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Se celebraron las exequias del Excmo. Sr. D. Alberto Ruiz de Galarreta Mocoroa t.co/qH6g26NcFP

15 de septiembre, los Siete Dolores de la Santísima Virgen María, Generalísima de los Reales Ejércitos de S.M.C. Do… t.co/hCe7GVYY65

14 de septiembre, Exaltación de la Santa Cruz.

Alberto Ruiz de Galarreta y la unidad católica de España, por Carmelo López-Arias t.co/cYsZHxT42z

«El Rey de España» de Antonio Aparisi y Guijarro

ANTONIO APARISI Y GUIJARRO. 

El desconocido, que es Aparisi y Guijarro, aunque casi todos lo conozcamos de oídas, fue un hombre leal y sincero, a quien la fidelidad para con sus creencias religiosas y políticas le llevó, poco a poco, casi sin que se diera cuenta, al carlismo. Abogado en Valencia, donde había nacido el 29 de marzo de 1815, marchó a Madrid a los cuarenta y tres años representando, como diputado a Cortes, el distrito de Serranos, y poco después tuvo que trasladar definitivamente su residencia a la capital del reino. Nunca dejó de considerarse, sin embargo, un valenciano que vivía en Madrid de forma accidental y extraordinaria; por eso era constante su recuerdo y su defensa de los intereses de aquella región. 

Fue en la crisis de la conciencia nacional que se produjo en España en los años anteriores a la  revolución de 1868 cuando Aparisi descubrió en el «arca santa» del carlismo el único refugio de salvación frente al diluvio que se avecinaba, y que había profetizado el genio histórico y político de Donoso. Según esto «no vino a la Tradición por vías del nacimiento, sino tras un lento y penoso caminar de anhelante peregrino afanoso de verdad. Llega al carlismo en el sexto decenio de su vida, cuando ya las canas arrebolan su frente y cuando en la naturaleza el reposo excede a los desenfrenos del impulso. El carlismo no es para él la intuición brillante de los verdes años juveniles, sino la madura conclusión deducida de una meditación sosegada» (Francico Elías de Tejada, Prólogo a la Antología de Antonio Aparisi y Guijarro, colección Covadonga, Editorial Tradicionalista, Madrid 1951, p. 7). En París conoció a Carlos VII, y en él creyó encontrar el  monarca que España necesitaba para poner en orden la sociedad y el Estado. Nombrado Consejero Real, sostuvo conversaciones con los representantes de la destronada Isabel para unir las dos ramas, y a su pluma se deben algunos documentos firmados por el Rey, como la carta- manifiesto dirigida al infante don Alfonso Carlos. De Aparisi dice Pirala que «escribió con acierto y aconsejó con oportunidad». Su relación con don Carlos y doña Margarita fueron más que cordiales, familiares, lo que no impidió que, atendiendo al respeto y debido servicio a la verdad con que el carlismo habla siempre a su Señor, le recordara en la última carta que le escribió, a qué le obligaban los derechos que reivindicaba: «hoy no se trata simplemente de tener una corona: que eso debe valer poco para V. M.; no se trata solamente de la suerte de nuestros hijos, por ejemplo, aunque eso debe valer algo más para nosotros; se trata de que España sea o no sea», y aun le añadía: «el rey no lo puede todo; el rey nada grave debe hacer sin gran consejo… Ponga el rey su gloria donde debe ponerla, en ser el primer caballero, el hombre más honrado, el más recto y el que debe buscar para aconsejarse de ellos, a los hombres más rectos, más honrados y más caballeros. Ponga su gloria en ser más sabio que todos, porque, aun dando de gracia que se hubiese criado en el pueblo que había de regir y llegado a edad madura estudiando hombres y cosas, aun habría, no algunos, sino quizá muchos, que supiesen más que él». 

Gran orador parlamentario y forense, uno de sus mayores admiradores lo tuvo en el propio Castelar, lejano pariente de su madre. Fue llamado en el mismo año 1866, con la sola diferencia de un mes, al seno de las Reales Academias de la Lengua y de Ciencias Morales y Políticas, pero no pudo, igual que le ocurrió a Balmes, leer sus discursos de ingreso, ya que antes lo arrebató del mundo la muerte, de una forma ciertamente trágica. Murió ―el 5 de noviembre de 1872― en el interior de un coche cuando, en compañía de su buen e inseparable amigo Gabino Tejado, se dirigía al Teatro Real para asistir a una representación de ópera, ya que su gran pasión era la música. Aparisi, que tanto había trabajado por una reconciliación nacional, por la unión de todos los españoles bajo las ideas de Dios, Patria y Monarquía, tuvo tiempo de decir antes de expirar: «el odio nos ha vuelto locos». Cuando murió, la revolución, favorecida por la división de los católicos, había hecho su obra.

El cuerpo del pensador tradicionalista tuvo que reposar lejos del hogar familiar, en un hospital público, que oficialmente dependía de la Monarquía progresista ―extraña forma de Monarquía― de don Amadeo de Saboya. 

Antonio Aparisi Guijarro, En defensa de la Libertad, S. Galindo Herrero (ed.), Rialp, Madrid 1957,  Int. pp. 19-22

Para acceder al libro, pulse en el siguiente enlace:

https://carlismo.es/librosElectronicos/AparisiReyEspana.pdf

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