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Carlos Hernanz: Una lectura de El Silmarillion de J.R.R. Tolkien (y IV)

LA MUERTE Y LAS HUIDAS

Cuando preguntaron a Tolkien acerca del tema del que trata El Señor de los Anillos, respondió esto:

«[…] podría decir que si el cuento es “sobre” algo (aparte de sí mismo), no es, como según parece se supone en general, sobre el “poder”. La búsqueda del poder es sólo el motivo que pone los acontecimientos en marcha y creo que relativamente carece de importancia. Trata sobre todo de la Muerte y la Inmortalidad; y de las “huidas”: la longevidad y el atesoramiento de la memoria»

Esto, desde luego, se hace extensivo a El Silmarillion. En primer lugar, se aplica a Melkor. Podría decirse que Melkor, en tanto que es uno de los Valar, es inmortal, aunque no en un sentido absoluto. Veamos esto; dice el Aquinate:

«[…] si alguien apeteciera ser semejante a Dios en lo que no es apto para asemejarse a Dios, como, por ejemplo, el que apeteciera crear el cielo y la tierra, cosa que sólo pertenece a Dios, pues en este apetito habría pecado. De esta manera es como el diablo apeteció ser como Dios. Y no porque apeteciera ser semejante a Dios en cuanto a no estar sometido absolutamente a nadie, porque, de ser así, hubiera querido su propio no ser, pues ninguna criatura puede existir a no ser en cuanto que participa del ser que Dios le comunica»

Melkor, en tanto que ángel (a estas alturas ya parece legítimo hablar en términos más familiares) no es un ser desligado de Ilúvatar; lo que implica, en términos teológicos, que lo que Dios le ha dado, Dios puede quitárselo. Ésta es la locura de Melkor, tratar de usurpar el trono de Ilúvatar, para poder cantar sus propios temas; más aún, la locura de pensar que sus temas, que fueron disonantes e imperfectos -pues sólo cuanto viene de Dios puede alcanzar perfección- pueden alcanzar el Ser, esto es, la armonía y el orden.

Hablemos ahora de los Inmortales y los Condenados a Morir. Ya hemos mencionado antes lo que hemos dado en llamar la creación suprema. Es un tópico un tanto manido, pero no es absurdo eso de que se puede ser inmortal en las obras; más aún cuando se trata de obras de la categoría de los Silmarils o de los Dos Árboles. Un apunte poético: entre las palabras que hay escritas en el Anillo Único puede leerse, en el inglés original, este verso aliterativo: «Mortal Men, doomed to die», «hombres mortales, condenados a morir». La Muerte y la Inmortalidad son el sustento de las tres historias de amor más hermosas del imaginario de Tolkien. El anhelo de inmortalidad y la resignación ante la muerte son el motor de una de las historias más trágicas, «La caída de Númenor».

Los Elfos, como los Valar, son inmortales. Lo cual sólo significa que no están sometidos a corrupción, no que sean invulnerables; hay numerosos ejemplos de ello. Los Elfos están ligados a la Tierra Media y vivirán mientras ésta exista. Ello supone, en última instancia, que sí hay un final para los Elfos. Mil centurias también tienen un final, como se dice en el libro. Un lector despierto descubre enseguida que los Elfos son una raza terriblemente triste, profundamente nostálgica; «El dolor que ellos sienten es imperecedero y nunca se apaciguará», dice Galadriel en El Señor de los Anillos. Es el dolor por la obra desaparecida, por los amigos perdidos, por el inevitable consumirse de todo salvo de la propia memoria. Los Elfos pueden parecer muy celosos de su propia cultura y de su propia gente, de ahí el interés en los Tres Anillos, que les permiten mantener incólumes Rivendel, Lórien y los Puertos Grises, pero piense el lector si, como es el caso de Elrond de Rivendel, existe algo más terrible que una viudedad eterna.

Por otra parte, desde el comienzo de El Silmarillion, Ilúvatar habla, para gran perplejidad de los Ainur primero, de los Elfos después, de su particular regalo  a los Segundos Nacidos: la muerte. ¡La Muerte, un regalo! ¡Un regalo que «hasta los mismos Poderes [los Valar] envidiarán con el paso del Tiempo»! Al principio, la longevidad que se concede a los Númenóreanos y las numerosas gracias que reciben de Ilúvatar, tras la Guerra de la Cólera, en la que el Enemigo es finalmente derrotado, tras la odisea y súplica de Eärendil, parece distraerles y no existe entre ellos angustia por su inevitable destino. Incluso se habla de una extraña gracia, la de los hombres particularmente virtuosos, que pueden disponer de su propia muerte:

