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Carlos Hernanz. Una lectura de El Silmarillion de J.R.R. Tolkien (III)

ÁRBOLES Y ARAÑAS

En su artículo titulado Recuerdos sobre J.R.R. Tolkien, George Sayer, amigo personal de Tolkien y Lewis, colega del primero y discípulo del segundo, dice lo siguiente:

   «Aunque [a Tolkien] le  interesaban los pájaros e insectos en general, parecía sentir un especial afecto por los árboles, afecto que se remontaba a su infancia y a menudo apoyaba la mano en sus troncos. Juzgaba su destrucción innecesaria o sin sentido, casi como un asesinato. La primera vez que le oí decir “orcos” fue cuando escuchamos, no muy lejos, el salvaje aullido de una sierra mecánica. “Esa máquina –dijo- es uno de los mayores horrores de nuestra era”. Dijo que algunas veces había imaginado una rebelión de los árboles contra sus torturadores humanos»

No hace falta haber leído El Silmarillion para darse cuenta de la fascinación que Tolkien sentía por los árboles. ¿Quién no recuerda las estancias palaciegas del Bosque de Lórien, construidas en armonía con árboles centenarios? ¿O al Viejo Hombre Sauce del Bosque Viejo, que embruja a los cuatro hobbits, que tienen que ser rescatados por Tom Bombadil? Por no hablar, claro, de los ucornos y los ents, invenciones completamente originales, de las cuales el citado Sayer dijo, recordando unas palabras de Lewis acerca de Tolkien, que suponían un ejemplo de auténtica inspiración; y me permito enfatizar esta palabra porque, si Lewis la utilizó de forma casual para calificar a Tolkien de «inspirado orador de notas a pie de página» Sayer, converso al catolicismo, aplica un matiz deliberadamente religioso a las siguientes líneas:

«En verdad [Tolkien] es un escritor inspirado. El nivel general de su obra es alto y de cuando en cuando, uno tropieza con pasajes e incidentes de verdadera inspiración. Los ents son un ejemplo. Son una extraordinaria invención que nada debe a ninguna escritura previa y no se parecen a nada que haya existido. Son encantadores y adorables, aunque están tocados también por la tristeza característica de su autor […]»

Ciertamente, el mismo origen de los ents obedece a una profunda preocupación de Yavanna, la Dadora de Frutos. Son creados por ella para la protección de la flora de Arda, especialmente de los árboles, amenazada por los Enanos, creación de su esposo Aulë, el Artesano. Pero, mientras los ents nacen por el ruego de Yavanna a Ilúvatar, los Enanos son adoptados como hijos por éste, una vez creados, conmovido por sus súplicas (en otro pasaje digno de atención, del que ahora no cabe hablar). La historia de los ents se completa con un futuro muy oscuro. Recordemos el lamento desgarrado de Bárbol, decano de los ents y de todos los habitantes de la Tierra Media, por la pérdida de las ent-mujeres y, en especial de Fimbrethil, Miembros de Junco, que abandonaron los bosques sombríos para cultivar jardines con flores y árboles frutales y ya nunca se las volvió a ver.

Pero la de los ents no es la única historia de tema arbóreo; ni siquiera es la más triste. Ni la más importante. El capítulo titulado El oscurecimiento de Valinor habla de la destrucción  de  los Dos Árboles por Ungoliant, la gran araña, que devoró toda su savia con la ayuda de Melkor. Laurelin, el de la luz dorada, y Telperion, el de la luz plateada, creados por Yavanna para ser custodios de la Luz de los Valar, que antes estuvo en las Dos Lámparas, destruidas también por Melkor. La importancia tanto de las Lámparas como de los Árboles, no puede calibrarse bien hasta que Tolkien explica después que el último recurso de los Valar para iluminar Arda fueron el Sol y la Luna. Y no menos importantes resultan ser los Árboles de los Reyes.

