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Crónica y pequeño reportaje fotográfico de la Cena de Cristo Rey 2017 t.co/LkeIcke1a0

9 de diciembre. «Iglesia y Estado». Conferencia de José Miguel Gambra t.co/zbUeSIuhMz

@YouTube «No somos rezagados de una guerra perdida». Discurso de Juan Manuel Rozas en la cena de Cristo Rey 2017 t.co/jwnu4jmhrf

«La española monarquía bajo tu invicto pendón de la Iglesia siempre el brazo fue y del hereje terror. Si alguien h… t.co/TenIVUGbfS

Alfredo Allué. Discurso en la cena de Cristo Rey 2017

Querido Padre José Ramón

Jefe Delegado

Correligionarios y amigos:

             Nada o muy poco justifica el que yo intervenga en este acto, y mucho menos después de la fresca y magnífica intervención de Elena y de la magistral intervención Juan Manuel, que nos espera; de tal manera que lo que pueda decir yo, solo generará frustración entre los asistentes. Espero que, al estar “emparedado” entre los dos, sirva para que mi intervención pase lo más desapercibida posible.

            Tal vez la motivación de los organizadores en concederme este privilegio resida en que vengo, y soy, de Valladolid,  capital y corazón de las Españas, que en su día fue, y donde en su provincia, en la preciosa Villa de Torrelobatón, nació el Beato Padre Bernardo de Hoyos, jesuita, que a la temprana edad de 22 años, en 1733, ya en mi ciudad, recibió de Nuestro Señor Jesucristo la revelación de que El “reinaría en España y con más veneración que  en otras partes”.

            Existe un himno bellísimo al Padre Hoyos, compuesto por Manuel Lizarraga, que en una de sus estrofas dice: “¿por qué Patria, tu amada España, se encuentra privada de tanto bien?”

            Y me pregunto: ¿Por qué no solo recibimos los ultrajes, probablemente como ningún país de nuestro entorno geográfico, de esta vuelta de tuerca que es la postmodernidad sino  que, además, asistimos impávidos a la ofensiva de una idea-fuerza de la modernidad como es el separatismo irredento?

¿Es que no basta sufrir la ideología de género, la destrucción de la vida y de la familia y también de las tradiciones patrias  de manera inmisericorde, la imposición de la laicidad extrema, donde ya sentimos el aliento de una nueva persecución religiosa?

¿Qué nuevas pruebas nos impone el Señor para que seamos merecedores de su reinado?

            En los momentos de duda, donde afloran nuestras contradicciones, acudimos cual bálsamo a la Encíclica de Pio XI “Quas Primas” donde se nos exhorta a honrar a Cristo Rey  pues “provee también a las necesidades del tiempo presente y pondremos un remedio eficacísimo a la peste que hoy inficiona a la humana  sociedad”

            ¿Nos hemos alejado tanto en España de Cristo para que lo que dijo Pio XI sea hoy una realidad? En el punto 24 de la Encíclica se dice:  “hoy volvemos a lamentar los amarguísimos frutos, al ver el germen de la discordia sembrado en todas partes, encendidos entre los pueblos los odios y rivalidades que tanto retardan el restablecimiento de la paz”

            Sin embargo, no es hora de lamentaciones, sino de acometer los desafíos. No podemos permitirnos recibir la doctrina pontificia como un mero placebo si no reafirmamos el mandato que la misma nos exige: “preparar y acelerar la vuelta a la acción como deber de los católicos”; pues arrebatar la tierra de la Patria es una pública apostasía.

            Hemos asistido esperanzados, y hemos participado en  un renacer del espíritu patrio, de un ¡basta ya! que exige el final de una “trágala” que ya dura cuarenta años. Refundaron España arrebatándonos nuestra identidad como españoles y obligándonos a ser europeos comprando nuestras conciencias. Es verdad que en este entusiasta amor a España se dan muchas paradojas, incongruencias, la presencia de algunas, pocas,  banderas que no son las nuestras; existe todavía una esperanza en muchos de que el sistema impedirá la quiebra territorial.

Me atrevería a decir que en esta vasta protesta (donde ya al menos no hay “apatía y timidez de los buenos”) hay mucho de ignorancia, como dice la Encíclica, no en un sentido peyorativo, sino en el sentido de no conocer, porque se ha arrebatado a los españoles el conocimiento.

