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«Cataluña carlista (y II)». Juan Manuel de Prada: continuación del artículo publicado el 3 de junio

Veíamos en un artículo anterior que los catalanes fueron, entre todos los pueblos hispánicos, quienes más denodadamente lucharon por el mantenimiento de la tradición, desde la Guerra de Sucesión hasta las Guerras Carlistas, frente a los nacionalismos liberales nutridos de soflamas románticas. Sólo mentes arrasadas por napalm sistémico pueden afirmar sin rubor que el separatismo es hijo del carlismo.

El nacionalismo prendió en Cataluña en ámbitos urbanos, antes que en los rurales. Nada más natural, puesto que el liberalismo es ideología que beneficia a los ricos, que mientras fomentan entre los pobres la anarquía moral pueden dedicarse a la única libertad que de verdad les interesa, que es la libertad para concentrar y amontonar dinero. Fue la burguesía catalana la que, “al abrirse” a la “modernidad” europea, introdujo en Cataluña los postulados nacionalistas liberales que habían  leído en gentes como el mencionado Renan. Vicens i Vives lo expresa sin ambages en Industriales y políticos del siglo XIX: “El catalanismo incorporaba Cataluña a Europa de una manera total e irrenunciable… El reencuentro con Europa después de cuatro siglos de ausencia, he aquí el significado profundo del movimiento catalanista”. ¿Se puede decir de forma más rotunda y sintética? Mientras Cataluña se mantuvo apegada a la tradición, permaneció impermeable a las tesis nacionalistas que triunfaban en Europa. Y para lograr que la Cataluña popular (no burguesa) comprase la mercancía averiada, la burguesía liberal hubo que hacer una operación de ocultamiento de la tradición catalana.

Antonio Rovira i Virgili así lo reconoce en su Historia dels Moviments Nacionalistes. En este libro, Rovira i Virgili se esfuerza por desvincular la causa nacionalista de los acontecimientos de 1714 (de los que abomina, porque sabe que fueron protagonizados por catalanes dispuestos a “derramar gloriosamente su sangre y vida por su Rey, por su honor, por la patria y por la libertad de toda España”), que inscribe en la línea histórica que verdaderamente les corresponde: “Esta es una línea –escribe– que pasa por el movimiento catalán de la guerra contra Francia, después por la guerra de la Independencia y va a parar a las guerras carlistas. En realidad, los herederos de 1640 y de 1714 son los carlistas de la montaña catalana”. Precisamente por ello (porque veía una continuidad histórica entre los patriotas dispuestos a derramar su sangre por España de 1714 y los carlistas de la montaña catalana), Rovira i Virgili sostenía –nos lo cuenta Josep Pla en Prosperitat i rauxa de Catalunya—que “las guerras carlistas tenían que ser borradas de la memoria de la gente catalana, cual si nunca hubieran existido”. Y es que los ideales carlistas y los ideales nacionalistas son por completo incompatibles. Por eso, el nacionalismo, ansioso de subirse al carro de la modernidad europea, enterró la tradición catalana, de la que renegaba y se avergonzaba. Y se nutrió de una munición de conceptos –voluntad, soberanía, autodeterminación, etcétera– típicamente liberales, que a cualquier carlista repugnan.

Para enterrar esa tradición catalana profundamente hispánica, el nacionalismo adoptó al principio un lenguaje regionalista que a simple vista se podía confundir con el lenguaje tradicional de los carlistas; y así se consiguió que muchas familias carlistas se fuesen contaminando de ideas liberales, envueltas en el celofán del conservadurismo clericaloide. Y cuando esa contaminación fue completa, el catalán se volvió furibundamente independentista, como no podía ser de otro modo; porque los pueblos tradicionales, cuando son infectados por ideologías modernas sustitutorias de su fe, se revuelven furiosos. Dostoievski nos enseña –su observación se refiere al pueblo ruso, pero vale lo mismo para el pueblo catalán—que cuando los pueblos tradicionales son contaminados de ideas ajenas a su tradición no reaccionan como vacas pastueñas, al estilo de los pueblos sumisos e inanes que se uncieron al yugo luterano, sino que se metamorfosean en algo muy distinto que, sin embargo, conserva pervertido su ardor originario: la religiosa Rusia, infectada de liberalismo, reaccionó volviéndose bolchevique; la Cataluña tradicional, hija de los almogávares y los carlistas de la montaña, reaccionó volviéndose independentista. Y el catalizador de esta metamorfosis fue, en ambos casos, el mismo. El independentismo no es hijo (ni siquiera bastardo) del carlismo, sino hijo legítimo y predilectísimo del liberalismo.

A ver si dejamos de una puñetera vez de repetir como loritos las mamarrachadas que interesan a los causantes de nuestros males. Que, para mayor escarnio, ahora españolean y sacan pecho, erigiéndose en remedio de los males que alimentaron.

Juan Manuel de Prada

XL semanal 10/6/2018

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