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Álvaro de Tarfe. «Consideraciones sobre el Devocionario del Requeté : ‘Otros deberes de Caridad’».

 

Consideraciones sobre el Devocionario del Requeté : «Otros deberes de Caridad».

 

«Fíjate donde pones una gota de pesimismo, cuando das lugar al derrotismo, cuando fomentas la tristeza y el desaliento ¡Cuánto daño haces al amigo y

Don Manuel Fal Conde, Jefe Delegado de la C.T. Autor del Devocionario del Requeté

cómo perjudicas a la causa!

El que fomenta la discusión sobre los aciertos del mando el que se cree estratega improvisado, el que da tregua a la confianza, está colaborando con el enemigo.

Este deber principal es la alegría. Quien tiene en su alma la paz de Dios y lleno el corazón de amores puros no puede estar triste, debe estar alegre, como alegres están los ángeles en el cielo, como alegre es la victoria que esperas y como alegre es el deber cumplido.

Canta nuestros himnos, anima a todos con tu ejemplo, desecha todo pesimismo y harás al amigo el mejor servicio»

Exordio

La Santa Causa, a la que humildemente servimos, sufre con frecuencia arteros ataques que atentan contra el espíritu militante dentro de sus propias filas: desalentando con pesimismos, minando la confianza con suspicacias, debilitando las fuerzas vivas, valiéndose de la murmuración o la calumnia, ya sea en corrillos sociales o trincheras virtuales, de tal manera que pueden llevar a vía muerta las más bellas y nobles iniciativas.  Que el enemigo quiera hacer daño está dentro de la lógica de la guerra; mas, lo hace desde fuera. Pero, que dentro de nuestras propias filas se produzcan estos ataques, que personas afines se presten a esta labor… ¡Es lamentable!

Su Majestad el Rey Don Carlos VII nos dejó en sus Memorias y diario unas líneas que debemos meditar:

En estos momentos debemos nosotros estar preparados; preciso es trabajar sin descanso. Cuando pienso en estas cosas, cuando por la noche hago mi examen político, hay veces que no duermo, bramo, me desespero, cuando veo que personas que ciertamente desean el triunfo hacen todo lo posible para alejarlo y lo hacen los unos por ambición o intransigencia, los otros por desidia o envidia, los más por la impaciencia misma de ver realizados sus deseos. La indisciplina, la falta completa de respeto a la autoridad lo mata todo. Cierto que el Centro de la Frontera trabaja; cierto que el de Madrid y provincias hacen lo que pueden; cierto que yo estoy apretándoles constantemente para que trabajen, sean activos, se hagan respetar y no toleren ciertas cosas; pero ¿de qué sirve todo esto?. ¿De qué sirve hacer planes brillantes? ¿Para qué tener generales y masas? Una organización casi completa cuando los nuestros son tan revolucionarios como los demás, cuando no basta el principio de autoridad para que haya sumisión, cuando estamos en plena impunidad y cada quisque del partido se cree en condiciones para ser Ministro o General. ¡Triste situación! ¡Pero es una verdad! Y por más que los que así obran pertenezcan al partido de la abnegación y del sacrificio, al partido que aún conserva fe en sus principios, es una cosa que no se concibe. Si se mira la masa del pueblo, se ve una cosa enteramente distinta; esa es la parte del cuadro que presenta al verdadero partido español; allí hay hombres que nada más desean que coger el fusil y salir al campo, con la única esperanza de recibir un balazo que les mate o les inutilice, o de volver de la guerra a trabajar sus tierras como antes lo hacían, con la satisfacción de haber servido a Dios, al Rey y a la Patria (págs. 175-6).

Servir a la Santa Causa de la Tradición es algo importante, y cuanto más la conocemos y amamos,  más nos damos cuenta de que en verdad la necesitamos, hoy más que nunca: por su perennidad trasciende las modas, por su universalidad no incide en parcialidades, por su congruencia está blindada a las frivolidades. Con su vitalidad, todo lo vivifica. Su luz nos ilumina. No es algo accesorio, secundario, sino necesario. No es un hobby para frikis con ánimo de singularizarse, no es el pasatiempo de los aburridos, ni el club privado de una cierta clase social. Quien sea consciente de que es el amor a Cristo Rey el que nos urge y el amor a los hermanos el que nos impulsa a actuar por el bien de sus vidas y sus almas, quien sienta en su alma esta noble vocación y esté dispuesto a abrazar la cruz y seguirle, podrá comprender fácilmente que aquello que está en juego es de transcendental importancia.  Dentro de las filas del Tradicionalismo el fermento subversivo está presente en algunos corazones por malicia, en otros por debilidad; en muchas mentes, en unas por ignorancia y en otras por perversidad, el fomes peccati genera sus lamentables consecuencias;  perversa levadura que todo lo corrompe y contamina. Los ecos infernales del non serviam encuentran en el liberalismo contemporáneo, aliado con nuestros egoísmos y personalismos, una magnífica caja de resonancia. Con San Miguel debemos repetir «¡Quién como Dios!».

Y si hacer política es ocuparse y preocuparse por el bien común, quienes sienten esa vocación tienen que persuadirse de que no se puede hacer política sin abnegación. Cuando aquello que les mueve es conservar egoístamente su bienestar, está todo viciado desde el principio: el principio según el cual el bien común prevalece sobre el bien particular. Es nuestro deber «buscar primero el reino de Dios y su justicia, y todo lo demás vendrá por añadidura» (Mt. VI, 33). San Agustín nos enseña que, para construir la Ciudad de Dios, debemos aprender a despreciarnos a nosotros mismos. Esto exige el sacrificio de un cúmulo de cosas a las cuales el hombre contemporáneo no siempre está dispuesto a renunciar: amor propio, voluntad propia y juicio propio que son consubstanciales al individualismo; es algo que no se podrá conquistar jamás sin salir de lo que hoy llaman «zona de confort». Es necesario que se venzan antes que nada estos enemigos íntimos e interiores con la humildad, docilidad y confianza. Vencer el temor al qué dirán, a la discriminación, a la excomunión, a ser señalado con el dedo: todo esto ha llevado a muchas apostasías, traiciones y deserciones.

