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Carlos Hernanz: Una lectura de El Silmarillion de J.R.R. Tolkien (I)

Escribir algo de interés acerca de la obra de Tolkien en el contexto español constituye hoy algo casi a la moda. Pero la plétora de páginas que salen a la luz comentando la importancia fundamental de autores como Chesterton y Tolkien y otros del llamado renacimiento católico inglés, parecen obviar la circunstancia de que en España encontramos una fecunda tradición de autores católicos que también lo son en un sentido político del término. Ya sean carlistas o tradicionalistas, sus escritos tienen, obviamente, un mayor enganche con nuestra propia historia y. en buena lógica, deberían resultarnos más provechosos que recurrir a pretendidos tradicionalistas extranjerizantes.  

No obstante, existen razones de peso para reivindicar una lectura atenta de algunos de estos autores. Si se quiere, de manera meramente propedéutica, con vistas a una posterior lectura de los tradicionalistas patrios.  La razón es el notable cambio en el contexto cultural y político desde los tiempos de los grandes pensadores carlistas españoles hasta nuestro presente y que contrasta con el ambiente de constante combate intelectual en el que debieron vivir Tolkien, Chesterton, Newman etc. El renacimiento católico inglés fue un periodo que no tuvo correlato en nuestras letras, dada la continuidad católica de nuestro país, hasta tiempos muy recientes; pero ahora cobra una gran relevancia, porque la situación actual del catolicismo en España se parece mucho a la del catolicismo inglés de aquellos días.  También España necesita hoy una nueva conversión. En cierto modo, la Inglaterra finisecular, con una incipiente comunidad católica que comenzaba a crecer tras siglos de persecución, ofrece interesantes paralelismos con esta España en la que la mermada y decreciente comunidad católica se encuentra abocada a una lenta desaparición si no es capaz de articular nuevos medios de evangelización; y, salvo futuras sorpresas, el balance que hemos de hacer de las recetas oficiales no es muy halagüeño.

Si este argumento no resulta convincente, que bien pudiera ser, conviene recordar, como hecho, que Tolkien (me centro ya exclusivamente en el autor del que voy a tratar) es un autor muy leído en ámbitos católicos e incluso fuera de ellos, pero sus posiciones políticas y religiosas pasan desapercibidas muy habitualmente. De tal modo que, el nada desdeñable número de lectores que adquirió merced a las versiones cinematográficas que se vienen realizando de algunas de sus novelas, desconoce por completo que Tolkien no sólo era católico sino, como fue muy habitual entre los católicos ingleses, enemigo declarado de la nueva Misa. Y, aunque él nunca lo expresara de este modo, un auténtico tradicionalista en política. ¿Cómo si no habría de interpretarse esa expresión, un tanto críptica, que utilizaba para designar sus convicciones políticas, la monarquía inconstitucional?

¿Por qué El Silmarillion? Ante todo, porque estas páginas ya estaban escritas cuando el prof. J. M. Gambra tuvo la gentileza de considerar que eran dignas de publicarse aquí; tal vez, de no haberlo estado, habría resultado de mayor interés presentar aquello de Tolkien que queremos destacar, a partir de la lectura de El Señor de los Anillos, relato mucho más conocido que el que nos ocupa. Sin embargo, el carácter de El Silmarillion, que se asemeja más a un poema épico, como pueda serlo la Ilíada o el Cantar de Mío Cid que a una novela, su meditada redacción y la variedad de sus relatos ofrecen un campo de estudio más amplio que el resto de obras de Tolkien. Concédame, al menos, el amable lector que no se trata de un prurito de intelectualismo.

Por esta amplitud que acabo de señalar, al abordar la ímproba tarea de tratar de decir algo acerca de esta monumental obra, resolví ceñirme a un número limitado de capítulos, los más destacados, aunque, en ciertos momentos es obligada la cita de sucesos contenidos en El Señor de los Anillos.  Convendría, tal vez, un brevísimo resumen de los hechos a los que nos referiremos: El Silmarillion, es una colección de relatos que constituyen, en el contexto de la obra de Tolkien, el sustrato cultural, histórico, religioso incluso, de los acontecimientos que se narran en El Señor de los Anillos. En ellos, se narra la historia de los Silmarils, las tres joyas epónimas, de su creación, por parte del elfo Fëanor, de su robo por parte del Enemigo Melkor (versión tolkieniana de Lucifer), de todas las desgracias que sobrevinieron a cuantos trataron de apoderarse de ellos y de su definitiva desaparición. Antes de éste, relato principal de la obra, se narra la creación de Arda (la Tierra, una parte del universo creado por Tolkien, denominado Ëa, que significa ¡Sea! en lengua élfica) por parte de Eru-Ilúvatar, el Único (no hace falta decir que representa, en el universo tolkieniano, a Nuestro Señor, Creador omnipotente), así como de los tres principales órdenes de seres: los Ainur-Valar o Sagrados, especie de hueste angélica, que gobiernan Arda en nombre de Ilúvatar y contribuyen a su creación. Podría decirse, en un cierto sentido, que ultiman detalles. Por otro lado, los Elfos, Primeros Nacidos, especialmente bendecidos por Ilúvatar, no sujetos a corrupción ni muerte; y los Hombres, Segundos Nacidos, poseedores del Don de Ilúvatar, la Muerte. Melkor-Morgoth, el Enemigo, es uno de los Valar, caído por su soberbia y que desea apoderarse de Arda, pues aborrece todo lo que ha sido creado por Ilúvatar. El Silmarillion es, pues, en líneas muy generales, el relato del enfrentamiento de Melkor y los Valar por Arda, que encuentra entre medias a Elfos y Hombres, que deberán tomar partido. Cabe señalar, además, que el último relato incluido en El Silmarillion es una crónica resumida de los hechos que se narran en El Señor de los Anillos.

