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Navarra se queda sin la gran margarita Sylvia Baleztena Abarrategui. R.I.P. t.co/KF900fmJxy

Discurso de Maurizio Di Giovine en la cena de Cristo Rey

 

Alteza Real, muy queridos correligionarios, señoras y señores:

Provengo de Apulia, una región del antiguo reino de Nápoles que, por su paisaje y su economía, se parece a Extremadura. Con una diferencia sustancial: Apulia se asoma al mar con 800 km de costa, situada, en parte, en el mar Adriático y, en parte, en el Jónico. Es decir, hacia el oriente. Esta colocación geográfica hace de Apulia la potencial puerta de entrada hacia la Cristiandad de las hordas musulmanas. Durante muchos siglos las dos regiones citadas, Apulia y Extremadura, distantes entre sí por más de mil kilómetros, han tenido un destino común con la monarquía federativa de las Españas y un rey común para el reino de España y para el reino de Nápoles. No es de extrañar, pues, que el soberano tuviera el apelativo de Hispaniarum Rex.

A finales del siglo XV, el reino de Nápoles demostró con los hechos que era un lugar estratégico para toda la cristiandad. Los turcos trataron de asaltar sus costas para penetrar en el reino y llegar hasta Roma, sede del Vicario de Cristo, con el designio de alzar sobre la cúpula de San Pedro la media luna mahometana. Los soberanos aragoneses comprendieron la necesidad de defender la costa del Reino y construyeron una ininterrumpida serie de torres de vigilancia para mantener bajo control los mares que daban hacia oriente. La iniciativa no fue suficiente, porque los turcos desembarcaron igualmente en nuestras costas. Pero encontraron una inesperada y fiera resistencia que, cuando fue vencida, fracasó en el intento de hacernos abjurar de nuestra santa religión. Los testimonios históricos de lo que sucedió en Otranto en 1480 reafirma nuestra tesis. El 28 de julio de ese año, una flota turca de unos 150 navíos, que había partido de valona, llegó a las costas de Apulia con un ejército de alrededor de 18.000 hombres, bajo el mando del sultán turco Mohamed II. Ese ejército desembarcó en los alrededores de Otranto y, según la hipótesis de algunos historiadores, tenía la intención de aliarse con los mahometanos que todavía dominaban el reino de Granada.

Otranto fue asediada y resistió durante dos semanas. Finalmente venció la superioridad numérica del enemigo. Los turcos devastaron la ciudad. Entraron en la Catedral, asesinaron al obispo y llevaron por las calles de la ciudad su cabeza como trofeo. Luego el pachá conforme a la voluntad del sultán, transformó la catedral en una cuadra para sus caballos a la espera de hacer eso mismo con San Pedro en Roma, según la voluntad de ese mismo sultán.

A la masacre inicial de Otranto sobrevivieron 800 hombres. Fueron llevados el 14 de agosto a una colina fuera del las murallas de la ciudad y se les pidió que abjurarán de su fe cristiana para salvar la vida. Se negaron y fueron decapitados. Las crónicas narran la historia del primer hombre de los 800 presos que fue decapitado: Antonio Pezulla. Éste, antes de morir, tuvo tiempo de exhortar a sus conciudadanos para que permaneciesen fieles al Credo. Tras ser decapitado, su cuerpo quedó en pie hasta que fueron decapitados los restantes prisioneros, a pesar de las repetidas tentativas que hicieron los turcos para echarlo por tierra. La matanza, aceptada con heroica resignación por los otrantinos, impresionó a uno de los verdugos que, tras tirar la cimitarra, se convirtió al cristianismo abjurando públicamente del mahometismo. Por este motivo fue asesinado por sus propios compañeros con el horrendo suplicio del empalamiento.

Los socorros del rey aragonés, soberano de Nápoles, llegaron tras la masacre, pero lograron derrotar a los turcos y echarlos al mar. Los cuerpos de los 800 mártires, incorruptos todavía, fueron recogidos y algunos de ellos fueron sepultados en la catedral de Otranto, mientras que otros 250, en una solemne procesión que atravesó buena parte de los países del Reino, fueron transportados a Nápoles para ser enterrados en la iglesia de Santa María Magdalena, llamada a partir de entonces “de los Mártires” y, desde, allí fueron posteriormente trasladados a la iglesia de Santa Catalina de Formiello. Fueron colocados bajo el altar de Nuestra Señora del Rosario. El proceso de canonización, iniciado en 1539, terminó el 14 de diciembre de 1771 (trescientos años después de la batalla de Lepanto), cuando clemente XIV declaró beatos a los 800 muertos de Otranto. Y autorizó el culto. Recientemente el proceso se ha vuelto a abrir, confirmando las conclusiones precedentes.El Papa Benedicto XVI, el 6 de julio de 2007, ha emitido un decreto en el cual reconoce el martirio de Antonio Pezzulla y de sus conciudadanos asesinados «por odio a la Fe».

