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Crónica de los actos celebrados en Valencia con motivo del XL aniversario de S.M.C. Don Javier I

El pasado día 6 de Mayo, por iniciativa del Círculo Abanderado de la Tradición, Nuestra Señora de los Desamparados, se celebraron en Valencia los actos en conmemoración del XL aniversario de S.M.C. Don Javier I. Dieron comienzo con una Misa de Réquiem en la capilla del Real Monasterio de Santa María del Puig, que fue presidida por S.A.R. Don Sixto Enrique de Borbón en compañía del Jefe Delegado, don José Miguel Gambra. El padre don José Ramón García Gallardo ofició la Misa según el rito latino tradicional. En su vibrante homilía señaló que la Santa Misa se celebraba en sufragio por el alma de Don Javier I, al cual debemos agradecer que haya transmitido a su hijo benjamín, Don Sixto Enrique, el estandarte de la tradición. Tradición donde se unen las Escrituras y el Magisterio de la Iglesia; tradición que también nutre la civilización cristiana, de cuyo espíritu venimos a abrevar celebrando, en estos tiempos de  desorientación, el rito tradicional ad orientem. Recordó después a Doña María Magdalena, madre de Don Sixto con estas hermosas palabras: “La corona del hombre justo es su mujer, su esposa, y Don Javier hizo en su vida muchas alianzas pero ninguna más acertada que su alianza matrimonial con Doña María Magdalena”.

Por eso al honrar a Javier –prosiguió, dirigiéndose a Don Sixto Enrique– honramos también la memoria de vuestra madre, nueva princesa de Beira, que como Rebeca sabía que el espíritu lo llevaba Jacob y no Esaú. En estos tiempos, que son los más críticos y caóticos que ha conocido la historia, fue ella quien tuvo la misión de preservar la tradición y mantener la esperanza que es el lema de los Borbón Busset. Tras glosar profundamente esa idea, hizo ver al Abanderado el gran número de jóvenes boinas rojas y blancas que estaban recibiendo su testimonio de lealtad al altar y al trono y admirando la honra que ha querido hacer a sus padres. Pidió que Don Javier renovara la bendición a Su Alteza, por mediación de su madre, como por la mediación de María, recibimos, con la venia de Dios, la bendición para hacer de nuestra nada la continuación del espíritu vivificador. Espíritu que ha de ser completo, que ha de querer la instauración del reinado de Dios sobre nuestra Patria. Espíritu que no puede quedarse en la fe sino que ha de activarse con valentía no sólo física sino también intelectual, para que subsista la civilización cristiana fuera de la cual todo es barbarie.

Terminada la Santa Misa, los ciento cincuenta asistentes pasaron a una sala contigua, probablemente refectorio de la comunidad, donde fue servido un vino de honor, mientras Don Sixto Enrique era asediado por unos y otros en su deseo de agasajarle, declararle su lealtad y fotografiarse junto a él. Seguidamente se proyectó un precioso vídeo sobre S.M.C. Don Javier I, sobre su ascendencia y la forma en que vino a recaer en su persona el derecho a la corona; sobre la pérdida de legitimidad de Carlos Hugo cuyos derechos vinieron a recaer en Don Sixto. Previamente Jesús María Ferrando, Presidente del Círculo Carlista valenciano que ha organizado los actos, y su esposa Encarna hicieron una presentación del homenaje. El primero, tras repasar la historia del monasterio del Puig, expuso cómo se  formó el Círculo Abanderado de la Tradición, Nuestra Señora de los Desamparados, recordó el viaje que en 1951 realizó Don Javier por las tierras valencianas y disertó sobre la confección del audio-visual. Su esposa, entre otras observaciones, puso de relieve los rasgos físicos de Don Javier, del cual ha hecho para la ocasión un excelente retrato junto a su hijo menor, Don Sixto. Seguidamente, doña María del Carmen Feliú entregó a S.A.R. un precioso libro con recuerdos del  mencionado viaje y se hizo la proyección que recibió toda clase de alabanzas.

