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Discurso de José Miguel Gambra en la cena de Cristo Rey

Cena C.Rey.2013.1En el magnífico libro Iglesia y política [1], recientemente presentado en el Círculo Molle Lazo, Mons. Barreiro, Prelado de honor de su Santidad, ha dicho que la base de la doctrina social y política de la Iglesia se encuentra precisamente en el concepto de realeza social de Cristo. A lo cual añade «que, a pesar de que la expresión «doctrina social» de la Iglesia sólo se ha empleado desde la Rerum Novarum (1891), en substancia siempre ha formado parte del patrimonio dogmático de la Iglesia».

Esta afirmación no es ninguna novedad, pero tiene gran importancia para nosotros. Recalca que la doctrina social de la Iglesia, que obliga a los gobiernos como a los individuos a dar culto al único Dios verdadero tal como Él se ha manifestado, forma parte del depósito de la fe. No es una invención transitoria de los Papas decimonónicos como se ha pretendido. Eso —digo— es importante porque lo que mantiene el carlismo es precisamente esa doctrina social aplicada según su historia y costumbres a nuestra Patria

Como el jefe cristero de la preciosa historia que nos ha contado Juan Manuel Rozas, podemos entender que, de momento, nuestro papel es el de rescoldos a la espera de que mejores tiempos nos permitan transmitir el fuego de la tradición católica y recobrar el orden político cristiano en nuestra Patria.

Importantísima función la de ser transmisor. ¿Quiénes tienen mayor mérito a los ojos de Dios: los hombres oscuros que en la época de las invasiones bárbaras y mahometanas conservaron, en riscos y conventos, la sabiduría y las costumbres cristianas, o los grandes teólogos, filósofos, reyes y papas, que la historia reconoce y alaba como constructores de la magnífica Cristiandad? Casi diría que los primeros, porque los otros al menos han visto algo de la recompensa aquí en la tierra, y de los que sólo transmitieron, con grandes penalidades, ni el nombre se recuerda.

¡Qué arduo, sin embargo, el oficio de rescoldo! Porque el rescoldo no es una llamita recién nacida de una cerilla y llena de ingenuas esperanzas, sino que, por definición, ha sido antes fuego, o incendio, que han apagado violentamente con agua, tierra o golpeándolo con ramas. El rescoldo que es hoy el Carlismo recuerda con amargura las glorias pasadas; y los remojones que todavía recibe en cuanto echa alguna llamarada no le permiten olvidar la postración en que vive. Lo hemos visto recientemente en un hombre ejemplar hoy ausente pero que todos tenemos en la mente y no podemos citar, porque —ahí estamos— ya no cabe ni citar ni aplaudir al que de nosotros es perseguido. Pero al rescoldo lo que más le contrista no es el agua que le echan las izquierdas, o la arena que le arrojan las derechas, sino los golpes que los eclesiásticos le dan con las misma ramas que debían haber ardido con él, y ahora se ha convertido en el peor de sus enemigos. Y eso le daña más que nada, porque las defecciones y los ataques de los eclesiásticos laceran y confunden su alma con escrúpulos y zozobras interiores.

Las ambiguas doctrinas del Vaticano II, junto a la desagradecida incomprensión, las desautorizaciones y los acosos de los eclesiásticos para con el Carlismo lo han debilitado más que cualquiera de las violencias procedentes del exterior. Durante el pontificado de Benedicto XVI, al menos la cúpula de la Iglesia pareció conceder al tradicionalismo cierta benevolencia, aunque no las autoridades inferiores. Pero el pontificado del Papa Francisco parece que va a producir una renovación del hostigamiento, ante lo cual debemos estar doctrinal y  psicológicamente preparados.

Como es sabido todo empezó cuando el Papa Francisco, el pasado 27 de julio, ante la clase política del Brasil, defendió el laicismo y la aconfesionalidad del Estado. Como eso es precisamente el meollo de lo que la Comunión Tradicionalista tiene por misión conservar, transmitir y, cuando pueda, llevar a la realización, está sobradamente justificada la nota de la Comunión Tradicionalista  donde decía que «la equiparación de la religión católica con las infidelidades y la afirmación sin discernimiento de la laicidad del Estado» son doctrinas contrarias al magisterio de la Iglesia y a los fundamentos de la legitimidad española expresados, entre otros muchos por S.M.C. Don Alfonso Carlos. Si diéramos por buenas las palabras del Papa, sólo nos cabría, en buena lógica, abandonar el Carlismo, que siempre puso su máximo empeño en defender la unidad católica de España.

