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«Dos Cuentecillos Venenosos»: Reflexiones de José Ulíbarri

https://c1.staticflickr.com/5/4528/38396523402_ddf115a0a3_b.jpgSi analizando la situación político religiosa pidiéramos a los jerarcas que están entregando jirones de nuestro patrimonio espiritual, explicaciones de que por qué lo hacen, es posible que entre cataratas de excusas mentirosas, alguno nos dijera que no se atreven a ser más fieles y rigurosos, porque creen que la gente no les seguiría en un buen combate. En algunos casos, esto parece verosímil.

¿Por qué muchos católicos corrientes no secundarían mayores esfuerzos de sus dirigentes? Porque no se fían de ellos, porque conocen no pocos casos en que esos dirigentes han hecho paces separadas que les dejan a ellos colgados y contemplando que sus sacrificios han sido estériles. Se forma así un círculo vicioso que hay que romper.

Pero ahora voy a ocuparme de otras causas de la mediocridad del laicado que es que se le predican mayormente bobadas y no se les exhorta a los grandes sacrificios de los grandes asuntos. Se dejan sin réplica propagandas derrotistas, venenosas y sutiles, como estas dos que siguen:

ACEPTAR EL MAL MENOR

Cuando ante una dificultad iniciamos un supuesto remedio esperanzador que no solo empieza a fracasar, sino que además parece que va a resultar contraproducente, entonces viene el susurro de Satanás invitándonos a desertar de nuestra defensa. A aceptar el mal menor. “Más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer”. “¡Virgencita, virgencita, que me quede como estoy”. Este veneno que invita a la inacción, al conformismo, nace de un cuento de la obra “Cuentos” de Juan de Arguijo, 1617, que se puede encontrar en internet.

Es la historia de un caballero sevillano, don Diego Tello, que en un accidente pierde un ojo y va a la Virgen de la Consolación a pedirle que se lo cure. Pero en este segundo acto sufre otro accidente por el cual está a punto de perder el otro ojo, el bueno. Y a la vista de este segundo peligro exclama: “¡Virgencita, virgencita, que me quede como estoy!”. Es el miedo a un mal mayor. Es carencia de magnanimidad, de valor y de virilidad.

No, no y no. En las luchas religiosas, si un medio no funciona, no hay que perder la esperanza, desanimarse y conformarse con la mala situación de partida, sino cambiar de estrategia y seguir de otra manera. ¡Agere contra!, exclamaba San Ignacio. Desenmascaremos el sutil veneno derrotista de ese susurro de Satanás de conformarnos con el mal menor. La estabilidad es buena cuando lo que se estabiliza es bueno, pero cuando se estabiliza el mal, es mala. La victoria viene de la perseverancia, del seguimiento, no de “tirar la toalla”.

“YO SOY YO Y MI CIRCUNSTANCIA”

https://i0.wp.com/autismodiario.org/wp-content/uploads/2017/07/Jose_Ortega_y_Gasset.jpg?resize=750%2C400&ssl=1El otro veneno que voy a señalar, ve su maldad intrínseca potenciada por la pretensión de vanidad intelectual que le dio su autor, el escritor don José Ortega y Gasset. Decía, e hizo circular con pertinacia por las filas de sus seguidores, que “yo soy yo y mi circunstancia”.- “Yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo a ella no me salvo yo”. (Meditaciones del Quijote, 1914).

Inmediatamente, y hasta nuestros días, han atrapado al vuelo esas frases en beneficio propio y con tono exculpatorio, todos los que han querido justificar, o al menos exculpar, una mala conducta. Ellos no tienen la culpa, sino unas circunstancias (falsamente) deterministas que les han “tocado” vivir. Dicen que en otras circunstancias mejores hubieran actuado mejor.

Presentan el yo y las circunstancias como inseparables, formando una unión fatal. Han sido arrastrados por las circunstancias. No han querido oponerse a ellas y vencerlas. La invocación de las circunstancias es el culto a la irresponsabilidad.

Pues no, no y no. Ese determinismo victimista ni es cierto, ni sería cristiano. Precisamente la interpretación cristiana de la vida es la contraria: yo soy yo sujetando mis circunstancias y arrastrándolas al servicio de mi yo, de mi vocación natural y sobrenatural, servicio que es precisamente lo que a veces no quieren dar sino impedir. Los santos, los sabios y los héroes, los mejores de la humanidad, lo han sido porque les han dado la vuelta a unas circunstancias adversas y difíciles, se han sobrepuesto a ellas y las han hecho funcionar de una manera opuesta a la que anunciaban inicialmente. Los cristianos se autodefinen diciendo: yo he sido yo a pesar y en contra de mis circunstancias. ¿¡Qué hubiera pasado en el Alcázar de Toledo si al coronel Moscardó se le hubiera ocurrido decir que “yo soy yo y mis circunstancias”?!

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José ULÍBARRI
Siempre p’alante 16 enero 2019. nº 820

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