De Telperion, el árbol plateado que los elfos de Valinor tanto amaban, Yavanna fue capaz de crear, a su imagen, a Galathilion, idéntico en belleza pero que nunca fue capaz de dar luz propia. Este árbol se plantó en Tirion, la ciudad de  los elfos en Aman, la Tierra Bendecida, primero de los elfos Vanyar y luego de los Noldor. De este árbol, un retoño –Celeborn- fue regalado a los elfos Teleri que vivían en la isla de Tol Eressëa (pues era tan grande su amor por el mar, que nunca lo abandonaron, ni aun cuando se trasladaron a la ciudad-puerto de Alqualondë). En los tiempos en los que Elfos y Hombres de Númenor aún mantenían un trato fraternal, una semilla de Celeborn fue plantada en los palacios del Rey de los Hombres y se llamó Nimloth. Cuando el trágico destino de Númenor se cumplió (de ello hablaremos después), Isildur, con gran riesgo para su propia vida, logró tomar un fruto de Nimloth que llevó consigo a la Tierra Media, pues había sido predicho que la destrucción del Árbol Blanco, conllevaría la destrucción del Reino. Una larga genealogía de Árboles Blancos se sucede: el retoño de Nimloth crece en Minas Ithil (Minas Morgul cuando es conquistada por Sauron, quien destruye de nuevo el Árbol). Una semilla se planta en Minas Anor, después Minas Tirith donde, como sabemos, un Árbol Blanco agoniza sin haber dado una sola flor por centurias, cuando Aragorn regresa a Gondor como Rey. Aparte de la importancia que, dentro de la propia historia tienen los Árboles, quisiera mencionar, casi como casualmente, sin querer establecer una conexión directa, esas dos estampas tan medievales que tienen como símbolo un árbol: la del rey sabio impartiendo justicia a la sombra de un gran árbol; piénsese en San Luis, Isabel la Católica, Leonor de Aquitania o Ricardo Corazón de León. Y la del árbol centenario que simboliza los fueros y libertades de los pueblos, como el de Guernica.

Retomando la historia de la gran araña, recordemos que durante su infancia en Sudáfrica, Tolkien sufrió la mordedura de una araña mono (un simpático bicho que puede llegar a medir 20 cm.). Él mismo reconocía no guardar ningún recuerdo del suceso, pero resulta una explicación muy satisfactoria del siniestro papel que juegan los arácnidos de proporciones colosales en su imaginario. No es una simple excusa para entrar en disquisiciones teológicas que cupiera calificar de bizantinas, pero es obligado ceder la palabra, siquiera por unas pocas líneas, a los Santos Doctores, cuando uno se enfrenta a dos enemigos tan implacables como Melkor y Ungoliant.

Tolkien caracteriza el mal a la manera clásica, como privación del bien. No existe un Ser-Mal; a la manera de Santo Tomás, Ser y Bien se identifican completamente:

«El bien y el ser realmente son lo mismo. Sólo se diferencian con distinción de razón. Esto se demuestra de la siguiente manera. La razón de bien consiste en que algo sea apetecible. El Filósofo dice en el I Ethic., que el bien es lo que todos apetecen. Es evidente que lo apetecible lo es en cuanto que es perfecto, pues todos apetecen su perfección. Como quiera que algo es perfecto en tanto en cuanto está en acto, es evidente que algo es bueno en cuanto es ser; pues ser es la actualidad de toda cosa, como se desprende de lo dicho anteriormente […]. Así resulta evidente que el bien y el ser son realmente lo mismo; pero del bien se puede decir que es apetecible, cosa que no se dice del ser.»

Además, como se ha dicho arriba, sólo Ilúvatar puede crear y en esto Tolkien también sigue a pies juntillas la mejor tradición aristotélico-tomista:

«Contra esto [las tres objeciones que acaba de presentar] está lo que dice San Agustín en III De Trin.: Ni los ángeles buenos ni los ángeles malos pueden ser creadores. Por lo tanto, mucho menos las otras criaturas.»