No paró ahí la cosa. Las entrevistas concedidas por este Papa mediático contienen afirmaciones que descalifican nuestro propósito de transmitir una doctrina permanente, natural y sobrenatural, sobre el orden social cristiano. Así, en la entrevista que concedió al jesuita Spadaro, se atribuyen al Papa frases del siguiente jaez: nuestra fe es una «fe camino, una fe histórica. Dios se ha revelado como historia, no como un compendio de verdades abstractas. (…) el que tienda a la «seguridad» doctrinal de modo exagerado, el que busca obstinadamente recuperar el pasado perdido posee una visión estática e involutiva. Y así la fe se convierte en una ideología entre tantas otras».

Estas palabras evidentemente afectan a la pretensión que tenemos de conservar una doctrina inmutable que forma parte, como dice Barreiro, del patrimonio dogmático de la Iglesia. Es, pues, perfectamente lícito señalar que esas palabras, tal como suenan, se parecen peligrosamente a esta frase condenada por el decreto Lamentabili, de Pío X, según la cual: Cristo no enseñó un cuerpo determinado de doctrina aplicable a todos los tiempos, sino que inició más bien un cierto movimiento religioso, adaptado o para adaptar a los diversos tiempos y lugares. (Denz. 2059). Y lo mismo cuando el Papa dice: «hay que encontrar a Dios en nuestro hoy. Dios se manifiesta en una revelación histórica, en el tiempo», de la cual parece seguirse que «la Revelación que constituye el objeto de la fe católica no quedó completa con los Apóstoles», lo cual también está condenado por el mismo decreto (Denz. 2021).

Ante cualquier observación de este tipo, siempre hay alguno que se opone, alegando que esas frases no son las que ha dicho el Papa, sino los periodistas, o que son producto de una conjura hecha por los cortesanos de Roma; que son frases sacadas fuera de contexto; que tienen un significado oculto y técnico que se escapa al vulgo ignorante como nosotros, etcétera.

A esta pega contestamos destacando que nuestras críticas no declaran heréticas esas palabras, sino sólo que, tal como suenan, tal como se entienden llanamente, parecen contrarias a lo que la Iglesia siempre ha enseñado. No juzgamos, ni podríamos hacerlo, si efectivamente las ha dicho el Sumo Pontífice, si tienen otro sentido que luego pueda el Papa rectificar, ni menos juzgamos a la persona del Papa ni su potestad. Porque todo eso está fuera de nuestro alcance. Limitamos nuestras denuncias a las frases en su sentido palmario y atendiendo al contexto, con el fin de hacer una defensa prudente pero pública de la doctrina de la Iglesia y del Carlismo.San Atanasio

Pero, ni siquiera con semejantes precauciones, admiten algunos que se hable de lo dicho por el Papa, cuyas palabras creen que, en modo alguno, pueden criticarse públicamente. Los hay que llegan a decir que quien tal hace, está fuera de la Iglesia.

A esto respondemos con una doctrina tajante que, según creemos, está en perfecta consonancia con las enseñanzas de la Iglesia: No hay autoridad absoluta alguna en este mundo, ni en la sociedad civil ni en la eclesiástica, a la que se deba un acatamiento completamente ciego. Absoluta es aquella autoridad que se atiene a su propia voluntad y habla y obra con independencia del orden natural y sobrenatural querido por Dios. Aunque nuestros padres son la potestad más natural y más evidente, no tenemos la obligación de respetarlos en cuanto pretendan, por ejemplo, apartarnos de la religión. Santo Tomás dice explícitamente que, al contrario, debemos odiar (odire) a los padres que tal pretendan «en cuanto eso hacen» [2]. Los carlistas anteponen la legitimidad de ejercicio a la de origen, de modo que la lealtad debida al Rey queda condicionada por el reconocimiento de la doctrina natural y revelada sobre la sociedad y también por los límites que el poder real no debe sobrepasar. Y lo mismo sucede con cualquier autoridad eclesiástica, el Papa incluido, lo cual es evidente desde el momento en que el Concilio Vaticano I, con haber declarado la infalibilidad pontificia, no olvida señalar que«no fue prometido a los sucesores de Pedro el Espíritu Santo para que por revelación suya manifestaran una nueva doctrina, sino para que, con su asistencia, santamente custodiaran la revelación transmitida por los Apóstoles, es decir el depósito de la fe» (Concilio Vaticano I, Denz. n. 1836).

