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De caudillos y cabecillas

caudillo3Muchos se preguntan por qué no se alía el Carlismo con otros grupos, como en el 36. Suelen plantearlo quienes, de una u otra manera, proceden de las filas del franquismo, del falangismo, del fascismo o del nacional-sindicalismo. Llámelo usted como quiera. En el fondo de la pregunta late uno de esos principios prácticos inconscientes que operan desde las fibras del sentimiento y son como quistes profundos, tanto más difíciles de extirpar cuanto más inconfesado y más irracional es su acatamiento. Nos referimos al caudillismo, que domina la mente de fascistas y similares con más fuerza que cualquiera de sus máximas teóricas. Para cualquier falangista que se precie, la solución a todos los problemas se halla en esa encarnación de la Patria que es el líder, el jefe o el caudillo —llámelo usted como quiera— cuya persona sintetiza toda virtud y merece concentrar todo poder. El buen caudillo galvaniza con su magnetismo la voluntad de los individuos, absorbe sus particularismos, les infunde la fuerza que de él mana y convierte a los insípidos y desnortados ciudadanos en camaradas del partido único. Del caudillo, bípeda esencia de las más hondas aspiraciones de la Patria, brotan los principios de su movimiento y en su nombre obra cada uno de los engranajes del Estado. Su imagen, que por un extraño capricho de la naturaleza deja frecuentemente bastante que desear, aparece en todas las oficinas de la administración. Enfocada desde abajo (como es obligado), hierático el semblante y fija la mirada en la infinitud de su universal destino. Lo malo es que luego —otra incongruencia natural— va y se muere. Los mejores. Otros acaban peor.

Y entonces ¿qué? Los camaradas de a pie se conforman con recordar y esperar. Pero los que están en el ajo, o creen estarlo, emprenden la rebatiña por el liderazgo, siguiendo los pasos que les enseñó el ausente siempre presente. Primero acomodan su confusa ideología al nuevo panorama político, sea democrático o monárquico. No han faltado aspirantes al caudillaje que se han declarado partidarios de la monarquía. Eso sí, no hereditaria. Porque, si el añorado predecesor fue jefe, caudillo, generalísimo y soñaba con el imperio, ¿qué les impide a ellos acceder a la realeza? Segundo, hacen el agosto de los fotógrafos que disponen de un pedestal en su estudio y se retratan brazos cruzados o en alto, según lo abultado de su figura, remangados o trajeados según su edad o lo musculoso de sus brazos. Tercero, con la excusa de salvar a la Patria en peligro, fomentan coaliciones con cualquier partido que se deje. Lo hacen preferentemente con gentes ajenas al partido, porque éstos saben de qué va la cosa. Cuarto  —lo más importante— se hacen protagonistas de la coalición, dando cuantos empujones haga falta a sus coaligados. Y, si la cosa funcionara —que no suele funcionar— tendríamos un nuevo líder.

Los carlistas, a pesar de contar con cien años más de historia que los fascismos, se han visto alguna vez obligados a cooperar con ellos y a sufrir los consiguientes empujones. Siempre han tenido un talante sacrificado. Pero las experiencias del 1936 y luego de la transición de los sesenta y setenta les han curado de espanto. Y, si todavía les hubiera quedado un resquicio de esperanza en tales alianzas, las recientes coaliciones de algunos grupos, más o menos tradicionalistas, en España y en Francia se las habrían quitado.

El Carlismo es un movimiento rebelde que defiende el orden político tradicional y quiere acabar con la usurpación. Y, en cuanto eso se produzca, desde el rey al último carlista ejercerán las funciones que les competan, colaborando al bien común sin caudillajes ni mediación de partido alguno. Los fascistas, como buenos revolucionarios, exigen ser ellos, y su caudillo, los que protagonicen los destinos de la Patria. Tienen algún lado bueno, porque defienden la Patria (en tanto se les alcanza) y antaño, a veces, hasta concedían a Dios cierto protagonismo. El carlismo, siempre justo, no ha tenido inconveniente en alabar educadamente las virtudes o los ocasionales aciertos de algún que otro caudillo. Siempre de modo insuficiente e insatisfactorio, claro está, para el gusto de sus secuaces. Pero si alguno de éstos cree que alaba el caudillaje de sus caudillos, entonces es que no ha entendido nada. Normal.

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