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20 de septiembre, 97º aniversario de la Legión española. S.A.R. Don Sixto Enrique de Borbón, Caballero Legionario.… t.co/WHhnrhimsE

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La Tradició de Catalunya: Teodoro de Mas y Nadal (1858-1936) t.co/RqEgJDYYpT t.co/ub5P9VVprB

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15 de septiembre, los Siete Dolores de la Santísima Virgen María, Generalísima de los Reales Ejércitos de S.M.C. Do… t.co/6rFKWJPMUM

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Exaltación de la Santa Cruz. t.co/yQuHjvg2EK

Lo que no es carlismo

La leyenda negra.

Es regla general, que repite el curso de la historia, el que ésta la escriben a su gusto los vencedores. La malhadada leyenda negra que ensombrece los perfiles de las magnas gestas hispánicas, sea en la hazaña de la civilización de las Indias, sea en la figura política de Felipe II, arranca de ahí. Tal historia fue redactada por los vencedores europeos para baldón intencionado de nosotros, los vencidos españoles. Lo mismo le ocurre al Carlismo.

El Carlismo, vencido reiteradamente a lo largo del siglo XIX, proscrito y perseguido, carga con las afrentas fáciles de sus enemigos vencedores. Por eso no es extraño que el Carlismo sea tenido por muchos —a fuerza de poderosas propagandas— como muchas cosas, ninguna de las cuales es.

 

 Los aguerridos salvajes. 

El Carlismo no es una partida de aguerridos salvajes, enriscados en las breñas del Maestrazgo o de los Pirineos, hostiles a toda señal de civilización. No es una banda de hombres incultos, despiadados, crueles, brutales, con madera de asesinos “patrióticos”.

 

 Los tontos inútiles.

El Carlismo no es un puñado de gentes de buena fe, sencillas hasta la tontería, que cada dos generaciones salen de sus casas —donde moraban arrinconados y encelados— para aportar la carne de cañón con que salvar los valores esenciales que antes habían puesto en peligro astutos “gobernantes” de cuño liberal y medros oportunistas. Los carlistas no son los tontos inútiles que, en una banda del horizonte político, sirven para compensar los excesos de las bandas de signo contrario.

 

Los quijotes. 

El Carlismo no es un criadero de caballeros andantes tras imposibles ideales, empeñados en probar la belleza de remotas Dulcineas dinásticas. Los carlistas no son soñadores irreales perdidos en unas fantasías situadas fuera de los tiempos y lugares en que vivimos.

 

Los ignorantes. 

El Carlismo no es un empeño de ignorantes hidalgos, romos de ideas, aferrados por todo y en todo a una escueta bandería dinástica, cuyo tesoro de doctrinas se agota en cantar el que “cueste lo que cueste se ha de conseguir, venga el rey Don Carlos, a su corte de Madrid”. Los carlistas no son unas gentes carentes de nociones precisas sobre lo que sea el Estado moderno. No son la encarnación de un “personalismo” devoto, supuesta categoría política de las gentes latinas y, en especial, de los pueblos hispánicos.

 

Los retrógrados 

El Carlismo no es una “arqueología política” —si es que se le concede el ser algo más que un sentimiento dinástico—. No son los carlistas gentes retrógradas, aferradas a la defensa de sistemas medievales de gobierno, inconciliables con la realidad del siglo XX.

No son los carlistas cegarrutos incapaces de plantearse la problemática de los tiempos presentes, o de hallarle soluciones a las enormes cuestiones de nuestro tiempo; —la entrada de las masas en el escenario de la historia, —la tecnificación del uso del poder, —la organización de la economía del mercado, —la efectividad de la burguesía o del proletariado, —las sucesivas tensiones de los nacionalismos y de los imperialismos, —la urgencia por satisfacer las ansias de justicia social o económica, —las tablas de las libertades modernas, —la representación eficaz de las tendencias diversas en el encarrilamiento de los negocios públicos… —y tantas otras cuestiones que es ocioso enumerar.

 

Los leones dirigidos por asnos 

El Carlismo no es, en fin, un ejército de hombres tan útiles para la guerra como insensatos para la paz. No es el Carlismo un semillero de soldados heroicos, mas ineptos para las tareas de gobierno. Los carlistas no son unos guerrilleros de la verdad, que —en las horas tranquilas en que pasó el peligro que ellos ahuyentaron con su sangre— deben ser dados de lado, porque carecen de ideas fecundas, de criterios de gobierno o de equipos de dirigentes aptos para las tareas del mando político y de la administración pública. (Francisco Elias de Tejada y Spinola, Rafael Gambra Ciudad y Francisco Puy Muñoz; ¿Qué es el Calismo? pp. 7-9. Véase nuestra biblioteca digital carlista).

