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¿Cuál es el futuro de España? Entrevista al Director de FARO en L’Homme Nouveau

Vistos desde Francia, los acontecimientos que afectan a Cataluña y, por extensión, a  España y a su unidad, no siempre resultan fácilmente comprensibles. Tiznados de jacobinismo y a menudo de una falsa concepción de una subsidiariedad ajena al bien común, nos cuesta entender la realidad profunda de los acontecimientos actuales. Director de la agencia FARO y del servicio de prensa de la Comunión Tradicionalista, es decir, del carlismo, Luis Infante ha tenido a bien contestar a nuestras preguntas.

Philippe Maxence 
L’Homme Nouveau

1°) Con el referéndum de Cataluña ¿corre España el riego de verse fragmentada?

Incluso para quienes puedan dar algún valor a esa clase de consultas, el llamado referéndum del 1 de octubre de 2017 fue simplemente una farsa. Aparte de su radical ilegalidad y de su absoluta ilegitimidad, no hubo ninguna clase de garantías, ni en el censo, ni en el recuento, ni en el procedimiento entero. La participación fue mínima, a pesar de lo cual el sedicioso Gobierno autonómico de Cataluña proclamó resultados en los que los votos emitidos en algunas localidades superaban en número a los habitantes de éstas.

El riesgo de fragmentación de España existe. Existía antes de ese supuesto referéndum y sigue existiendo después. El separatismo lleva décadas preparando el terreno, con la connivencia de los sucesivos gobiernos de Madrid, y la inacción actual del Gobierno del Partido Popular no hace sino transmitir a los separatistas la sensación de que pueden actuar con impunidad.

 

2°) ¿Cuál es exactamente la lógica a que obedece el gobierno de Cataluña?

A la lógica instalada desde la Constitución de 1978, por lo menos. Ésta, al incluir el término “nacionalidades” aplicado a algunas de las comunidades autónomas que creaba, abría el camino al separatismo. Separatismo que además se vio favorecido por las leyes electorales desarrolladas en el mismo período y vigentes hasta hoy. Con arreglo a los nuevos Estatutos de Autonomía, los gobiernos regionales en manos de nacionalistas se encontraron con todos los recursos y resortes (enseñanza, medios de información, orden público, presupuestos, control de las subvenciones y de las multas, etc.) para crear una nueva realidad, ya desde la escuela: una historia absolutamente inventada y falsificada en que Cataluña (que en realidad nunca constituyó reino independiente y sólo apareció como entidad política, dentro de la Corona de Aragón, en el siglo XVI) se convertía en nación oprimida; una lengua inventada e impuesta, el catalán pompeufabrista (Por Pompeyo o Pompeu Fabra, el ingeniero nacionalista que la ideó), que busca suplantar tanto a las viejas formas del catalán como al castellano, lengua común de los españoles y la más hablada en Cataluña entre los siglos XVIII y XXI.

La extrema corrupción de la administración autonómica catalana, en la cual hay más políticos y altos cargos encausados judicialmente que en cualquier otra comunidad autónoma de España, así como el despilfarro (habitual en la democracia española, ha sido llevado a su máxima expresión en Cataluña) parece haber impulsado a los políticos nacionalistas a la huida hacia adelante. Si durante décadas se ha ido fomentando el separatismo, pero se había preferido jugar al chantaje contra el resto de España y contra la propia sociedad catalana, desde hace un par de años los nacionalistas del posfranquismo han optado por ir a la separación, aliándose a la extrema izquierda con ese fin.

 

3°) En este movimiento a favor de la independencia ¿se detecta la presión de instancias internacionales favorables al desmantelamiento de las viejas naciones? 

Sin duda. El Abanderado del Carlismo, S.A.R. Sixto Enrique de Borbón, ya lo advertía en su manifiesto de 2001: “La nueva «organización política» ―que en puridad se acerca más a la ausencia de orden político, esto es, al desgobierno― combina letalmente capitalismo liberal, estatismo socialista e indiferentismo moral en un proceso que resume el signo de lo que se ha dado en llamar «globalización» y que viene acompañado de la disolución de las patrias, en particular de la española, atenazada por los dos brazos del pseudo-regionalismo y el europeísmo, en una dialéctica falsa, pues lo propio de la hispanidad fue siempre el «fuero», expresión de autonomía e instrumento de integración al tiempo, encarnación de la libertad cristiana, a través del vehículo de la denominada por ello con toda justicia monarquía federativa y misionera”.

