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Discurso de Francesco Maurizio Di Giovine en la festividad de los Mártires de la Tradición

DSC_0073Pertenezco a una familia que tiene raíces en el sur de la península italiana, una tierra que durante siglos formó el Reino de las Dos Sicilias, también llamado Reino de Nápoles. Reino que durante siglos fundió sus destinos con los de la península española, entrando en una monarquía que federó en su seno pueblos situados en los puntos más extremos de la tierra. No sin motivo se decía que en la misma no se ponía jamás el sol. Y al rey que lo coronaba se le definía como «Hispaniarum et indiarum rex». Definición que encerraba el programa de un gran edificio político en el que Nápoles desempeñó un papel esencial: construir una monarquía católica, federativa y misionera.

Fiel a este proyecto, Nápoles tuvo por enemigos a los enemigos de España: el protestantismo y el mahometanismo. Y combatir a los enemigos de la Cristiandad se convirtió para Nápoles en una misión. Los comandantes de los Tercios napolitanos o los caballeros napolitanos de Malta, empeñados en las guerras de Flandes y contra el Turco fueron caballeros de las Españas. Entre tantos recordamos a Giovan Vincenzo Sanfelice, conde de Bagnoli, que por tierra y mar, en las Indias como en Flandes, domeñó la osadía holandesa. O el gran maestre de Malta frey Gregorio Carafa, de los príncipes de la Roccella, que tantos navíos turcos destruyó y expugnó tantas fortalezas turcas en los Dardanelos. O aun Frey Lelio Brancaccio, marqués de Montesilvano, héroe de Flandes. Y finalmente el caballero de Calatrava don Giovanni Battista Caravita. Eran napolitanos, pero antes que nada caballeros de las Españas.

Y cuando con el cambio de dinastía cayó sobre las Españas el hacha de la Revolución absolutista, que se produjo al cambiar la dinastía de los Augsburgo  por la de los Borbones, también Nápoles y su reino sufrieron idéntica suerte, entrando en una decadencia progresiva. Las raíces de esta gran decadencia estaban en el gran enemigo de Nápoles: el protestantismo. Y no es casual que el gran jesuita plasentino, el padre Serafino Sordi, que vivió a caballo de los siglos dieciocho y diecinueve, estudiando los orígenes de la decadencia política de su tiempo, afirmara que el sentimiento revolucionario es típico e la herejía protestante, donde había que encontrar las bases mismas de la Revolución. Aquélla, recuerda el padre Sordi, se funda en el libre examen de la Escritura. De modo que con el protestantismo no hay otra autoridad que la propia razón, a diferencia de la Iglesia Católica, que en cambio reconoce la autoridad legítima. ¡La autoridad legítima! Hoy el problema es el mismo. También el arco de bóveda de la sociedad política de la Cristiandad radicaba en la legitimidad del poder. Que fue demolido por la modernidad en nombre del pensamiento laicista, otra cara de la Revolución.

De ahí se sigue que, hoy, nuestra tarea será la de actuar para restaurar la sociedad cristiana, reparando el arco de bóveda de la legitimidad política. Por eso, para alcanzar nuestro fin, debemos comenzar de nuevo desde los principios que durante siglos rigieron la sociedad cristiana: la familia y la autoridad política legítima sometida a las leyes de Dios. Nuestra visión del mundo nos lleva hoy a identificar como enemigos de nuestra civilización una vez más a los que durante siglos lo fueron de las Españas y de la monarquía católica: protestantismo y mahometanismo.

Una aparente contradicción lleva a nuestros dos enemigos históricos a aliarse para destruir lo que queda de cristiandad. La contradicción es sólo aparente porque ambos constituyen dos de los rostros de la Revolución. La ideología protestante ha impregnado las verdades de la santa religión católica. Y no es casual que se hable cada vez más de Iglesia protestantizada. Además, la reforma litúrgica que ha sustituido el altar por la mesa para la celebración de la Santa Misa introduce, por cierto, elementos que (siendo benévolos) causan perplejidad.