No es de asombrar que tengamos defectos, pues solo Dios es perfecto y nadie le puede argüir de pecado (Jn. VIII, 46). Pero ¿nosotros? Lo digno de asombro es que tengamos aún algo bueno, y por eso cada día debemos trabajar para ser mejores y servir de la mejor manera a causa tan noble y santa. Pero esto dicho, quisiera decirles a los militantes perplejos los siguientes conceptos:

A los críticos en general:

Frater, sine ejiciam festucam de oculo tuo (Lc.VI,41)

«¿Por qué miras la paja que hay en el ojo de tu hermano y no ves la viga que está en el tuyo? ¿Cómo puedes decir a tu hermano: “hermano, deja que te saque la paja de tu ojo”, tú que no ves la viga que tienes en el tuyo? ¡Hipócrita!, saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la paja del ojo de tu hermano» (Lc. VI, 41-42). Las críticas desenfadadas, frívolas o mal intencionadas, las cuales uno puede esperar que procedan de la incomprensión o de un error de formación, más que de una actitud deliberada, pues de buenas intenciones está empedrado el infierno, tienen un efecto nefasto en lo que se refiere al bien común, a la Causa. Aunque algunas ya han sido advertidas y corregidas,  siguen en sus trece con pertinacia y tozudez, para desgracia suya y nuestra y detrimento de la Tradición. Critican diversos aspectos, disparan sobre distintos flancos, socavando los cimientos de las instituciones. Entonces no queda más que encomendarse a Dios y rezar para que Nuestro Señor los perdone porque no saben lo que hacen. Tiran a la cabeza, pero por la espalda. Con frecuencia estas críticas no son otra cosa que pereza, cobardía, egoísmo disfrazado, orgullo ofendido, resentimiento y venganza, tibieza, liberalismo crónico.

Contentar y agradarles es imposible: eternos insatisfechos.  Se les aplica este versículo de Mt  XI, 16: «¿Mas a quién diré que se parece esta generación? Es parecida a los niños, que sentándose en la plaza, dicen a sus compañeros: “hemos cantado por vosotros, y no bailasteis; nos hemos lamentado y no llorasteis”; vino, pues, Juan, y no come ni bebe, y dicen: tiene el demonio: vino el Hijo del hombre, come y bebe, y dicen: ved aquí al hombre voraz y bebedor, al amigo de los publicanos y de los pecadores». Es una generación a la cual nada le viene bien, ni lo que haga y diga San Juan, ni lo que pida y enseñe el Señor; por eso no está lejos la maldición que sobre esta generación profetiza Nuestro Señor, la cual, por no prolongar el texto, recomiendo para su lectura y meditación.

A  los autodispensados

Rogo te, habe me excusatum (Lc. XIV,19)

En el arte de buscar excusas nadie los iguala. El Evangelio nos deja un ejemplo: aquellos invitados que aducían que habían comprado un campo, se acababan de casar o debían probar unos bueyes. (Lc. XIV, 15-24) Y eso que el Señor no los invita a tomar por asalto, con la bayoneta calada, las trincheras enemigas, los invita a una boda, a una fiesta. Expresan con tono grave trascendentales nimiedades, tratando de convencer con ellas a quien pide un servicio o favor; solicita su presencia para determinada ocasión; ordena una determinada misión; un aporte o un apoyo. En realidad ni siquiera ellos mismos se creen lo que dicen y a nosotros no nos queda más que mirarlos, como miraron al joven rico: con tristeza, pues perdieron la cita única que tenían con la magnanimidad, el heroísmo o la santidad. No es de extrañar que luego quienes ocupan sus plazas sean los cojos, tullidos y ciegos. Y las cosas se terminan haciendo con la limosna de los pobres, el óbolo de la viuda, el esfuerzo de los débiles y las luces de los tontos.

Disimulan su pereza diciendo que la acción que se realiza no es eficaz ni oportuna: entonces, en vez de ayuda nos dan consejos; esconden su cobardía, aduciendo que la estrategia no es ni prudente ni adaptada, y en ese caso, para excusarlos y no desalentarnos, consideramos que nos hemos equivocado nosotros al pedirle peras al olmo; y el egoísmo, porque ya dio o hizo bastante. Entonces, ante esta higuera estéril, llena de follaje y vacía de frutos, antes de maldecirla, nos decimos que, regándola y podándola un poco, tal vez mas adelante esté en condiciones de responder a nuestras esperanzas. San Ignacio, cuando nos ayuda a meditar la proclama de Cristo Rey, nos recuerda que no solo pondrán al servicio de su Divina Majestad sus personas, sino también todos sus bienes. Todo lo que somos y poseemos de bueno, a Dios se lo debemos. Y si Dios que está en ti, como está en las plantas vegentando y en los animales sintiendo, te hace comprender que no hay mejor manera de invertir lo que tenemos y somos que en Él mismo, pues solo Él es capaz de asegurarnos el ciento por uno, nada más acertado que aplicarnos en multiplicar los muchos o pocos talentos poniéndolos todos a su servicio: ¿tiene tiempo para Él?  Pregúntese quién le ha otorgado el tiempo. ¿No tiene dinero para la Causa? ¿Quién le concedió sus talentos? Es importante que nos hagamos estas preguntas antes de la rendición de cuentas.

A los activistas

Non in commotione Dominus (III Rey. XIX,11)

Quienes formulan críticas sobre el realismo prudente de nuestros jefes, quienes preconizan el activismo, podrían preguntarse qué beneficio han aportado a la Santa Causa,  pero no lo hacen. Sería necesario que hicieran ese examen de conciencia, y luego de pedir perdón al Señor, aprendieran de sus errores e hicieran propósito de enmienda. Con harta frecuencia, en el ámbito tradicionalista se han desperdiciado valiosos talentos en estos vergonzosos menesteres. Y a pesar de esos errores, persisten en imponer su juicio propio, su punto de vista subjetivo, sus pasiones por encima de las razones, sus impulsos sobre la prudencia, sus criterios nostálgicos de tiempos de «exaltación patriótica» o «histeria colectiva», que no han sido más que maltusianismos estériles. A estos Boanerges, hijos del trueno, agitadores de ánimos y de espíritus, de banderas y pancartas, que quisieran serlo también de masas, les recuerdo que Dios no estaba ni en el viento, ni el terremoto, ni el fuego; estaba en la brisa calma (III Rey. XIX-12). Debemos trabajar con calma, pero sin pausa.