Últimamente se han conocido las cifras considerables con que George Soros ha estado contribuyendo al entramado del separatismo catalán. Es conocida la militancia sionista del nacionalismo burgués (singularmente la antigua Convergencia Democrática de Cataluña, ahora Partido Demócrata Europeo Catalán, PDeCAT; así como la llamada Izquierda Republicana de Cataluña, ERC) y sus estrechas relaciones con la comunidad judía. Que naturalmente no son incompatibles con su fomento de la inmigración mahometana y de las corrientes más radicales del sunismo.

También encuentra apoyos el separatismo catalán entre sectores del establishment estadounidense (tanto neoconservadores y libertarios como demócratas) y del británico. Especialmente, en este último caso, entre los cercanos al lobby británico del Gibraltar ocupado.

Y, por supuesto, la influencia masónica en el proceso separatista es cada vez más visible.

 

4°) ¿Las tradiciones políticas españolas no eran suficientes para garantizar cierta autonomía en el marco de una España unida?

Son más que suficientes. La tradición política española supone el máximo respeto a las singularidades y ordenamientos jurídicos propios de los diferentes reinos, principados, señoríos y regiones que componen la Patria. Citando de nuevo al Príncipe Sixto Enrique de Borbón, en esta caso de su reciente declaración de 29 de septiembre de 2017: “Mi tío abuelo Carlos VII restituyó en 1872 la plenitud de los fueros de la Corona de Aragón, y entre ellos los del Principado de Cataluña. La conspiración liberal, apoyada por las logias y por las potencias extranjeras, impidió la victoria del Rey legítimo de España, que habría evitado los desastres posteriores”.

 

5°) ¿Ha de verse en este movimiento la quiebra de la monarquía liberal?

Sí. En realidad, el régimen de la Constitución de 1978 no es propiamente una monarquía, ni siquiera liberal, sino una república parlamentaria coronada. La indiferencia de sus titulares (tanto Juan Carlos como su hijo Felipe Juan) hacia los intereses de España es notoria. Su vínculo con el rito escocés antiguo y aceptado lo es cada vez más.

 

6°) ¿Qué haría falta para resolver este problema?

El problema no tiene verdadera solución dentro del marco legal vigente. Quienes contra el separatismo invocan la Constitución de 1978 ignoran que ésta es la principal causa del recrudecimiento de ese mismo separatismo, y que puede reformarse hasta ampararlo. La única solución completa sería la restauración de la Monarquía católica, federativa, social y representativa, y de la Dinastía legítima.

Ahora bien: en la actual coyuntura deben arbitrarse los medios necesarios para conservar la unidad de lo que queda de España, de las Españas, en espera de la restauración futura. Como titula su declaración Don Sixto Enrique de Borbón: “la unidad de España debe mantenerse a toda costa”.

 

7º) ¿La vía de solución estaría en el slogan “Espana Una, Grande, Libre” o sería necesario que revivieran las Españas respetuosas de sus “fueros”? 

Los fueros son la única vía. El lema “Una, Grande y Libre” procede de la Falange, un partido centralista y jacobino cuya idea de España procede de la revolución liberal, importada de la Revolución francesa. Tan centralistas y jacobinos son los nacionalismos regionales (el catalán o el vascongado, por ejemplo) como el nacionalismo español (en realidad, falsamente español, como falsamente catalán y falsamente vasco son los nacionalismos de aquellas regiones). La España grande, las Españas, son la unión foral, federativa, de muchas regiones distintas, bajo el mismo Dios y el mismo Rey. Cuando volvamos a eso, el problema separatista desaparecerá.

Por Philippe Maxence para L’Homme Nouveau
18 octubre de 2017 

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