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Homenaje al Cura Merino. Lerma, 22 de junio t.co/5AEbiVGdPH

Lerma, sábado 22 de junio de 2019. Homenaje de la Comunión de Familias Carlistas al Cura Mariscal Jerónimo Merino.… t.co/ziG8ctlXeV

Alfredo Allué: discurso en la Festividad de los Mártires de la Tradición 2019

Alteza Real, Reverendos Padres, queridos correligionarios:

En la confusión antropológica que vivimos, cada vez se hace más patente la falacia liberal que consiste en elevar a la categoría de dogma el siguiente razonamiento: «mis derechos y libertades concluyen donde comienzan los derechos de los demás»; y es una falacia, pues lo que se deriva de este axioma es lo siguiente: los demás son un estorbo para que mis derechos crezcan exponencialmente, como la levadura, y se impongan a todos.

         La llamada sociedad abierta que el liberalismo propugna, que, en palabras de Juan Manuel de Prada, no es más que «la sociedad desarraigada y multicultural en la que todo lazo social y de aspiración al bien común  son reducidos a fosfatina», se ha embarcado en un ambicioso proyecto de erradicación del más mínimo vestigio natural y comunitario del ser humano. Para ello se han puesto en marcha políticas  e instrumentos coercitivos lo suficientemente despóticos para poder llevar a cabo dicho proyecto.

Esta coerción se justifica aun más, cuando el liberalismo observa que la imposición ideológica en todos los campos posibles, si no peligra, al menos se cuestiona, porque hay resistencias. En ese momento la coerción actúa para neutralizar a los que estorban, a los que estorbamos. Así, por poner algunos ejemplos, la legislación penal en materia de odio, los protocolos educativos que confunden a nuestros hijos desde el primer momento que pisan un aula, el discurso único e inalterable en materia de memoria histórica, la persecución de todos las «fobias» inventadas etc.; en una actuación totalitaria sobre el propio pluralismo que el liberalismo predica.

         Y esto es así, porque hay, como expresan algunos, un cambio de paradigma cultural; lo que para ser más claros, supone el fin de una trágala con el Nuevo Orden Mundial; en la que millones de personas en muchas sociedades, y también de españoles, se confrontan ya públicamente contra los que, en palabras de Rafael Gambra, niegan los cimientos estables de la sociedad, y suprimen la trascendencia.

         Es verdad que todavía esa confrontación en nuestra Patria se canaliza  por derroteros no muy recomendables. El llenar plazas bajo la atenta mirada de las direcciones hegemónicas para sacralizar en última instancia el sufragio, pidiendo elecciones, sin duda poco ayuda a este giro que ponga en la picota a las fórmulas consensuales del liberalismo. En cierto modo, recuerda aquellos multitudinarios mítines  de los años treinta de aquella estéril organización política denominada Confederación Española de Derechas Autónomas.

Pero también, hemos de reconocerlo, hay síntomas positivos nada desdeñables, pues, como dice nuestro Jefe Delegado, se ha conmovido la sensibilidad de los españoles de bien.

¿Qué debemos de hacer?

Honoré de Balzac (que era poco amigo de la contrarrevolución) escribió una maravillosa novela titulada Los Chouanes (aquellos fieros realistas bretones que, junto con los Miguelistas, Brigantes, Vandeanos y Cristeros se opusieron con denuedo, en diferentes momentos y lugares,  a la impiedad de la Revolución; y que también son nuestros mártires y hoy junto con los nuestros les recordamos). Pues bien, Balzac refiriéndose al jefe Chouan, protagonista de la novela le describe «sentado sobre los escombros, queriendo hacer del pasado el porvenir».

         No está por demás sentarse un poco para reflexionar sobre los escombros de nuestra Patria caída, pero es necesario levantarse y ser activos pues nuestro compromiso antiliberal y anticapitalista, que renovamos todos los años en este acto, nos lo exige. Y en ese activismo no debemos mirar únicamente a los centenares de cercanos (que a veces no lo son tanto)  sino a los millones que esperan que se les redima del desarraigo cristiano en el que les obligan a vivir.

Y no vale tampoco caer en el purismo principista que nos impida actuar, al ver únicamente lo lejano a nuestros principios y no lo potencialmente cercano. ¿Acaso los combatientes y mártires de la Guerra de España tenían meridianamente claro  en el último período de la contienda, que la victoria traería indefectiblemente el orden político cristiano y la restitución en el Trono del Rey legítimo? Muy probablemente no, y, sin embargo, combatieron heroicamente hasta el final, como si ese anhelo fuera real y tangible.

         Actividad con denuedo, «a cualquier coste», como el Señor nos transmitió en su alentador Manifiesto de 2017. Nuestros  luchadores y mártires son ejemplo.

          Termino con ellos: he encontrado una referencia del semanario Carlista EL Cabecilla donde se hace una semblanza del Mariscal de Campo carlista, el vallisoletano  Santiago Lirio y Burgoa (el cual da nombre a nuestro Círculo de Valladolid)

Sucintamente, el relato es el siguiente: Estando el General Lirio orando, un joven pregunta a un veterano de la Tercera guerra cuántos años de servicio ha prestado D. Santiago a la Santa Causa.

– «de la Primera a la Tercera, medio siglo de servicio y 154 batallas»,  le contesta

– «¿Y qué edad tiene para tanto servicio?», pregunta el joven, y el veterano le vuelve a contestar:

– «Los carlistas de antaño no tenemos edad y sólo se sabe la edad cuando nos morimos, porque hasta ese mismo momento, ni las condenas, ni las prisiones, ni las privaciones más crueles, ni las heridas, ni las cárceles nos quitan los bríos y el aliento para montar a caballo y coger el fusil, por Dios, por la Patria y el Rey».

Muchas gracias

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