A los individualistas

Vae soli! ¡Ay del hombre solo! (Ecc. 4,10)

“Así como el cuerpo tiene muchos miembros, y sin embargo, es uno, y estos miembros, a pesar de ser muchos, no forman sino un solo cuerpo, así también sucede con Cristo” (I Cor. XII,12)

El liberalismo moderno tiene un hijo legítimo que es el individualismo contemporáneo; sustraernos a su deletérea influencia, potencia de inmediato la fuerza de las instituciones. Aislados, son presa fácil del desaliento; solos, victimas seguras del enemigo. Muchos de quienes tienen el haz de flechas como ideal, por un impulso individual no son más que flechazos disparados al azul infinito: solitarios, se pierden en el vacío de la nada, simplemente porque no son capaces de permanecer uncidos al yugo y tirar del carro mancomunadamente. Incapaces de trabajar en equipo. Sin sentido de cuerpo, a sus jefes no rinden cuentas, y si no son díscolos en los dichos, lo son por los hechos. Francotiradores, o mercenarios, no aceptan disciplina ni estructura. Sordos a las órdenes, indolentes ante las urgencias. Aislados, ni comunican ni comparten, y aun así tienen la veleidad de considerarse parte de lo que es sobre todo Comunión: Comunión de almas, de ideales, voluntades mancomunadas en la prosecución del mismo fin; amasadas en la abnegación con la levadura del espíritu, propiciaran la victoria por todos anhelada.

A los derrotistas

Qui sunt hi sermones, quos confertis ad invicem ambulantes, et estis tristes? (Lc. XXIV,17).

Es capital entender que quienes acallamos en nuestro propio corazón los gritos de desaliento y derrotismo, como venidos del mismo infierno a

Abrazo de Vergara

nublar la razón y debilitar la voluntad y nos llevan a desertar de nuestro deber, tenemos la necesitad de pedir a quienes propagan el mal espíritu que, por favor, al menos se callen. Por experiencia personal sabemos cuánto la carne lucha contra el espíritu, cuánto el egoísmo se levanta contra el heroísmo. Por esta razón, a los que, desde nuestras propias filas, nos debilitan con críticas erróneas e injustas, que no aportan más que zozobra y derrotismo, sacando fuerza de flaquezas, debemos ser capaces de decirles como lo hizo Cristo con San Pedro, cuando le impedía realizar la voluntad de su Padre de ir a la muerte: «Vade retro, Satanás».

Hasta los mismos apóstoles fueron tentados por un reinado mesiánico, temporal y terreno. Entre ellos las expectativas de un puesto junto al trono de Cristo Rey provocaban disputas y desacuerdos. Por tener las miras puestas en lo material, el Calvario significó para ellos una derrota. Tú soldado de la Tradición tendrás un lugar junto al trono de Dios, pero antes debes luchar por su causa, la Causa de la Santa Tradición. Sabemos que ella es la Santa Causa de Dios, y así como nos enseñó a pedir para que «venga a nosotros tu reino», nos llama a combatir dando la cara al enemigo armándonos soldados en la confirmación. Mientras estés en pie de guerra, sirviendo a Dios y a España, harás realidad aquella promesa que nos dejó para que no desesperáramos jamás: «las puertas del infierno no prevalecerán» (Mt. XVI,18) .

A los pesimistas

Esto vir.

Las huestes plañideras de quejicas afectan letalmente al bien común, sembrando desánimo y desazón. Cuando consideran la situación, es solo para lamentarse y proyectarse hacia un futuro aún más sombrío que el mismo presente. Espiritualmente derrotados, están vencidos en su interior; con auténtico fatalismo islámico, se refugian en la escatología, sin fe ni esperanza; afeminados, han abandonado toda militancia. Qué desgracia que cuando Dios cierre para siempre el libro de la historia, cuando los ángeles resuenen las trompetas finales, los encuentren llorando, las armas empolvadas en un rincón y los talentos enterrados; y quede eternamente en blanco la última página de heroísmo y gloria, de santidad y victoria.  Lloran como mujeres lo que no han sabido defender como hombres. Ante esta situación, el quejoso resignado es un desertor, y quien propaga el desaliento, un traidor, un tonto que pareciera que necesitara el mal de muchos para encontrar consuelo. Por esta razón, es prioritario corregir esta falta de caridad y voluntad, si no queremos colaborar con el enemigo en su objetivo de no dejar piedra sobre piedra y, en última instancia, tengamos que pedir con los defensores del Cuartel de Simancas: «El enemigo está dentro, disparad sobre nosotros».

El quejica jamás hace un mea culpa. Ya en el Génesis, sin ir más lejos, la culpa se la cargan primero a la serpiente, luego Adán culpa a la mujer y ambos, finalmente, se atreven a blasfemar culpando al mismo Dios. El quejica es verdaderamente digno de lástima. Si fuera capaz de hacer un mea culpa sincero, ya tendría un principio de solución, antes que su llanto sea para siempre, eterno. El Devocionario del requeté nos alienta a estar siempre alegres, a corregir la carencia de devoción, esa virtud que hace que la voluntad esté presta y dispuesta siempre a servir a Dios. Bueno, voy a dejar de quejarme del quejica y paso al siguiente.

A los consejeros

Quis consilium suum ostendit illi? Cum quo iniit consilium, et instruxit eum et docuit eum semitam iustitiae et erudivit eum scientiam et viam prudentiae ostendit illi? (Is. XL,13,14).

Ya tenía Carlos VII su corte de «ojalateros», los que siempre estaban con el «ojalá Carlos VII tal cosa, ojalá Carlos VII tal otra». El coro de los «hay que»,  sabelotodo, dadores de consejos es legión. Oportuno sería cambiar esa coletilla por la de «¿qué tenemos que hacer?». Y dejar de decir que porque no hacemos lo que exigen y reclaman no hacemos «nada». Que porque no somos complacientes con los caprichos y veleidades de unos y otros, estamos en las nubes.

Ramón Cabrera

La inconformidad de algunos correligionarios revela que el primero de nuestros problemas es precisamente la actitud de tales «correligionarios», pues es fruto de la mentalidad consumista y clientelista contemporánea, sin sentido de pertenencia, acostumbrada democráticamente a elegir el primer plato, el segundo y el postre en la carta que a su individualismo se ofrece y eligen solo lo que más les apetece. Y si se deciden a abrazar la cruz del servicio, piden que por favor le pongamos almohadas.