«Era también idea de los Elfos (y de los Númenóreanos incorruptos) que un “buen” Hombre estaría dispuesto a morir voluntariamente o debería hacerlo, sometiéndose con confianza antes que lo obligaran (como hizo Aragorn). Puede que ésta haya sido la naturaleza del Hombre no caído; aunque la compulsión no lo amenazara: desearía y pediría “continuar” hacia un estado más elevado. La Asunción de María, la única persona no caída, puede considerarse en cierta forma como la simple re-obtención de una gracia y una libertad impertérritas: pidió ser recibida y lo fue, pues ya no tenía función en la Tierra»

San Bernardo lo expresa así: «la muerte os espera en todas partes; pero, si sois prudentes, en todas partes la esperáis vosotros»

Las edades se suceden y, aunque Melkor ha sido desterrado al Vacío, el mal que sembró en la Tierra Media no desaparece y entre los hombres comienza a nacer cierto recelo hacia los Elfos y los Valar que habitan en una tierra paradisíaca donde no existen la muerte ni la corrupción y a la cual tienen vedado el acceso:

«¿Por qué no hemos de envidiar a los Valar o aún al último de los Inmortales? Pues a nosotros se nos exige una confianza ciega y una esperanza sin garantía y no sabemos lo que nos aguarda en el próximo instante. Pero también nosotros amamos la Tierra y no quisiéramos perderla»

Ni siquiera los Valar, y esto lo sabemos por la embajada de Lúthien implorando por la vida de su amado, pueden disponer sobre el don de Ilúvatar. El destino final de los Hombres sólo Ilúvatar lo conoce. La rebelión contra los Valar, por la soberbia que Sauron introduce el rey, cuando éste le hace su consejero, acaba de una manera catastrófica: con la aniquilación del ejército de los hombres de Númenor y la desaparición de su isla, sumergida bajo las aguas. Y aún más: Ilúvatar transforma el  mundo, dándole una forma redonda, haciendo inaccesible el Reino Bendecido de los Elfos y los Valar para las naves de los Hombres. Los Hombres no han comprendido que la Muerte supone el acto de fe supremo, la última y definitiva prueba de nuestra fe en Dios; rechazarla es un desafío (además de un absurdo). La historia del rey Ar-Pharazôn de Númenor tratando de invadir el Paraíso nos resulta hoy, pues vivimos aterrados por la sola idea de morir y rodeados por toda clase de huidas, perfectamente comprensible. Vivimos buscando constantemente formas artificiales de alargar la vida y aprestando una poderosa flota y un gran ejército para invadir el Reino Bendecido y usurpar el trono de los Valar para poder ejercer verdaderamente como dioses, sin darnos cuenta de que esta loca carrera sólo traerá gloria y poder a Sauron, el heraldo de Melkor.

Aunque la Caída de los Hombres ha sucedido dentro de la historia, Tolkien deja para un futuro aún no escrito su redención; en El Silmarillion no se habla de la salvación ni del futuro que espera a los Hombres, pero sí deja pistas muy claras acerca de nuestro cometido en la Tierra:

«La Luz debe ser rescatada de las tinieblas, incluso al precio de la vida misma, si hemos de ser dignos del amor»

El tema de la salvación, el destino final de Elfos y Hombres, cuando la segunda Gran Música sea tocada correctamente, cuando el Enemigo sea finalmente muerto en la Batalla de las Batallas y hasta el ejército númenóreano de Ar-Pharazôn se redima luchando contra el mal, quedan para mejor ocasión.

Todo este fárrago quizá, en el mejor de los casos, haya servido para que el lector se embarque en la lectura de El Silmarillion, si no lo había hecho ya. El autor se contentaría con que hubiera quedado claro que la obra de Tolkien, sin restarle valor por sí misma, vista como lo que es: una exposición cargada de lirismo y de épica de las ideas fundamentales del catolicismo, resulta de gran utilidad a modo de introducción general a las grandes cuestiones de la Fe y del orden social católico. En cualquier caso, una grata lectura (aunque no pueda decirse lo mismo de estas líneas). Me permito culminar este arranque de mal justificada anglofilia, con unas líneas de Chesterton en las que defendía el tradicionalismo, denominándolo, con una frase que a estas alturas resulta ya muy tolkieniana, la filosofía del Árbol. Basten, a modo de resumen:

«Un árbol continúa creciendo y, por tanto, continúa cambiando; pero siempre en los límites que rodean algo inalterable. Los anillos más interiores del árbol son todavía los mismos que cuando era un árbol joven; ya no se ven, pero no han dejado de ser centrales. Cuando el árbol echa una rama en la copa, no se separa de las raíces en la base; por el contrario, cuanto más se elevan sus ramas, con más fuerza necesita ser sostenido por las raíces».

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