Actuales tergiversaciones y superfetaciones del carlismo

 

Las palabras plasmadas en las actas del Vaticano II (Dignitatis humanae, § 3, en Concilio Vaticano II, B.A.C., Madrid 1966, p. 688), bastaron para sumir al carlismo en una crisis sin precedentes. Porque, entendidas a secas y sin más consideración, niegan la obligación de prohibir la libertad de cultos, que se sigue de lo que Mella llamaba principio católico [que dice: “La Iglesia es la depositaria de la revelación y su órgano social infalible, y tiene por tanto, derecho a que su dogma, su culto y jerarquía sean norma y límite de la libertad humana”]. Lo cual, en buena lógica, conllevaría necesariamente la negación del principio mismo. (…)

Ahora bien, como el carlismo se ha caracterizado por ser un partido cuyo programa, en palabras de Carlos VII, tiene como principio esencial la defensa de la unidad católica (Carta al Marqués de Cerralbo, 1899) y, por otra parte, eso lo hacía con la seguridad de ser fiel a Roma, no es de extrañar la dolorosa perplejidad en que este texto sumió al carlismo. Y, de tal perplejidad, a que el carlismo sufriera unas escisiones radicales -mucho más que cualquiera de las sufridas con anterioridad- no hubo más que un paso.

En esa tesitura, las opciones que quedaban al carlismo han venido a coincidir con sus divisiones efectivas. Divisiones que a veces no son ya accidentales y transitorias, como las que se debieron a diferencias de opinión sobre la política internacional, a disputas dinásticas o a enfrentamientos personales, sino que son diferencias esenciales y definitivas.

La primera discrepancia surgió de la dicotomía entre seguir las actuales directrices de los eclesiásticos o permanecer fieles a la enseñanza perenne de la Iglesia Romana. Puestos a adoptar la primera de estas opciones, lo más lógico y honrado hubiera sido desparecer: si para los nuevos eclesiásticos fueron errores históricos las cruzadas, las guerras de religión y la Inquisición, con igual razón debería declararse que el carlismo ha sido un error sólo justificable por la ignorancia. Si la libertad de cultos es una obligación de los gobernantes, al igual que la aconfesionalidad del Estado, las guerras que los carlistas mantuvieron contra todo ello fueron un error, un error sangriento, y tendríamos que arrepentirnos de haber militado en sus filas. Sin duda, muchos carlistas de antaño, convencidos en Navarra y en otro lugares por los párrocos del progresismo católico, han optado por esta solución y han abandonado en masa las filas del carlismo o, cuando menos, han quedado moralmente incapacitados para transmitir nuestros ideales a sus descendientes.

Pero quienes dirigen grupos de cualquier naturaleza son muy poco proclives a la disolución del grupo y a retornar a sus hogares, abandonando toda veleidad de poder. De tan laudable y humana inclinación nació, entre los parciales de esa primera opción, la idea de acomodar el carlismo a las nuevas directrices eclesiales. Dado que el carlismo es un grupo o, si se quiere, un partido político católico, cosa imposible según el espíritu de tales directrices, sólo cabe hacer la remodelación, bien quitando lo de católico, bien suprimiendo lo de político. Los seguidores de Carlos Hugo optaron por lo primero, y se olvidaron del catolicismo, para convertirse en el partido socialista-separatista que todos conocemos. Otros -y a partir de aquí no hablo de nadie en particular- mantuvieron lo de católico, pero dejaron lo de político, para substituirlo, unas veces, por lo folklórico y otras por lo parroquial. Así surgieron grupos de carlismo folklórico o histórico, similares a Sociedades de Amigos como la del Museo Paleontológico o la de la Comida China, que dedican sus desvelos a juegos florales, a excursiones y a la venta de chapelas e insignias, sin mayor preocupación. Y también nació el carlismo parroquial, entregado a la catequesis, a las obras de caridad, a formar grupos de boy-scouts y, todo lo más, a la defensa de la familia, que es lo más próximo a la política que se permite defender a los católicos activos de nuestros días.

Lejos de mí decir que en estas últimas cosas haya nada de reprochable, salvo que así entendidas las actividades del carlismo, serán lo que sea, pero no carlismo. Porque éste siempre ha sido una agrupación de fines políticos conforme a las enseñanzas de la religión católica. Es decir ha tenido por finalidad defender en la política activa y, en su defecto, con las armas, a la vez la Religión, la Patria y al Rey. (J. M. Gambra: “El carlismo y la libertad religiosa”. En A los 175 años de carlismo. M. Ayuso ed., Itinerarios, Madrid 2011, pp. 523-525).