En este sentido, soterradamente, con tozudez, tratan de llevar a los que dirigen a sus pareceres particulares. Gracias a Dios, nuestros jefes  tienen las cosas claras y sus líneas de acción son netas y precisas, para no desviarse un ápice de la ruta señalada, y evitar así ser juguete de la opinión pública, del cliente déspota acostumbrado a ser rey en esta sociedad consumista. La fábula de aquella familia que pretende hacer un viaje con su burro es un ejemplo para no dejarnos presionar ni impresionar por tantos correligionarios que, como niños malcriados, quieren que se dé contento a sus distintos y diversos caprichos. Por otro lado, siempre están abiertos a los consejos y sugerencias, pero ¡por favor y por piedad; si queremos avanzar no les carguemos la romana, que nos cargamos la Causa!

 

A los piadosos

Non omnis, qui dicit mihi: “Domine, Domine”, intrabit in regnum caelorum, sed qui facit voluntatem Patris mei, qui in caelis est (Mt. VII,21)

Un militante tiene deberes y gracias, que no son los de los clérigos: estos están al servicio del altar; mientras que los seglares, del trono. Hoy sufrimos una profusión exorbitante de prelaturas laicales que surgen como setas en otoño. La confusión de estados y misiones sin distinciones, de laicos clericalizados y clérigos aseglarados, aumenta el caos en el que estamos inmersos. Entonces para algunos que mezclan la piedad religiosa con la piedad patriótica, sus manifestaciones son las procesiones, y sus reuniones, cofradías. La caridad política de Pio XI se va a reducir exclusivamente a obras de misericordia, que no se han de excluir, pero sí jerarquizar; pues el orden de la caridad que Santo Tomás nos enseña tiene unas prioridades que se deben aplicar a rajatabla. Si además les agregamos el voltaje carismático que, por vertientes espirituales, proviene de fuentes protestantes, los deberes patrióticos serán bastardeados por las emociones existenciales, y los adictos de la adrenalina lo reducirán a las sensaciones y emociones, que arderán como fuego de paja y pronto serán cenizas. Y sin embargo el justo vive de la fe (Rom. I, 16). Otros, más filantrópicos, buscando buena conciencia y su diploma de «ciudadano con valores», practicarán la solidaridad en diversas causas humanitarias y, cuanto más lejos de su Patria, mejor. Otros, ante las desgracias presentes te dirán piadosamente «hay que rezar, rezar mucho» y al necesitado «que vaya en paz» (St. II,16) El consejo que el Devocionario del Requeté nos deja es claro: «Tu piedad antes que “rezadora” ha de ser práctica: “a Dios rogando y con el mazo dando” nos queda de la sana sabiduría popular. El practicismo de la piedad, su principio y fundamento, es la paz con Dios». Sin hipocresías ni fariseísmos, profesando verdadero amor al Padre y a la Patria, a Dios y España. La piedad auténtica se manifiesta en el servicio y amor a la Tradición: por ella vivir y morir.

A los caudillos

Maldito el hombre que confía en el hombre (Jer. XVII,5), sea líder o caudillo, cacique o emperador, pues el fin último de todo buen cristiano es el mismo Dios. No podemos permanecer como la doncella romántica en la perpetua espera del príncipe azul. El hombre providencial que por carisma o arte de magia pudiera venir a solucionar los problemas y arreglar la situación no puede ser el premio a la pereza y la inacción. En el plan providencial no está él; en ese plan, en esta realidad, estás involucrado, y Nuestro Señor no permite dimisiones. Él mismo te pedirá cuentas de la viña que te confía. Estás obligado a realizar lo posible, eres responsable de aquello que está dentro de tus posibilidades; de lo imposible se ocupa Él, pero jamás derrocha milagros, y menos en beneficio de los perezosos. Llenad las hidras de agua, y Él las convertirá en vino; aportemos nuestros cinco panes y dos peces, y Él alimentará a la multitud con creces; quita la piedra de la sepultura, y Él llamará a Lázaro. Cuando a Clavijo vino Santiago, fue en ayuda de aquellos que combatían, no de quienes a toda hora del día permanecen ociosos en la plaza o esperan que llegue Moisés a abrirles las aguas.

Dios nos guarde de esos «líderes» improvisados, con ansias de protagonismo, frívolos, fundadores carismáticos, que no vienen a servir, sino a ser servidos. Que con discursos demagógicos seducen los corazones y crean expectativas vanas para luego frustrar esperanzas e ilusiones. Tratan sin respeto ni consideración a las personas que, desencantadas en sus anhelos y decepcionadas en sus expectativas, pasan a formar parte de la ingente tropa de escépticos sin esperanza, drenando nuestras filas de buenas voluntades. «Porque no es aprobado el que se recomienda a sí mismo sino aquel a quien recomienda el Señor» (II Cor. X, 18); «ciegos son, y guías de ciegos. Y si un ciego guía a otro ciego, entrambos caen en el hoyo» (Mt. XV, 14). Inconscientes de que lo único que quieren es mandar, gobernar, así sea una mínima parcela de poder, sin considerar que un día darán estrecha cuenta al Sumo Juez y Eterno Rey de cada una de esas responsabilidades que asumieron motu proprio y no precisamente por el bien común. Todos sabemos que nunca un mal soldado fue buen jefe. Dios quiera que a la sombra de los que hoy dirigen, se multipliquen los jefes de mañana; todos, soldados y capitanes, tienen la oportunidad de formarse y forjarse para asumir dignamente las responsabilidades del futuro, los desafíos de mañana, sin olvidar que hay un tiempo para cada cosa.

Liderar grupos instrumentalizando los ideales, exaltando los vínculos de la amistad, fundándose en un sentimiento romántico inspirado en mitos y leyendas, en tiempos pasados y pretéritos contextos históricos, es estar al margen de la realidad y de nuestras tradiciones. Peñas y clubes los hay variopintos, pero un mínimo de responsabilidad ante Dios y el prójimo debería animarles a descartar estas iniciativas que no se injertan en la Tradición, es decir que no son  fieles a nuestra idiosincrasia y pasado histórico. Es dejarse instrumentalizar por el enemigo del hombre, que explota la frivolidad persuadiendo a unos y a otros de haber descubierto aquella fórmula mágica, con varita o sin ella, que todo lo soluciona. San Juan Bautista nos dejó un ejemplo en el sublime servicio de los precursores que debemos ser de Nuestro Señor y de tiempos mejores: «Es necesario que Él crezca, y que yo mengüe» (Jn. III,30). Para nuestra desgracia, el «yo» que no se conjuga en plural ni se suma al «nosotros», perece de inanición; el que no está con Él, siempre desparrama. (Mt. XII,30).