El islam, por el contrario, avanza por la vieja Europa justo en los lugares donde se desarrolló a la sombra de las catedrales y los castillos. Y donde se establece levanta mezquitas. Hoy el conflicto entre islam y Cristiandad está a la vista de todos. Y se introduce en el debate geopolítico un nuevo término: Eurabia, que significa la islamización de Europa. El proyecto no es el efecto de la emigración sin reglas. Es el diseño de la Europa política y la Liga árabe a través de una red de instituciones y comités que actúan en un contexto que encuentra a la opinión pública poco informada.

Por eso el proyecto de Eurabia no es accidental y, por tanto,no está llamado a no desaparecer. Eurabia es una ideología que reúne muchas tendencias que, traducidas en política, convergen en vastos e influyentes movimientos que emergen al más alto nivel europeo, donde se contextualizan en discursos y acciones. ¡Eurabia es el nuevo rostro de la Revolución!

Hoy, consiguientemente, se hace muy difícil discutir críticamente sobre el Islam. La acusación de choque de civilizaciones es la primera consecuencia. De esta acusación se pasa a la de islamofobia, otro término utilizado por la revolución para reducir al silencio, deslegitimándola, toda crítica sana y obligada.

Frente a tanta pérdida, la angustia puede hacer presa en nosotros cuando nos preguntamos: ¿Dónde está la Iglesia Católica en cuyo seno muchos hemos crecido? Debemos rechazar esta tentación encomendándonos a la Divina Providencia. No nos descorazonemos y luchemos. Pongamos al servicio de la batalla común el corazón, la inteligencia y la voluntad. Con generosidad. Nuestro objetivo es el de reconstruir la Unidad Católica de nuestros países. Y, en el laberinto de la vida moderna, no nos desorientaremos si miramos arriba. Al Faro que nos dice: «Soy el Camino, la Verdad y la Vida».

Imitemos a los Mártires de la Tradición.

Francesco Maurizio Di Giovine
*****

Appartengo ad una famiglia che ha radici nel Sud della penisola italiana,  una terra che per secoli formò il regno delle Due Sicilie, spesso e sbrigativamente chiamata Regno di Napoli. Questo regno per secoli fuse i suoi destini con quello di Spagna entrando in una Monarchia che aveva federato nel suo seno più popoli ubicati nei più estremi punti dell’emisfero terrestre. Non a caso si diceva che su questo regno non tramontava mai il sole. E quando Filippo II salì al trono fu definito “Hispaniarum et Indiarum rex”.

La definizione racchiudeva il programma del grande edificio politico nel quale Napoli ebbe un ruolo essenziale: costruire una monarchia sulla base cattolica, missionaria e federativa.

Fedele a questo progetto, Napoli ebbe per nemici i nemici di Spagna: il protestantesimo e l’Islam.

Combattere i due nemici della Cristianità per Napoli divenne una missione. I comandanti dei Tercios Napoletani o i Cavalieri di Malta napoletani impegnati nelle guerre di Fiandra ed in quelli contro i Turchi furono cavalieri delle Spagne. Fra i tanti ricordiamo Giovan Vincenzo Sanfelice, conte di Bagnoli che per mare e per terra, nelle Indie come in Fiandra, domò la baldanza olandese. Oppure il gran maestro di Malta Fra Gregorio Carafa dei principi della Roccella che distrusse tante navi turche ed espugnò varie forterzze turche nei Dardanelli. O, ancora, Fra Lelio Brancaccio, marchese di Montesilvano, eroe delle Fiandre. Ed infine  Don Giovanni Battista Caravita, cavaliere di Calatrava.

Erano Napoletani ma erano prima di tutto condottieri delle Spagne.

E quando sulle Spagne cadde la mannaia della Rivoluzione assolutista, avvenuta con il cambio della dinastia dagli Asburgo ai Borbone, anche Napoli ed il suo regno subirono la stessa sorte entrando in una decadenza progressiva.

Le radici di questa rivoluzione erano nel Protestantesimo. Il grande nemico di Napoli.