            ¿Qué podemos hacer?: En primer lugar, amar a Cataluña, a la Cataluña Hispana del Bruch, la de los agraviados, la de los asediados  de Guimerá al mando de Roset, y los del Santuario de Santa María de Hort encabezados por Miralles, en la Primera Guerra Carlista; la de los batallones de Gerona, y los de la heroica defensa en la batalla de la Sierra de Grau, en la tercera. Finalmente, cómo no amar a los catalanes del Tercio de Montserrat que liberaron a Cataluña de los asesinos y los gánsteres.

            Al hilo de esto no podemos admitir que indigentes intelectuales nos echen el muerto de lo que está sucediendo, no por el carlismo actual, que tiene “callo”, sino por la injusticia que supone para todos los héroes que amaron a España desde Cataluña. El jefe  Delegado lo ha clarificado con su pluma magistral, no es necesario insistir más en ello.

            Otra tarea que es necesario acometer,  es la de clarificar las posiciones, hacer entender, desde la comprensión y la piedad, a los miles y miles que han dejado la postración, de que no esperen nada del sistema, que el enemigo también lo tenemos dentro, y que como se dijo en momentos dramáticos, se hace necesario “disparar sobre nosotros mismos”.

Revisando intervenciones de correligionarios para suplir mis carencias doctrinales, Ana Calzada, en este mismo acto nos recordaba que centralismo y separatismo son dos caras de una misma moneda. Y esto es así pues el Estado constitucional, el europeísmo y la utopía separatista nacen de una misma progenia: el contractualismo, el voluntarismo y el constructivismo, alejados de la realeza y soberanía divinas.

Así vimos que la única arma que utilizan se basa en el “imperio de la ley”, en una suerte de patriotismo constitucional de tercera división, de un nihilismo legalista que se vuelve como un boomerang ante el intento de creación de un proceso que en nada se diferencia del existente, salvo en que arrebata la tierra y destruye la mínima convivencia entre españoles.

 Es pues urgente clarificar a los buenos, que ignoran todavía, que no esperen nada de los liquidadores que se ponen a la cabeza de las manifestaciones, ni de las organizaciones internacionales regidas al dictado del nuevo orden mundial. Temen perder la calle y el control de la reacción social; ya lo hicieron en Ermua y lo volverán a hacer.

Finalmente, una reflexión sobre nosotros y “los nuestros”: La Encíclica habla no solo de los ignorantes, sino también de los que resisten débilmente. Esto nos afecta a nosotros, a los que estamos hoy reunidos y a muchos más que no están hoy aquí. ¿Somos débiles en nuestra resistencia? ¿Nos basta para nuestra tranquilidad ser conocedores y adheridos a la recta doctrina? ¿Basta con encerrarnos en nuestras propias liturgias? ¿Con ello nos podemos permitir el lujo de eludir la acción política? Si esto fuera así, si dejáramos de estar codo con codo con los “ignorantes” por el simple hecho de que no conocen o que yerran, no tendríamos ningún derecho a decir, ni siquiera privadamente, que estamos en la verdad.

S.A.R. Don Sixto de Borbón en su manifiesto por la unidad de España no solo se dirige a nosotros sino también “a los españoles de buena voluntad”, a esos que a veces despreciamos. El Abanderado nos encomienda una tarea y es la de defender España “a toda costa”, esto implica rehuir cualquier tipo de debilidad en la lucha, hacer todos los esfuerzos posibles para acabar con esta impiedad.

Somos conscientes de que somos un “rescoldo”. Hace unos años en esta mismaconmemoración, Juan Manuel Rozas, magistralmente, como siempre, trajo a colación la obra literaria de Antonio Estrada titulada “rescoldo”, obra cumbre de la literatura mejicana denostada por los unos y los otros, que relata la segunda Guerra Cristera, rescoldo de la primera.

No es tan grave ser rescoldo, somos una especie de “cristeros” postgeneracionales. Hay un vendaval, y tal vez en próximas fechas disminuya su potencia, pero hay aire, mucho aire, que puede avivar el rescoldo. De nosotros depende ser brasa y no ceniza.

Recordemos pues, las palabras de la Encíclica “Si todos comprenden que deben militar con infatigable esfuerzo bajo la bandera de Cristo Rey, entonces, inflamándose el fuego del apostolado, se dedicarán a llevar a Dios de nuevo los rebeldes e ignorantes, y trabajarán animosos por mantener incólumes los derechos del Señor”.

¡Viva Cristo Rey!

 

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