Aquellos mártires, a buen derecho, entraron en el patrimonio histórico y en el ideario de las Españas. Pero sólo fue un momento de la construcción temporal de una tradición hispánica en el reino de Nápoles. A los aragoneses les sucederá el Rey Católico y, durante los dos siglos siguientes del Virreinato de Nápoles el problema de la posible invasión musulmana por desembarco en las costas del Reino, fue atentamente estudiado y resuelto con un procedimiento drástico que, a primera vista y superficialmente, parece muy cruel. Aquellas costas del reino fértiles y feraces, que se habían liberado de la malaria endémica y progresiva, fueron transformadas en mefíticas ciénagas inoculadoras de malaria. Desapareció toda forma de vida sana. Todos los campos de cultivo fueron abandonados; las cosechas destruidas y la vegetación en otro tiempo frondosa, abandonada a la furia devastadora del clima. Los turcos intentaron nuevamente desembarcar, pero fueron presa del pánico ante el peligro de contraer la temible malaria. Por eso abandonaron sus antiguos proyectos de llegar a Roma a través del reino de Nápoles y, para realizar sus sueños demoníacos, nunca abandonados, navegaron hacia las costas balcánicas. Hoy todavía vemos bajo nuestros ojos los resultados de aquella operación que originó poblaciones convertidas a la herejía mahometana, diseminadas como manchas de leopardo a lo largo del territorio balcánico. El reino de Nápoles pagó un precio económico y moral por aquella decisión. Sus costas, impenetrables aunque contagiadas de malaria, se convirtieron en la frontera desarmada de la Cristiandad, confín inexplicable e incomprensible, si no se conocen estos hechos. Y Europa toda entera se salvó de la casi segura islamización.

Todo esto ha sido ocultado por la historiografía académica, siempre alienada por los principios ilustrados, profundamente anticatólicos y, por ello mismo, antiespañoles. La misma suerte se ha reservado al ejército del Rey de Nápoles y de España. Los célebres tercios napolitanos combatieron junto a los tercios españoles en la guerra de Flandes, en Brasil, y en todas partes con pareja dignidad. Pero la memoria de los valerosos comandantes napolitanos ha sido eclipsada. En esta ocasión queremos recordar a algunos de ellos, sin tener la pretensión de enumerarlos completamente. Me viene a la mente Carlo Spínelli, duque de Castrovillari. Ya su padre había participado en la conquista de Túnez 1535 y el emperador Carlos V le había honrado con la dignidad de grande de España. Carlo Spinelli, su digno heredero, fue uno de los protagonistas de la batalla de Alcántara (1580) y llegó a Lisboa, permitiendo a Felipe II ser coronado Rey de Portugal. Lelio Brancaccio, marqués de Montesilvano. Este capitán guerreó con gran honor en Flandes y fue posteriormente Capitán General de Cataluña. Andrea Cantelmo. Mandó una compañía de arcabuceros a caballo en la guerra de Valtelina (1620). Después participó en la defensa de Génova por orden del gobernador de Milán. Giovanni Tommaso Spina, marqués de Sulcito. Capitán en la infantería napolitana, combatió al servicio de Felipe II

Pues bien, contra estos comandantes y, sobre todo, contra estos hombres, la historiografía de la Ilustración se ha portado de manera feroz, porque en sus actos no ha reconocido ningún valor positivo y ha considerado que sus trabajos fueron propios de “mercenarios al servicio de España”. Es evidente la venganza historiográfica de un pensamiento anticatólico que ha obtenido fácil acogida en la morada de la modernidad, en la cual todos estamos obligados a habitar.

El carlismo, cuyos 175 años de vida hemos celebrado, surgió para defender la tradición de la Monarquía Católica, misionera y federativa de las Españas, de la cual todos nosotros nos sentimos orgullosamente herederos y descendientes. Por eso el carlismo excede, a buen derecho, la categoría de doctrina política al servicio de España, para convertirse en doctrina política válida allí donde se quiera mantener el primado de la sociedad cristiana. Esta es nuestra herencia histórica, esta es una nuestra voluntad de lucha, para el tiempo presente y para el futuro.

Ha sido un gran placer, en esta noche en que celebramos la fiesta de Cristo Rey, traer a la memoria tantos recuerdos comunes que ponen de manifestación nuestro destino común como hijos de las Españas. Y todo esto lo he pensado y lo he dicho no por complacer a alguien, ni por vanidad intelectual.

He expresado todos estos pensamientos siguiendo siempre la dulce invitación de San Pablo: «non nobis, Domine, non nobis, sed tuo nomini da Gloriam”.

¡Viva Cristo Rey!

¡Viva el Rey legítimo!

Francesco Maurizio Di Giovine

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