Celo amargo es lo que destilan estos corazones avinagrados plenos de hiel; de quienes frustrados por querer ser cabeza de ratón y no cola de león, quisieron ser ellos mismos y, lo más triste para ellos, es que acabaron por lograrlo. Es lógico que se sientan amargados: no había en ellos intención alguna de practicar esa abnegación que exige llevar su Cruz en pos de Cristo y por la Causa de Cristo; porque la Ciudad Católica se construye, según nos enseña San Agustín, «del amor a Dios hasta el desprecio de sí mismo». Y esto supone renunciar al amor propio y puntos de vista personales, al egoísmo y a intereses particulares, al confort y sus comodidades, a los proyectos carismáticos de quienes creen haber encontrado la piedra filosofal, olvidando que la Ciudad Católica no está por inventar: «no se edificará la ciudad de un modo distinto a como Dios la ha edificado; no, la civilización no está por inventar, ni la nueva ciudad por construir en las nubes. Ha existido, existe: es la civilización cristiana, es la ciudad católica. No se trata más que de instaurarla y restaurarla, sin cesar, sobre sus fundamentos naturales y divinos, contra los ataques siempre nuevos de la utopía malsana, de la revolución y de la impiedad: Omnia instaurare in Christo» (San Pio X, Carta sobre Le Sillon Notre charge apostolique, I, 11).

En este segmento, algunos tradicionalistas parecieran estar cortados por la misma tijera.  Persuadidos de estar en la verdad, se vienen lanza en ristre y es entonces cuando se producen lamentables errores. Para no escandalizarnos, es bueno recordar lo de Jn. XVI,2: «Mas viene la hora en que cualquiera que os mate, pensará que hace servicio a Dios». Están persuadidos de que los jefes son unos intelectuales que están en las nubes y, en cambio, el pueblo llano está en la realidad: ¡demagógico consuelo! Y así ellos consideran que actúan y hablan desde la verdad y la caridad. Nada más erróneo. Nuestros «intelectuales» no son tecnócratas, sino parte integrante del pueblo llano, y tienen su cercanía con la realidad, la triste realidad social de la juventud de la calle, las aulas y las fábricas. Es un grave error y tiene sus erróneas consecuencias. Estoy seguro de que nuestros jefes no son aquello que despectivamente se denomina «intelectuales», pero sí sabios. Ellos sí están en la realidad; en cambio, lo que llaman «pueblo llano» suele estar en las nubes emocionales y patrioteras, lo que hoy se denomina como la «post-verdad». Si fueran más conscientes de la realidad y sus circunstancias, lo apreciarían con claridad y lo valorarían. Quisiera recordar aquí que aquello que ensucia el alma y perjudica la causa, es aquello que sale del corazón.

A los moderaditos

Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca (Ap. III,16).

Suelen ser aquellos del segundo binario, los que hacen algo pero no hacen todo, los que no pueden aceptar que haya solo dos banderas. Los de corazón dividido, que anhelan poder servir a dos señores. Aquellos que piensan que pueden conseguir una alianza entre Cristo y Belial (II Cor. VI, 16); amigos del mundo, sus democracias y liberalismos. Fanáticos del consenso, en el que diluyen la responsabilidad. En apariencia conciliadores y magnánimos, políticamente correctos, son quienes mayor daño han causado a los que triunfaron en la última Cruzada, sin contar otras tantas batallas. A la postre, fueron los aliados más eficaces del marxismo vencido, y así robaron la victoria. Hoy viven mimetizados con el mundo y con los tiempos; avergonzados de la herencia recibida, traicionan su historia y su pasado, buscan solaz para sus almas en doctrinas peregrinas y modelos extranjeros. Perdieron identidad y sabor por haber acogido doctrinas importadas, son la sal desabrida que las gentes pisotean y desprecian. Los que pretenden poner en un justo medio las virtudes teologales y en cambio, a las morales ningún límite: por ejemplo, con la virtud de obediencia, que se encuentra justo entre la desobediencia y la obsecuencia, escudan así su cobardía y pusilanimidad, exaltándola hasta el paroxismo. Se posicionan como árbitros, pues critican los extremos, de puro mediocres. A quienes son coherentes, los tachan de radicales; a los íntegros, de extremistas; a los generosos, de imprudentes; a los entusiastas, de apasionados; ahogan la verdad en el magma de las opiniones. Es bueno recordarles que ante Dios no hay héroes anónimos, pero tampoco son anónimos ni los cobardes ni los tibios, aparecerán con nombre y apellidos, pues ante Él no valen las sociedades anónimas. Nada hay oculto a sus ojos, ni siquiera en lo más profundo de los corazones.

 

Argumentación

Un jefe debe caracterizarse por la prudencia con la que ejerce su autoridad en vistas al bien común. La prudencia es una virtud que tiene en cuenta las circunstancias, y es alabada específicamente en el Evangelio, cuando san Lucas, en el capítulo XIV, nos dice: «¿Y qué rey, cuando sale en campaña contra otro, no se sienta antes a considerar si con diez mil hombres puede enfrentar al que viene contra él con veinte mil? Por el contrario, mientras el otro rey está todavía lejos, envía una embajada para negociar la paz». Nuestros jefes han tenido la percepción realista y prudente del potencial que tiene el enemigo que tenemos en frente. Si no, partiríamos a aquella guerra inicua, de la que Don Sixto nos habló en la Misa de los Mártires, como aquellos jóvenes entusiastas que salieron en 1914 «la flor en el fusil» y jamás volvieron a casa.

También a ellos les duele la situación de derrota en la que nos encontramos, pero no actúan bajo el imperativo del dolor, sino de la razón y el sentido común. Contando las pocas flechas que quedan en su aljaba, las cinco piedras de su zurrón, los cinco duros del bolsillo y los diez minutos de su calendario. Pero no actúan de manera reactiva, sino mesurada y ponderadamente, y de esto puedo dar testimonio personal, y quiero que, como yo, se sientan orgullosos de los jefes que tenemos, no mereciéndolos.

Jefes frente al activismo

Sic pugno non quasi aerem verberans (I Cor. IX,26 )

¿Qué importancia tienen las manifestaciones? El tomatazo, la tarta de crema y los huevos podridos, flamear banderas y vociferar consignas, pintar vivas sobre paredes muertas, son sin duda un buen desahogo a la indignación, el dolor y las pasiones. Pero distan mucho de ser una buena estrategia, porque no son otra cosa que manotazos de ahogado que desgastan las exiguas fuerzas que nos quedan, en detrimento propio y regocijo del enemigo. Nuestros jefes pelean, como enseña San Pablo «no como dando golpes al aire».