Sentado lo anterior, procedamos.

Trataré de esbozar de manera muy breve el problema que ha supuesto Tolkien para gran parte del mundo académico: mi impresión general es que, para el sector católico, Tolkien resulta demasiado pagano, demasiado complejo, demasiado erudito y, en cierto modo, demasiado inglés. Aunque en realidad, el problema bien pudiera ser que Tolkien es ante todo un reaccionario, un tradicionalista; y, si se me permite un poco de entusiasmo, muy probablemente carlista, de haber sido español. Para el sector que he decidido llamar de manera genérica escéptico, Tolkien es un autor demasiado bueno para dejarlo escapar y no ha faltado quien ha querido ver en el tono trágico de su obra una lejana reminiscencia del final siempre dramático de las sagas nórdicas, en las que se vence al dragón, con la certeza ineludible de que el dragón siempre vence al final. El Señor de los Anillos –y utilizo como sinécdoque el título de la parte más conocida de la narración, de la cual El Silmarillion es, algo así como el libro del Génesis- es una obra rotundamente católica. Católica. No mera ni genéricamente cristiana. Explicaremos por qué más detalladamente, aunque es el mismo Tolkien quien lo dice:

«El Señor de los Anillos es, desde luego, una obra fundamentalmente religiosa y católica; de manera inconsciente al principio, pero consciente en la revisión. Esta es la razón por la cual no introduje o después suprimí, prácticamente toda referencia a cualquier tipo de “religión”, cultos o prácticas de cualquier clase en el mundo imaginado. El elemento religioso es absorbido por la historia y la simbología»

Antes de continuar, debo confesar que no puedo atribuirme en absoluto el posible mérito que puedan tener mis palabras, pues en su mayoría las he tomado de una colección de ensayos acerca de Tolkien, recopilados por J. Pearce, titulada J.R.R. Tolkien: señor de la Tierra Media. Precisamente, en estas páginas se suscita un interesante debate acerca de la naturaleza o, por mejor decir, el fundamento de la mitología tolkieniana y conviene dar unas pinceladas generales antes de abordar cuestiones más específicas.

Cabe hacer, pues, una distinción entre alegoría y parábola, distinción que provocó una agria disputa entre Tolkien y C.S. Lewis, a cuenta de las Crónicas de Narnia de este último. Definiendo brevemente la alegoría como la plasmación en el discurso de un sentido recto y otro figurado, ambos completos, por medio de varias metáforas consecutivas, a fin de dar a entender una cosa expresando otra diferente; y la parábola como aquella narración de un suceso fingido del que se deduce, por comparación o semejanza, una verdad importante o una enseñanza moral, puede verse claramente que la intención de Tolkien fue siempre la de escribir parábolas. No obstante, es muy probable que él rechazara un título con tales resonancias evangélicas. Parábola o historia, en sus términos, esto es, relatos subsistentes por sí mismos de los que puede predicarse una cierta aplicabilidad. Él mismo lo explica así:

«Prefiero la historia auténtica o inventada, de variada aplicabilidad al pensamiento y experiencia de los lectores. Pienso que muchos confunden “aplicabilidad” con alegoría; pero la primera reside en la libertad del lector y la otra en un pretendido dominio del autor»

Y, de nuevo:

«Desde luego, la Alegoría y la Historia  convergen, encontrándose en algún punto de la Verdad. De modo que la única alegoría perfectamente coherente es la vida real, y la única historia plenamente inteligible es una alegoría. Y uno comprueba, aun en la imperfecta “literatura” humana, que cuanto mejor y más coherente es una alegoría, tanto más fácilmente puede leerse “sólo como historia”; y cuanto mejor es una historia y más estrechamente entretejida está, más fácilmente pueden encontrar en ella una alegoría los que estén inclinados a hacerlo. Pero ambas cosas parten de extremos opuestos».

Tan subsistente es por sí mismo el mito de Tolkien y tan rico, que incluso la gran factoría de la “cultura” en Occidente, Hollywood, ha hecho su contribución a su  difusión y popularización. Se trata de una historia-parábola tan bien elaborada que el mundo cierra los ojos al hecho de que, quien la escribió, también escribió esto:

«Pero, en serio: el cosmopolitismo americano me parece aterrador».

 

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