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Fallece en Valencia Alberto Ruiz de Galarreta Mocoroa, Gran Cruz de la Orden de la Legitimidad Proscrita t.co/CAmV1FItv0

Se celebraron las exequias del Excmo. Sr. D. Alberto Ruiz de Galarreta Mocoroa t.co/qH6g26NcFP

Discurso de José Miguel Gambra en la Festividad de los Mártires de la Tradición.

Antes de las palabras, siempre tonificantes, de nuestro querido amigo Maurizio Di Giovine, representante de la Comunión en el Reino de Nápoles, hemos escuchado los magníficos discursos de Fernando Andina y Alfredo Allué. Ambos, junto a Diego Baño, han sido designados recientemente para unos puestos de importancia dentro de la estructura cada vez mejor organizada de la Comunión Tradicionalista. Con Allué a la cabeza constituyen un nuevo organismo de apoyo, muy cercano a la Secretaría Política de la Comunión, cuya finalidad se centra en la administración de la Candidatura Tradicionalista, partido político inscrito según la legalidad vigente con el fin de presentar batalla dentro de esa legalidad precisamente para que deje de estar vigente.

Nuestro querido consiliario, El Padre García Gallardo, ha dado una fundamentación profundísima al martirio en sentido analógico, que es el que padecen quienes trabajan a favor de la Ley de Dios y de su Iglesia, como siempre el carlismo ha hecho en el terreno social y político. Don Carlos VII también asimilaba al martirio los sufrimientos padecidos entre las guerras por los exilados, que hubieron de sufrir toda clase de penalidades para sobrevivir al otro lado de la frontera. Ni que decir tiene que los reyes legítimos se han de poner a la cabeza de estos mártires. Han vivido en el exilio, sin los honores propios de la realeza, han sufrido toda clase de insolencias y privaciones, sin dejar por ello de estar constantemente atentos a los sucesos en España, sin dejar de dirigir a sus leales carlistas y preocuparse por ellos.

En la Comunión y en la Candidatura Tradicionalista no hay, como en los partidos, elecciones primarias; no se consienten ni codazos ni empujones para hacerse con el poder. Además, no tendría sentido porque no tenemos nada de un partido político, sino que somos una partida de sublevados contra la usurpación y el sistema democrático; y, en cuanto se restablezca la legitimidad y orden político cristiano, los dirigentes de la partida volverán a sus casas y pondrán a disposición del Rey sus cargos, sin que sus trabajos precedentes les den derecho a poder alguno. Su premio – ¡y vaya premio! – será ver restablecido el verdadero bien común en nuestra Patria.

Por eso, porque saben que en inmediata retribución de sus trabajos sólo les espera participar un poco de la gloria de los mártires, debemos agradecer calurosamente a Alfredo Allué, a Diego Baño y a Fernando Andina que, sin sombra de vacilación, hayan aceptado sus nuevos cargos. Pero, sobre todo, debemos agradecer a S.A.R. Don Sixto Enrique que este año haya hecho el sacrificio de un penoso viaje para estar aquí con nosotros y ofrendar su homenaje a los Mártires de la Tradición. Rendidas gracias, Alteza.

La Candidatura Tradicionalista, administrada desde ahora por Allué y sus asistentes junto a la Secretaría Política, no es un partido político y debe alejarse lo más posible de las lacras internas de esas perniciosas instituciones propias de la democracia. Para ver la diferencia se puede recurrir a una anécdota que me sucedió hace poco en la universidad. El rectorado convocó las elecciones a rector y, casi al día siguiente, el  rector, que se presentaba para su reelección, emitió un reglamento administrativo que determinaba cómo los profesores pueden sustituir parte de sus clases por trabajos de investigación. Ese reglamento se esperaba que saliera desde hace mucho, pero el rector no lo pasó a la junta de gobierno hasta el momento de la precampaña electoral. Además, parece que es un documento inútil, puesto que al final se indica que toda él depende de la capacidad presupuestaria de la universidad y todos saben que la universidad tiene una deuda de 150 millones de euros. A pesar de eso, todos acogieron esa nueva legislación con alborozo. Yo le pregunté a un profesor que cómo podían dejarse engañar de esa manera y él me contestó que el rector sabe que nos engaña y nosotros sabemos que nos engaña, pero que a fin de cuentas “qué es la vida, un frenesí; qué es la vida, una ilusión”.

Los partidos políticos son como una compañía de ilusionistas que se dedican a dar ilusiones y la gente paga para sentirse ilusionados. Partidos y votantes saben que no hay verdad alguna en los programas electorales. A cambio de la verdad los electores exigen que los partidos les propongan unos programas lo suficientemente atractivos como para ilusionarlos, como para sentir que «les gusta», como en internet. Lo cual no impide que los más inteligentes sepan que nadie tiene la más remota intención de cumplirlos y que, en el régimen de partidos, las decisiones las toma la casta gobernante sin verse ligada por sus promesas.

Carlos VIIEl partido carlista que hoy tiene el nombre de Candidatura Tradicionalista no tiene nada de todo esto. Su papel es el de una avanzadilla al servicio del Rey para destruir todo el sistema constitucionalista y parlamentario y devolver a España su constitución natural, con sus cortes verdaderamente representativas; y no para hacer el juego al sistema como un partido cualquiera. Carlos VII prohibió a los carlistas que habían obtenido escaños en las cortes de Amadeo de Saboya que ejercieran la labor de procuradores en aquellas cortes ilegítimas y les mandó que se pusieran a sus órdenes, pues su papel – decía – no era sino el de una guerrilla avanzada que tiene la honra de estar destinada a abrir fuego. Puso, pues, a la cabeza del parlamento a Cándido Nocedal que, con su táctica obstruccionista, logró paralizar el parlamento.

A los nuevos partidos que recientemente han surgido dentro de este régimen les ha resultado muy difícil, les ha costado buen número de años, encontrar los programas que han acabado por hacer tilín al electorado. Más difícil le va a resultar a la Candidatura convencerle de que la solución no se halla en un partido que palíe algunas de las leyes más perversamente liberales que emanan del parlamento, sino en la destrucción del mismo sistema liberal que tiene por único principio someterse a la voluntad popular. Porque, incluso entre los carlistas, resulta muy difícil desarraigar el liberalismo, raíz de todo el mal que nos aqueja.

Carlos VII, amaba al pueblo carlista, a esa «noble plebe» capaz de todo sacrificio y se quejaba de los jefes, de sus pretensiones y disputas diciendo:

Cuando contemplo la desunión arriba, los disparates de muchos jefes, me desespero y digo: sólo por esos hombres, sí, por esa noble plebe, que es la verdadera España, sólo por ella me sacrifico

Y un poco después concluía:

bastante he trabajado con este objeto; pero siempre tropiezo con dificultades inmensas. Pero … no importa. ¡Adelante! ¡Adelante! Esta es mi divisa: «salvar a España o morir por ella».

Imitemos su ejemplo, secundando el trabajo de la Candidatura Tradicionalista, a pesar de las dificultades inmensas. Sea nuestra su divisa «¡Adelante! ¡Adelante! salvar a España o morir por ella».

¡Viva Cristo Rey!

¡Viva el Rey!

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