Como nos enseña José De Maistre: ser contrarrevolucionario no es hacer la revolución en contra, sino lo contrario de la revolución. La dinámica revolucionaria nos puede arrastrar a su juego para nuestra derrota inexorable, persuadirnos de una supuesta eficacia en sus métodos maquiavélicos, pero caeremos en la trampa dialéctica a la que nos llaman agitando el trapo, al que tantos entran ciegamente sin ver que, en el fondo, lo que quieren es que caigamos en sus trampas. Muchos «mitineros» se sienten satisfechos, una vez desfogadas sus rabias, como si se tratara de una necesidad pasional, que tiene poco y nada de racional y prudente; luego de un acto de adrenalina patriótica, de paroxismo romántico, se sienten satisfechos y serenos; como héroes, se duermen en los laureles de una efímera expresión del «sentimiento» que a la postre nada cambia en realidad. No son más que las revueltas de un potro cautivo, que el jinete aprovecha para ceñir aun más la cincha y así reducir la libre movilidad; de la misma forma, el enemigo aprovecha para acortar las cadenas y así podernos sojuzgar mejor.

Estos días he tenido la oportunidad de seguir de cerca las manifestaciones en Nicaragua. Como a una fiesta van los estudiantes a gritar consignas y luego a las barricadas, pero allí los esperan los que tienen el poder y quedan los cadáveres, entre adoquines y bengalas, de una cincuentena de jóvenes.  He visto a las madres enterrar a sus hijos, lo he seguido en directo. Cabría preguntar qué grado de seriedad tendrían nuestros jefes si enviaran a los jóvenes a la protesta y a la muerte. Creo que ninguna de esas madres estará feliz de perder a sus hijos en algaradas inútiles, y me felicito porque nuestros jefes tienen corazón de padre y por eso son jefes (no democráticos ni en su ejercicio ni en su origen), que cuidan de sus militantes como de sus hijos. Y a muchos, que no tienen ni hijos, ni corazón de padre, poco les importa mandar a los hijos de los demás a la muerte; como aquella que, carente de amor maternal, reclamaba ante Salomón la mitad de aquel niño que no era el suyo.

Más allá de lo emocional, la Causa, ¿qué ha cosechado de bueno y concreto con ello? Por los frutos los conoceréis: nada. Más allá del derecho al pataleo que el sistema tolera, todos los valientes manifestantes han vuelto satisfechos a su comodidad creyendo haber realizado algo grandioso, heroico y patriótico. Y el Sistema sigue en pie, imperturbable y consolidado, comprobando que lo único que podemos hacer es patalear, protestar, quejarnos y vociferar. Nosotros ladramos, gruñimos y aullamos, la cabalgata pasa. Hagamos un balance de las numerosas manifestaciones a las que hemos asistido y veremos que allí ni se sembró ni se cosechó nada: mucho ruido y pocas nueces.

Jefes frente al modernismo

Conscientes del deber de recibir con humildad y trasmitir con fidelidad, sin caer en la tentación de apropiarse ni privatizar, nuestros jefes han recibido un legado que es herencia común de todo tradicionalista de buena voluntad: la Tradición, esa Tradición con mayúscula que es la depositaria de la Revelación divina. Con fidelidad apostólica han guardado y trasmitido en estos tiempos de herejía modernista, aquello de «pero si nosotros mismos o un ángel del cielo les anuncia un evangelio distinto del que habéis recibido, ¡Que sea anatema!»(Gal. I,9). Por eso no se dejaron engañar por ningún ángel vestido de luz. Fieles al fundamento del lema carlista: Dios. Fieles a la Unidad Católica, fieles a la Verdad, con fidelidad de mártires dan testimonio y muestran su lealtad a los principios; han sabido defender a los correligionarios de aquel enemigo, el peor de todos, que puede quitarnos la Fe y enviar cuerpo y alma a la gehena, combatiendo el liberalismo de la libertad religiosa y sus perniciosas consecuencias para la paz y el orden social y cristiano. Y porque lex orandi, lex credendi, permanecieron fieles a la oración y liturgia de siempre. Han sabido permanecer firmes ante la revolución de mitra y báculo de aquellos que, haciendo uso y abuso de su autoridad, se extralimitaron en su ejercicio pretendiendo que, por obediencia a los hombres, desobedezcamos a Dios y al magisterio multisecular.  Fieles al catecismo que forjó las conciencias de los santos que honran nuestras filas, mártires y confesores, todos fieles y abnegados miembros de la iglesia militante que hoy gozan de la corona de aquellos que fueron fieles hasta el fin. Tradidi quod et accepi:  “He transmitido lo que he recibido.” (I Cor. XV,3). Sin clericalismos, han permanecido fieles en su combate resistiendo tanto a los enemigos como los amigos que querían hacer del carlismo una piadosa cofradía confinada en la sacristía.

Por eso hoy ponen a nuestra disposición ese tesoro de doctrina tradicional que contiene el Espíritu que vivifica, sabiendo que la letra mata, Aquel que hace nuevas todas las cosas. Ese espíritu católico, que en cuanto católico trasciende el espacio y el tiempo, y es por eso remedio eficaz contra los errores modernos y los desafíos contemporáneos. «A semejanza del padre de familia, que saca de su tesoro cosas nuevas y viejas» (Mt. XIII-52)

Fieles a la tradición dinástica, tesoro que se ha ido acrecentado con los siglos y que también se pone al alcance de todos gracias a la lealtad del último gran príncipe de la Cristiandad, Don Sixto Enrique de Borbón Parma. Muchos no suman sus fuerzas ni apoyan su Causa porque carecen de buena voluntad. Con sofismas disertan y argumentan para concluir que con el Abanderado de la Tradición no hay futuro, y renunciando arbitrariamente al pasado dinástico y a un presente monárquico. Pero aun así osan incluir en su lema la palabra Rey.

Se consideran tradicionalistas y no lo son, ni teológica ni dinásticamente. Dios está aún en su lema, pero el abandono del magisterio tradicional los ha llevado a aceptar la libertad religiosa y la disolución de la unidad católica. Se dicen tradicionalistas, y han renunciado a la Tradición teológica y litúrgica, a la Tradición doctrinal; renuncian al magisterio tradicional y adoptan un magisterio espurio; evidentemente, esto es ir contra el principio de no contradicción.