A continuación tomó la palabra Miguel Ayuso para rendir homenaje a Don Javier al que calificó de último gran príncipe de la Cristiandad,  en cuanto fue el último que vivió el papel social de la realeza en un mundo que la desconocía, pero aún la respetaba. Lo cual no es óbice para que tras él haya habido otro último gran príncipe, Don Sixto Enrique, en un sentido más grande incluso, pues le ha tocado vivir en unas circunstancias todavía más difíciles y amargas que las padecidas por su padre. Tras hacer una elegante referencia a la continuidad de la dinastía, sus palabras de admirable orador recibieron un caluroso aplauso y los presentes entonaron un emocionado Oriamendi, mientras Don Sixto salía hacia un restaurante próximo, flanqueado por las banderas de España y del Reino de Valencia.

La comida de hermandad, a la que asistieron cien personas por no dar más de sí el local, se prolongó hasta pasadas las seis de la tarde. A los postres S.A.R. tuvo a bien dirigir a los presentes unas vibrantes y afectuosas palabras que emocionaron y enardecieron a todos los presentes. Empezó por destacar la importancia del Reino de Valencia que, junto con Navarra, hoy acobardada por el separatismo vasco, habían sido el eje de España, cuando España era lo que debía ser. Ambos reinos hubieran podido alcanzar la victoria, si no se hubiera dado la intervención de Inglaterra. Sin embargo, reconoció haber perdido desde hace años sus esperanzas valencianas; pero, desde un tiempo a esta parte –dijo– Valencia ha recobrado toda su dignidad carlista. Este milagro se debe a la familia de excepción, la de Jesús Ferrando, que ha sabido unir la esperanza carlista, la fe carlista y también la caridad carlista. Virtudes cardinales que, sin duda, son temidas por los enemigos del carlismo; porque esa familia, con tres generaciones presentes en el acto, se mantiene con una fuerza tan mística y patente, que realmente hay que tenerles por enviados por Dios para bien de España. Y más particularmente para el Reino de Valencia. Reino que, según declaró, quisiera conocer mejor, sobre todo después de haber oído la Santa Misa en la hermosa del Real Monasterio del Puig, con su ambiente monástico y, a la vez, tan militar y tan monárquico, sin dejar de ser un palacio. Hay que volver a la defensa de ese sentido místico que aúna la defensa de la Patria, de la fe y la defensa política representada por su carácter de palacio.

Agradeció a continuación las palabras que se pronunciaron después de la misa porque reflejaban perfectamente lo que fue su padre, persona la menos interesada que se puede concebir dentro de la tradición cristiana. Nunca dijo haber conocido persona más religiosa que su padre y recordó cómo, desde niño, admiró su fe, no menor, a sus ojos, que la de su tía, la emperatriz Zita, hoy en proceso de beatificación.

Seguidamente mostró su agradecimiento a José Miguel Gambra por haber aceptado el puesto de Jefe Delegado que le pidió ocupar, pues realmente no es un puesto fácil ni confortable y evocó la familia carlista a la que pertenece y, muy especialmente, a su padre, Rafael Gambra; y Alabó el desprendimiento de Miguel Ayuso, uno de los elementos más brillantes de la España actual que,  pudiendo ocupar un puesto de poder importante en la sociedad española, ha sacrificado toda su carrera en favor del carlismo.

Especialmente afectuoso fue el recuerdo que dedicó a don José Ramón García Llorente, padre del Revdo. P. García Gallardo. Dijo de aquél que era la persona con mayor carisma que había conocido y que había sido para él una especie de hermano mayor, o de tutor espiritual e intelectual, al cual quiso con toda su alma y representó para él algo muy parecido a lo que había sido su propio padre. Luego, refiriéndose al Padre José Ramón, resaltó su parecido con su padre y le agradeció su presencia y su actuación que representa –dijo– una esperanza al  poner de manifiesto que Dios sigue estando con nosotros, a pesar de lo expresado por algunos papas recientes,.

Para terminar su discurso, declaró categóricamente que España no es una e speranza, sino una convicción. Recordó los virreinatos americanos de Méjico, del Perú y del Río de la Plata que, si no lo hubiera impedido Inglaterra, podrían haber sido tan importantes como los Estados Unidos; finalmente propuso su reconstrucción junto a la Madre Patria para rehacer este país, que merece ser un imperio, pues es el país como Dios manda.

Las palabras de Don Sixto Grandes fueron recibidas con grandes aplausos y sonoros vivas al Rey e inmediatamente volvió a cantarse el Oriamendi. Para terminar los jóvenes entonaron ante S.A.R. cánticos tradicionales de los carlistas y bailaron danzas regionales.

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