Manuel de Santa Cruz cuenta que, en una reunión de altos mandos del Ejército, el Coronel Sanz de Diego, que en la guerra había sido comandante del Tercio del Alcázar, hizo algunas críticas al régimen anterior y fue interpelado en voz alta por el General Medrano, un pelota oficial, que le dijo: «No nos cabe duda de que es usted incondicional del Caudillo ¿verdad, Coronel?», a lo cual, tras un ominoso silencio, Sanz de Diego contestó: «No lo crea, mi general, yo no soy incondicional más que de Nuestro Señor Jesucristo». A ejemplo de ese carlista admirable, que de esa manera se la jugó en unos momentos en que la devoción a Franco estaba en su cúspide, debemos no reconocer más lealtad incondicional que la que a Dios debemos.

No olvidemos que, para llevar las cosas a su colmo, San Pablo dijo a los Gálatas: «aunque nosotros mismos o un ángel del cielo os anunciase otro evangelio que el que os hemos anunciado, sea anatema» (Gálatas, 1,8). Santo Tomás comenta este pasaje diciendo que la doctrina inmediatamente dada por Dios, como lo es la doctrina evangélica, y las que implícitamente contiene (como la doctrina social de la Iglesia) no pueden ser anuladas más que por Dios mismo, y ni los apóstoles, ni los ángeles pueden cambiarla (S. Tomás de Aquino, Super Epistolam B. Pauli ad Galatas, cap. 1, l. 2).

Otra objeción que suele hacerse a cualquier crítica a las palabras del Papa es que no estamos capacitados para determinar lo que es contrario y lo que está en consonancia con la doctrina de la Iglesia.

Debe a esto contestarse que la enseñanza católica siempre ha dado por sentada la capacidad racional del hombre, que conlleva la discriminación entre lo idéntico y lo diverso y la capacidad de raciocinio. Porque si el hombre no tuviera la facultad natural de la razón, tampoco podría distinguir el bien del mal, que son contrarios, no tendría sentido darle orden alguna, ni sería responsable de sus actos. De hecho, la misma sentencia de San Pablo a los Gálatas da por supuesto que somos capaces de distinguir lo que es contrario a lo enseñado por el Evangelio.

Algunos creen que es virtud acrisolada dar pruebas de debilidad mental, en cuanto un eclesiástico abre la boca, y que han de concedérsele sin crítica los argumentos más peregrinos. De Maritain a esta parte nos han hecho creer (incluidos Pablo VI y Juan Pablo II) que la frase de Nuestro Señor «dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios», implica la separación de la Iglesia y el Estado, es decir el laicismo condenado por los papas preconciliares. Este mandato de Nuestro Señor, según los Santos Padres, sólo dice que unos son los deberes para con Dios y otros con los gobernantes, Si algo presupone esa frase, no es sino algo tan elemental como César y Dios no son la misma cosa. Porque, si Dios y el César fueran lo mismo, el mandato diría que hay que dar al César lo del César y al César lo del César (o a Dios lo de Dios y a Dios lo de Dios) lo cual serían frases redundantes y ridículas, indignas de Nuestro Señor. Pero, por mucho que se insista, la frase no dice ni palabra sobre las relaciones que deban darse entre esas dos cosas distintas que son Dios y el César. Ni a favor de su separación, ni de su unión, ni de su subordinación, ni nada de nada. Es más, si esa frase fundara la separación de Iglesia y Estado, la frase de idéntica estructura, «honrarás a tu padre y a tu madre» (el cuarto mandamiento), debería fundar el divorcio.

Orden de la Legitimidad Proscrita sin pasador

Los carlistas de otro tiempo sufrieron muchas calamidades, tuvieron que abandonar sus hogares para ir a la guerra y padecieron penalidades de toda clase, tanto tras la derrota como tras la victoria. Pero podían descansar en la autoridad, porque había poderes en cuyas enseñanzas y decisiones podían confiar. Nuestro tiempo nos ha tratado bien en lo material y, por ahora, no hemos padecido los horrores de la guerra. Pero nos ha dado la cruz de vivir en la confusión y de impedirnos reposar en lealtades personales.

Los carlistas de otro tiempo vencieron su miedo a la muerte y al destierro, lucharon, y se convirtieron en héroes y mártires. Los cobardes y los pusilánimes se quedaron en casa. Los que hoy, dominados por el miedo, se queden a medias, en la esquizofrenia interior entre la fe católica y el modernismo, serán brasas húmedas que se apagarán y dispersará el viento. Tengamos la magnanimidad de mantener la doctrina de siempre con la firmeza de nuestros padres, aun sin la benevolencia de nadie; sólo así seremos rescoldos que, cuando Dios quiera, renovarán el incendio de la tradición carlista.


 

[1] Iglesia y Política. Cambiar de paradigma, B. Dumont, M. Ayuso, D. Castellano eds., Itinerarios, Madrid 2013, pp. 124 y 133

[2] S. T, II-II, q. 101, a. 4, ad 1

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