Su Alteza Real asumió ser «anatema» por amor a sus hermanos, como San Pablo (Rom. IX,3), en un acto de abnegación suprema, acto heroico, martirial por su testimonio, y que no es otro que el nuestros jefes han asumido.

Elogio de nuestros jefes

Nuestros jefes han tenido la fortaleza de no caer en discursos demagógicos, y han permanecido fieles a la exhortación que San Pablo hace a Timoteo: «que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; arguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina. Porque vendrán tiempos cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias, y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas» (II Ti. IV,1,4)

Han tenido la vigilancia y el discernimiento para identificar a esos lobos que con piel de oveja quieren introducirse en el redil, personas de doble obediencia y único propósito, vienen a donde saben que pueden encontrar personas sanas y valientes, forjadas y formadas; con maneras elegantes y apariencias conservadoras, con halagos, con sofismas, solo quieren llevar agua a su molino, conducir las buenas voluntades a vía muerta y engrosar la masa de tibios y mediocres. Nuestros jefes nos protegen de quienes ocultan sus fines, encriptan sus métodos y esconden su testimonio en hermético secreto.

Gracias a Dios tenemos jefes prudentes, sabios y con los pies en la tierra, que no se dejan influir ni por sus emociones, ni por sentimentalismos; sin triunfalismos ni derrotismos. Perseveran fieles a su misión, llevando la cruz de cada día. Soportando ataques por parte de los enemigos de fuera y de los enemigos de adentro, de aquellos correligionarios que actúan sin discernimiento, que no saben a qué espíritu pertenecen. Gobiernan con la prudencia necesaria, percibiendo con realismo las circunstancias y las dificultades actuales, que no tienen paragón.

Teniendo siempre presente lo que nos enseña Cicerón de que la historia es «maestra de la vida» y para Cervantes «madre de la verdad», procuremos no caer en las siempre odiosas comparaciones, evitemos hacer amalgamas, con aquellos que en su momento debieron ser héroes de otras batallas en que sólo tenían que vencer la Media Luna, al Conde Don Julián y a don Opas. En los días que vivimos, a muchos ya de lo sucedido en Covadonga, esta estirpe de traidores y cobardes se ha multiplicado geométricamente, mientras que fieles a la Cruz y a España quedan muy pocos: poco y nada.

Epílogo

A los que se explayan sobre los supuestos desaciertos de nuestros jefes les pido que se pregunten «de qué espíritu son» (Lc. IX,55).  Evidentemente es un espíritu revolucionario en su origen y frutos, en su causa y efectos, sembrando cizaña donde otros siembran trigo, inoculando el espíritu de la revolución dentro de nuestras filas, la desconfianza y el descontento; todo ello bajo apariencia de celo, bajo apariencia de bien, como se tienta a las almas buenas, según San Ignacio. Causan mucho daño y, discerniendo espíritus, podemos considerarlos como venidos del espíritu enemigo;  por eso les digo: «vade retro Satanás». Y si no se apartan, deberemos apartarnos nosotros de ellos, «pues tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella; a éstos evita» (II Ti. III,5).

El escepticismo se instala en muchos corazones desengañados por los fracasos, desilusionados por las traiciones, frustrados en sus expectativas. Para aquellos que se suman ya viejos y cansados a la Causa, sin la inocencia infantil o el entusiasmo juvenil, ya de vuelta de todo, si fueran capaces de aprovechar su experiencia para purificar la intención primera, deben replantearse cuál era el fin último de sus esfuerzos y anhelos, la causa final de todo aquello que hicieron, la razón de su militancia; si aprendieran de sus errores, el por qué lanzaron su flecha sobre el blanco equivocado fue porque el esfuerzo empleado no estaba ordenado al fin último supremo de todo buen cristiano que sabe en Quien ha confiado, entonces el desengaño podría ser considerado como un precioso don del Espíritu Santo.

Conservar el ánimo de combate en nuestras filas, tan frágiles y débiles, es prioritario. Apagar la mecha que humea y quebrar la caña cascada dentro de nuestras filas es destructivo, por sus efectos nocivos y revolucionarios. Por sus actitudes, palabras y sentimientos, los considero uno de nuestros más peligrosos enemigos, pues son los que están dentro, y de ellos debemos cuidarnos como de la lepra. Les tengo más miedo, incluso, que a los enemigos declarados, que solo nos pueden romper la cara y tal vez quitarle la vida al cuerpo; pero la intriga, la duda, la desconfianza, la calumnia y la murmuración, la suspicacia y el juicio temerario, por ellos propagados, minan la moral, matan el ánimo, perjudican el alma, son asesinos de la Causa.

Muchas personas que critican a nuestros jefes encomian la camaradería horizontal y denigran la verticalidad institucional, columna vertebral de todo cuerpo social y moral. La Cruz con su verticalidad y su brazo horizontal es un libro abierto que mucho nos enseña al respecto, armonizando las dos en el sacrificio de la oblación. Esa es una de las cruces que debemos abrazar cada día. Abnegarnos y tomar nuestra cruz cotidiana. Debemos frenar esa dinámica de crítica, diluyente y destructiva, por sus efectos subversiva; por lo injusta, inoportuna e inapropiada. Lo exige el bien común, la necesidad urgente de apoyo a las estructuras de la Santa Causa y no de las continuas discrepancias que sufrimos cada día, provenientes del individualismo.

España tiene muchos hombres de buena madera, y la buena madera deja siempre buena brasa. ¡Qué sublime es ver cómo en corazones viejos arde aún la llama del entusiasmo inocente que se entrega generoso al servicio del ideal!  Es Dios mismo quien alegra su juventud. Estos son los justos que Abraham no pudo presentar a Dios para salvar a Sodoma. Ellos existen y ellos son valedores de la salvación de nuestra Patria. Es porque toda su fe y su esperanza están puestas en Dios, sólo en Dios, y con templanza y fortaleza, justicia y prudencia luchan en la vida cotidiana haciendo todo lo que está a su alcance para que «venga a nosotros su reino». Y estad seguros que así es como llegarán pronto al reino de Dios.

