así, como también afirmaba Bloy, «las elecciones constituyen, cada vez más, el testimonio de una aceleración inaudita, fatal, verdaderamente simbólica y profética hacia la pequeñez de espíritu, la bajeza de corazón y la idiotez».

Pero lo que hace más grotescos los llamamientos al voto útil es que, en realidad, el voto es casi siempre inútil. Advertía Castellani que «el juego de los partidos se volvió tan juego entre nosotros, que se empezó a jugar sucio y advino el fraude». Normalmente este fraude se suele presentar de forma simulada, para que no parezca tal cosa, sino expresión de la llamada con delicioso sarcasmo «voluntad popular»; pero últimamente se nos ofrece de forma más descarada, tal vez porque los amos del cotarro han comprobado que la acelerada carrera de las masas hacia la pequeñez de espíritu, la bajeza de corazón y la idiotez está alcanzando la meta. Pensemos, por ejemplo, en lo que hicieron en Grecia con el resultado del referéndum que rechazaba las reformas decretadas por la Unión Europea, o lo que están haciendo con el plebiscito colombiano sobre los acuerdos de paz con la guerrilla, o lo que se disponen a hacer con el denominado Brexit. El único voto útil sería, pues, el contrario a los designios de los amos del cotarro; pero lo cierto es que los amos del cotarro siempre se las arreglan para llevar a todos los candidatos al redil de sus designios (y, si hay alguno que se resiste, hunden la economía del país para forzar su marcha y santas pascuas).

Tan feroz como de costumbre, Bloy afirmaba que la gente ingenua «espera la Salvación mediante el sufragio universal porque, habiendo perdido la fe, cree que un mal árbol puede dar frutos buenos». Según esta expeditiva tesis, el único voto útil y auténticamente moral sería la abstención.

ABC 25/03/2019

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