Ah, pero ¿está claro esto en El Silmarillion? Pues, es cierto que:

«Tú, Melkor, verás que ningún tema puede tocarse que no tenga en mí su fuente más profunda y que nadie puede alterar la música a mi pesar»

Pero, ¿acaso Melkor no logra fabricarse un poderoso ejército con el que sojuzgar la Tierra Media y desafiar a Manwë y los demás Valar? Un ejército de orcos, trols, balrogs, seres terribles que no han sido creados por Ilúvatar. Además, está el problema de los Enanos, que son creados por Aulë, y los ents, que lo son por Yavanna. Está claro que nadie, fuera de Ilúvatar, es capaz de crear de la Nada; en consecuencia, la obra de Aulë resulta imperfecta, y no alcanza su Ser hasta que es acogida por el Único como propia; con los ents sucede algo parecido, aunque el proceso se invierte: Yavanna implora a Ilúvatar que le permita dar Ser a una estirpe de Pastores de Árboles. La explicación de la obra torcida de Melkor es más desagradable; sabemos por El Silmarillion que llega un momento en el que Melkor ya no puede aparecer ante los hombres con la forma hermosa y majestuosa con que solía seducirlos; sabemos también que los balrogs son maiar, aquellos de los Ainur inferiores en poder a los Valar (entre los cuales se cuentan también Saruman o Gandalf). El mal no puede crear, sólo puede corromper, desordenar, colocar las cosas en lugares que no les corresponden. Tolkien no llega a afirmarlo, pero deja las suficientes pistas como para permitirnos deducir, con un cierto grado de certeza, que los orcos no son sino elfos seducidos por Melkor.

Pero, ¿qué hay de la gran araña? ¿Qué hay de Ungoliant? Hay que recordar que Ungoliant es, junto con los Valar, el único ser de Arda que llega a causar miedo a Melkor; el hambre insaciable de Ungoliant es la debilidad de la que Melkor trata de aprovecharse para obtener su ayuda pero ésta, a su vez, se aprovecha de la ciega soberbia del Enemigo para, en última instancia, tomarle ventaja.  La figura de Ungoliant completa la colección de perversiones de Melkor: Ungoliant es la Gula, tal vez el único de los pecados capitales que Melkor mismo no encarna. En otro sentido, el hambre de Ungoliant no puede saciarse nunca, porque representa el hambre de quien quiere saciarse por sí mismo. Ésta es una idea que desarrolla con particular talento Kierkegaard en Los lirios del campo y las aves del cielo, comentando el pasaje homónimo del Evangelio según San Mateo; el alma sólo se solaza en la Verdad, y la oscuridad de Ungoliant destruye todo atisbo de Verdad. Puesto que Ungoliant tiene un gran miedo a los Valar, teje una red de No-Luz, que absorbe los rayos de Laurelin y Telperion y la oculta incluso de la mirada de Manwë, desde su trono en la más alta de las montañas de la Tierra Bendecida. Ungoliant y Melkor avanzaron hacia los Dos Árboles, ocultos dentro de la red de oscuridad, mientras todos en Valinor estaban de fiesta; y, cuando Melkor hirió a los Árboles con su lanza y Ungoliant devoró su savia, emponzoñándolos con su veneno, «la Luz menguó; pero la Oscuridad que sobrevino no fue tan sólo falta de luz. Fue una Oscuridad que no parecía una ausencia, sino una cosa con sustancia: pues en verdad había sido hecha maliciosamente con la materia de la Luz y tenía poder de herir el ojo y de penetrar el corazón y la mente y de estrangular la voluntad misma»

Éste es probablemente el pasaje más complicado de El Silmarillion; una oscuridad que parece tener sustancialidad y un monstruo de proporciones colosales con un hambre inagotable, que es capaz de causar terror al mismo Enemigo Melkor.  El problema del mal es un desafío teológico de primer orden y hasta los más grandes y sabios de entre los doctores han dudado, en ocasiones, de una manera muy sutil como en estas líneas acerca de, hasta qué punto el mal es una simple privación, more agustiniana de un bien que tendría que estar ahí. A mi entender Tolkien, como escritor católico, precisamente por no ser teólogo, no podía simplemente adoptar una postura teórica. Tolkien, como escritor católico, debía ser capaz de asumir las dificultades y tensiones internas que se encuentran en el seno de la teología y plasmarlas en su literatura.

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