El tradicionalismo guarda las dos fuentes de vida: la espiritual que baja del altar; y la natural y  humana, que nace en el sacramento del matrimonio. Nuestras madres tienen la vocación de toda autentica madre católica de todos los tiempos, la que no está hoy de moda porque es tradicionalista. Sin complejos ideológicos cumplen su providencial misión, como bien señala Joseph de Maistre: «Procrear solamente es penoso, pero el gran honor está en formar hombres, y eso es lo que las mujeres hacen mejor que nosotros.  ¿Crees acaso que yo tendría deudas de gratitud hacia tu madre si ella hubiese escrito una novela en vez de formar a tu hermano? Pero “hacer a tu hermano” no es solamente darle a luz y meterle en la cuna; es más bien hacer de él un buen hombre que crea en Dios y no tema al cañón…formar hombres; en esto consiste el “gran parto”, el que no ha sido maldito, como el otro». Esta sublime vocación se perpetúa en cada hogar, ellas mantienen la llama encendida de la esperanza; madres prudentes que esperan la hora, las que enseñan a ponerse la boina para que los hombres de mañana sirvan con santo orgullo a Dios, la Patria y el Rey.

Triste es ver tantos jóvenes con corazones viejos, así como alentador encontrarnos con jóvenes generosos; tal vez habrá que buscarlos, como Diógenes, con una lámpara, pero muchos han respondido con entusiasmo: ¡presente! Superan la falta de experiencia haciendo suya la sabiduría de los ancianos. Ellos, como los amigos de Daniel, en medio de una sociedad incendiada por las pasiones, permanecen incólumes, íntegro el ideal, generoso el ánimo; como las tropas de Gedeón han hecho el esfuerzo de abrevar su sed de verdad en el cauce de la sana doctrina, antes de librar el combate por la santa Tradición. Ellos han abandonado las redes sociales y le han seguido, instruyéndose con los libros mejores, siguieron la Verdad. Con Cicerón recordamos que la «historia es maestra de la vida» y, con Cervantes, «madre de la verdad». En esas páginas encuentran el  espíritu que se hace carne, pero no por eso se quedan en un tradicionalismo libresco, páginas de otoños pasados, hojas de primaveras viejas, de laureles marchitos; no se quedan en un capítulo determinado de historias o personajes, que gracias a Dios están allí pero como punto de referencia. Cuando una doctrina se vuelve ideología, no es otra cosa que letra muerta. Abandonando la poltrona, la penumbra del museo o el recoleto silencio de la biblioteca, el aburguesamiento confortable, han emprendido el Camino siguiendo la senda señalada, difícil, angosta y escarpada, pero segura, que les indicaran nuestros héroes y santos. Se hacen violencia y se vencen; fieles al llamado de la santidad, emprenden la conquista de reino los cielos, todos juntos en unión defendiendo la bandera de la Santa Tradición.

No podemos afirmar que el futuro sea nuestro, porque no existe aún. El futuro pertenece a la Providencia y a quienes ella se lo quiera otorgar. El futuro es una quimera que los demagogos utilizan para ilusionar incautos; nuestro es el momento actual, el día de hoy, y mañana si Dios quiere, nuestra será la eternidad. Como seres de eternidad que somos la debemos conquistar hoy, siendo fieles en lo poco, abrazando la cruz de cada día.

Que se ponga el dedo en alguna de nuestras llagas puede resultar molesto y doloroso, y el primer gesto reactivo sea defendernos de eventuales acusaciones. Es verdad que señalar aquellos defectos en que solemos incurrir, no significa que sean corregidos de inmediato, por arte de magia, pero debemos identificarlos y, si en algún aspecto nos sentimos aludidos, sería oportuno considerarlo con buena voluntad para enmendarlos, sin volver objetivo militar a quien se permite cuestionar o humillar nuestra dignidad humana. Resulta muy triste acabar nuestros días sin haber corregido y tratado, al menos, de ser un poco mejores. Hoy que vemos tantas cosas en peligro, qué triste sería que lo único que logremos salvar sólo sea nuestro orgullo herido. Corregir al que yerra es una obra de misericordia, que no excluye  la virtud de caridad, más bien la perfecciona. Prueba, es también, de heroica valentía no caer en el buenismo conformista. San Ignacio nos enseña que el agere contra debería ayudarnos a ir corrigiendo uno a uno los defectos individuales y así ser mejores personas, y militantes más eficaces, para la mayor gloria de Dios, salvación del alma y de España. Si pactamos la paz con nuestros defectos, el caos exterior será el resultado de un cúmulo de pasiones sin domar, de vicios sin corregir, errores que no cesan de repetirse una y otra vez. Estas consideraciones nos permiten constatar que el más peligroso de los enemigos suele estar en nosotros mismos.

Ahora bien, el único enemigo que puede retrasar el triunfo de la santa Causa somos nosotros mismos si permanecemos dormidos en este letargo criminal, cometiendo faltas de omisión irreparables y sin corregirnos de nuestros defectos. Hoy es difícil, mañana será imposible, demasiado tarde. Si hoy no sacudimos nuestra indolencia es porque ya hemos claudicado; debemos considerar que ya hemos sido derrotados por inoperancia,  sin la más mínima reacción. Si el enemigo al entrar en la ciudad encuentra nuestro cuerpo tendido, que sea por haber dado la vida y no por permanecer dormido.

Cruzarse de brazos es en ocasiones rasgo de prudencia, como hablar lentamente cediendo la palabra a tiempo es muchas veces prueba de sabiduría. Debemos trabajar, trabajar sin descanso, febrilmente, como si oyéramos en nuestro interior una voz imperiosa que nos gritase «¡Plus ultra!, ¡Aprisa!, ¡Caritas Christi urget nos!». No rendirse a la fatiga y renegar de la indiferencia como si tuviésemos delante los ojos del Ángel de la esperanza abriéndonos con sus alas dilatados horizontes; ese es nuestro deber. Cumplamos nuestro deber con resolución y determinación, y todo lo demás se nos dará por añadidura.

Dios quiera que estas consideraciones sirvan para cerrar filas al pie de nuestra bandera, de nuestros jefes, por amor a lo más noble, que exige ser servido con nobleza. Aprendamos a ejercer cada día más y mejor la virtud de caridad y, si en ella progresamos, habremos obtenido con creces un eterno beneficio y habremos vencido al más peligroso de los enemigos: nosotros mismos, nuestros orgullos y debilidades, perezas y mezquindades. Nos dé el Señor fortaleza para salir vencedores de los enemigos interiores y exteriores. ¡Mantened alto el ánimo; nuestra es la victoria: si no es en esta tierra, haremos méritos para disfrutarla en el cielo! ¡Por Dios, la Patria y el Rey!

Álvaro de Tarfe

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