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J.M. Gambra: El carlismo no se cura... La estupidez tampoco; pero por razones diferentes (III) t.co/ADW6sg34zQ

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J. M. Gambra: El carlismo no se cura... La estupidez tampoco; pero por razones diferentes (I) t.co/tMFKM99bsH

Crónica de la cena de Cristo Rey

    Un año más, se ha celebrado en Madrid la cena con ocasión de la festividad litúrgica de Cristo Rey instaurada por S.S. Pío XI, repitiendo esta vez el ambiente tradicional y elegante del acogedor restaurante Paolo. Bendijo la mesa el Reverendo Padre Juan María de Montagut, recordando la importancia que esta sencilla costumbre debe tener en nuestro día a día como oportunidad de confesar públicamente la fe a la vez que agradecemos el pan cotidiano que, divina institutione formati, no cesamos de pedir. A los postres tomaron la palabra: don Miguel Gambra, jefe de las Juventudes Tradicionalistas de Madrid; don Felipe Widow, profesor de la Universidad Católica de Chile; y don Miguel Ayuso, presidente del Consejo de Estudios Hispánicos Felipe II. Fueron presentados por don Eugenio Barrera Etura, presidente del Círculo Cultural Antonio Molle Lazo.

    Fueron las primeras palabras de don Miguel Gambra un llamamiento a la acción, un reconocimiento de la imperiosa necesidad de que los carlistas de hoy nos desvivamos por la Causa que hemos hecho nuestra y no nos dejemos arrullar por el conformismo. Resaltó a continuación las intenciones demagógicas que presiden las recientes iniciativas del separatismo (anti)catalán. Nunca está de más refrescar nuestra perspectiva de la actualidad con una aproximación netamente tradicionalista al problema separatista, que lo condena como manifestación en escala reducida del mismo nacionalismo revolucionario que combatió el carlismo en todas sus guerras, pero está lejos de rasgarse las vestiduras a modo del patrioterismo constitucional que eleva tronos a las premisas y cadalsos a las consecuencias. Nunca está de más porque el carlismo, al encarnar la herencia filosófico-jurídica de la Cristiandad, que mantuvo enhiesta la vieja España hasta la victoria liberal, ofrece sin duda la única respuesta al dilema centralismo-separatismo que ha roto en los dos últimos siglos la armonía territorial española y que plaga nuestros días. Porque el dilema es irresoluble desde las premisas del liberalismo, y la solución está, históricamente, antes que el problema.

    Don Miguel advirtió perspicazmente que es la concepción individualista de la sociedad que se deriva del nacionalismo ―de pensamiento y obra; es decir, de su aceptación de un ficticio contrato social entre individuos como el origen de las sociedades, y de la consiguiente destrucción histórica de los cuerpos intermedios que integraban al hombre concreto en ellas― la culpable de la “insatisfacción” y desarraigo del hombre moderno de la tradición que le une con su pasado, y le hace indiferente a que, mediante una manifestación de esa soberanía popular ―como lo son los referenda y las constituciones― contra la que lucharon nuestros padres, la caprichosa reflexión de unos segundos eche al traste la obra de siglos. La festividad de Cristo Rey, instaurada expresamente para ello, es la ocasión para combatir este individualismo antisocial y devolver la soberanía usurpada a su único y legítimo titular: Nuestro Señor Jesucristo.

     Don Felipe Widow trasladó a la experiencia americana estas consideraciones sobre la significación del carlismo y las consecuencias prácticas que de ella debemos extraer en nuestro trabajo por el Reinado Social de Jesucristo. En apenas dos décadas, los españoles americanos se vieron desprovistos de una conciencia clara sobre sus deberes políticos hacia España para encontrarse repentinamente ante un desconcertante desarraigo. “Un chileno en 1810, y en los trescientos años precedentes, era tan español como un castellano, un navarro o un catalán. Su piedad patriótica se realizaba en el amor y servicio al rey y a España, según las exigencias concretas de justicia que le imponía su pertenencia a lo que se ha llamado la patria chica. […] La historia americana de los siglos XIX y XX, que es la historia del caos constitucionalista, de las guerras civiles interminables, de los enfrentamientos entre países artificialmente constituidos que hasta hace nada lo tenían todo en común, esta historia, no es más que el reflejo de unos pueblos sin alma, sin identidad, en búsqueda de una decisión ideológica que les diga lo que son. Empeño infructuoso, pues estaba apriorísticamente cerrado a lo único que podía dar respuesta a esta inquisición: los pueblos americanos son España, y si no son España, no son nada.

    La España peninsular sufrió un semejante proceso de negación de sí misma con la victoria del liberalismo, conservando el nombre pero divorciándose igual que los nuevos Estados americanos de la España común que nos define. El carlismo es la reacción peninsular que encarna el espíritu de la vieja España, y por tanto “goza de una cierta universalidad hispánica” en la que siempre se podrán identificar tanto peninsulares como americanos. No obstante, don Felipe advierte la necesidad de traducir en acción esta identificación con unos vínculos que son, por naturaleza, políticos. Por ello, que el carlismo no contara con un movimiento semejante al otro lado del océano no es razón para que el americano, comulgando con el carlismo y consciente de su propia tradición hispánica, se aparte de una acción política que le puede aparecer como ajena y se constituya en una especie de espectador o “juez moral”, cediendo a la tentación individualista advertida por Tocqueville como propia del liberalismo.

   Don Miguel Ayuso emprendió la última intervención recalcando la sabiduría de la Iglesia al instaurar una fiesta dedicada a la Realeza Social de Cristo en el calendario litúrgico en vez de elaborar un documento que sería en el mejor de los casos recordado periódicamente pero no celebrado cada año. Y es que en 1925, cuando aparece la encíclica Quas primas, parecía advertirse la necesidad de este constante recordatorio, pues ya en aquel entonces era un tema inactual. Inactual políticamente, al no haber ya Estados católicos. Inactual eclesiásticamente, pues la valiente denuncia magisterial que siguió a la Revolución liberal no tardó en ir acompañada de una actuación práctica de adaptación a los nuevos regímenes. E inactual intelectualmente, porque aquella nueva realidad política era el fruto de la proliferación de unas doctrinas que seguían desarrollándose. Y si lo era entonces, mucho más lo es hoy. Ya no sólo no quedan Estados católicos, sino que las fuerzas tradicionales que dentro de esos Estados se mantenían ajenas a las nuevas doctrinas se han visto profundamente debilitadas, no poco por el silencio e incluso a veces por “predicaciones contrarias al sentido de la teología política fundada en la realeza de Cristo” por parte de la Iglesia. Y hoy es, sin embargo, más necesario que nunca.

    “Cánovas del Castillo dio aquella afirmación de que la política era el arte de lo posible, a lo que un autor de signo mucho más neto le replicó que no se trataba del arte de lo posible, sino del arte de hacer posible aquello que era necesario. Es decir, si nosotros nos dejamos arrastrar exclusivamente por las circunstancias de los distintos momentos de la historia, estamos condenados, no a hacer la historia, sino a padecerla.” La recuperación de la teología del Reinado Social de Cristo en el pensamiento puede llevar a conservar y recuperar, al menos, lo que en nuestras sociedades queda de comunidad política, que cada vez es menos. Si bien ésta tiene fundamentos naturales, la teología puede arrojar una luz sobre ellos. Que no encontremos la Realeza de Cristo en nuestro entorno político, en la predicación de nuestros pastores, o en una sociedad contemporánea que va “por caminos de disociedad”, no nos exime ―concluyó don Miguel Ayuso― de luchar por ella.

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