E non è casuale se il padre gesuita piacentino Serafino Sordi, vissuto tra Sette ed Ottocento, studiando le origini della decadenza politica del suo tempo affermò che il sentimento rivoluzionario è tipico della religione protestante dove occorreva ricercare le basi stesse della Rivoluzione. Essa, per il gesuita Sordi, è fondata sulla libera interpretazione del testo sacro. Col protestantesimo non vi è altra autorità che la propria ragione, a differenza del cattolicesimo che, invece, è mediato dalla legittima autorità.

Già. La legittima autorità! Oggi il problema è il medesimo.

Anche l’architrave politico della Società civile della Cristianità era costituito dalla legittimità del potere. Esso fu demolito dalla modernità in nome del pensiero laicista, altro volto della Rivoluzione.

Ne consegue che, oggi, il nostro ruolo sarà quello di operare per restaurare la società cristiana riparando l’architrave della legittimità politica. Per raggiungere lo scopo dovremo partire dalla riconferma dei concetti che per secoli avevano retto la società cristiana: la famiglia e l’autorità politica legittima sottomessa alle leggi di Dio.

Oggi, la nostra visione del mondo, ci porta ad identificare come nemici della nostra civiltà ancora una volta quei nemici che per secoli furono gli avversari delle Spagne e della Monarchia cattolica: l’Islam ed il Protestantesimo.

Una apparente contraddizione porta i nostri due nemici storici ad allearsi per distruggere quel che resta della Cristianità. La contraddizione è solo apparente perché entrambi costituiscono i vari volti della Rivoluzione.

Il protestantesimo sembra aver permeato della sua ideologia la dottrina alla base della nostra santa Religione Cattolica. E non a caso si parla sempre di più di Chiesa protestantizzata.  E, del resto, la riforma liturgica che ha sostituito l’altare con la tavola per la celebrazione della Santa Messa introduce elementi che a voler essere benevoli risultano di grande perplessità.

 L’Islam, per contro, avanza nelle contrade della vecchia Europa proprio nei luoghi che si svilupparono all’ombra delle cattedrali e dei castelli. Ed ovunque si radica innalza moschee. Oggi il conflitto tra islam e cristianità è ormai otto gli occhi di tutti. Oggi viene introdotto nel dibattito politico un nuovo termine geopolitico: Eurabia, che significa l’islamizzazione dell’Europa. Il progetto non è l’effetto dell’immigrazione senza regole. E’ il disegno portato avanti dall’Europa politica e dalla Lega araba attraverso una rete di istituzioni e di comitati che agiscono in un contesto che trova l’opinione pubblica poco informata.

Perciò il progetto di Eurabia non è accidentale e quindi non è destinato a scomparire. L’Eurabia è una ideologia che riunisce molte tendenze le quali, tradotte in politica, convergono in vasti ed influenti movimenti che emergono ai più alti livelli europei dove vengono contestualizzati in discorsi ed azioni. L’Eurabia è il nuovo volto della Rivoluzione!

Oggi, come conseguenza, è diventato molto difficile discutere criticamente di Islam. L’accusa di scontro di civiltà è la prima conseguenza. Da questa accusa si passa a quella di islamofobia, un altro termine utilizzato dalla Rivoluzione come bastone per ridurre al silenzio, con la delegittimizzazione, ogni sana e doverosa critica.

Di fronte a tanto smarrimento certamente possiamo essere presi dall’angoscia quando ci poniamo la domanda: dove è più quella Chiesa cattolica nella quale molti di noi sono cresciuti? Dobbiamo scacciare questa tentazione affidandoci alla Divina Provvidenza. Non scoraggiamoci e combattiamo. Mettiamo al servizio della comune battaglia la volontà, il cuore e l’intelligenza. Tutto con generosità. Il nostro obiettivo è quello di ricostruire l’Unità Cattolica dei nostri Paesi. E nel labirinto della vita moderna non ci potremo smarrire se guarderemo verso l’alto. Verso quel Faro che dice: Io sono la via, la verità e la vita!

Imitiamo i Martiri della Tradizione.

Francesco Maurizio Di Giovine

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