Carlismo en Twitter

Lunes 27 noviembre, presentación en Bilbao del libro «Una resistencia olvidada. Tradicionalistas mártires del terro… t.co/xke7c11ANF

La Tradició de Catalunya: José María de Freixa y de Hansay, 2.º marqués de la Palma t.co/cLb6LTtB4g t.co/HPbtZRIeCf

#Coloquio #Madrid 29 de noviembre: «El desafío catalán. Un intento de comprensión» Miguel Ayuso Javier Barraycoa J… t.co/iBTkpKkwo6

José Miguel Gambra: ¿Una España de cuerpo presente? (II)

Reacciones ante la enfermedad

Sir Francis Drake

La naturaleza no deja de operar, aunque neguemos su existencia y la desconozcamos. De ahí que en algunos países teóricamente unidos porque el poder legisla y gobierna en nombre de la voluntad popular, lo que realmente une a los ciudadanos es un fin, un bien común, en el que consciente o inconscientemente creen hallar su perfección y felicidad. Ya dijo Aristóteles que siempre ha de haber un bien común, pero que ese bien común puede entenderse de varias maneras; y, quizás esas naciones ha mantenido un rescoldo vivificante que procede de una tradición ajena por completo a las teorías políticas en que oficialmente se sustentan. La sociedad anglosajona ha mantenido una unidad admirable porque sólo persigue una seguridad económica que la oligarquía dineraria y bancaria, triunfante desde las revoluciones del XVII, defiende frente a las restantes naciones, con absoluta carencia de todo principio moral y de todo respeto al derecho de gentes. La católica Francia, siempre más Francia que católica, primogénita de la Cristiandad y también madre de la Revolución, mantiene su unidad, no por el afán de lucro, sino por su ancestral soberbia cultural, «la grandeur de la France». Y Alemania, dentro de su corta tradición, parece unificada desde sus orígenes por una profunda e invencible vocación de expansión y dominio. El principio unificador, en todas ellas es, como dicta la naturaleza de la acción humana, la persecución de un fin asumido común y tradicionalmente y no el acatamiento de una voluntad fundante.

En España la cosa es diferente. Si la situación de esos países es similar a la del que padece un avanzado cáncer, la de nuestra Patria se asemeja al que ya está en cuidados paliativos, si no en el tanatorio.

La península ibérica, formada por razas y tribus de orígenes y costumbres diferentes, visitada,

Conversión de Recaredo

atravesada y conquistada por numerosos pueblos, con los cuales se mezclaron sus primitivos habitantes y de los cuales recibieron buena parte de su cultura ancestral, adquirió una unidad efectiva, una concepción común de lo bueno y de lo justo, bajo el signo de la cruz, tras la conversión de los reyes godos. Ese bien común que ya no es natural, sino trascendente no entra, según Santo Tomás, en contradicción con la noción de bien común natural del que hablaba Aristóteles, sino que lo perfecciona como la gracia a la naturaleza o la teología a la filosofía. Y precisamente porque ese bien fue el principio unificador de lo que hoy se llaman los españoles, los reinos que luego de la invasión musulmana se fueron formando, llegaron a una unificación, tras la expulsión de la morisma. Con ella, a diferencia de lo ocurrió en tiempos previos, nunca llegaron a mezclarse ni a constituir una sola sociedad. La destrucción de la Cristiandad por causa de la herejía protestante no le hizo mella y, hasta principios del s. XIX, mantuvo, como ninguna otra nación, la defensa de una Cristiandad reducida que daba unidad a la diversidad de los reinos y regiones gobernados por la misma corona.

Esa unidad fue echada por la borda a causa de las influencia francesa y anglosajona sobre una élite a la cual se oponía la mayor parte del pueblo español. La España oficial, convertida en mono de repetición que no entiende lo que hace, pero lo hace, adoptó desde entonces una unidad constitucional y se plegó a lo que se solía llamar el derecho nuevo. Aunque eso nunca llegó a ser admitido por grandes partes de la población que, una y otra vez, se enfrentaron bajo la bandera carlista, bien a la monarquía constitucional, bien a la república.

La situación de España es más grave que otras, porque la adopción de los principios políticos del constitucionalismo entran en directa contradicción con la unidad basada en el catolicismo que configura toda su tradición histórica. En los otros países han podido perdurar sus tradicionales modos de concebir el bien común junto a la inoperante fundación de la unidad sobre principios constitucionales. En cambio, en España, o una cosa o la otra. Los que quieren ver en la Constitución el fundamento de nuestra unidad, niegan por ello mismo la unidad tradicional española, abjuran de nuestra historia, desprecian nuestra grandeza y se convierten en adalides de nuestra leyenda negra, cosa sin parangón en país alguno. En cambio, quienes mantienen con orgullo nuestras costumbres, nuestra historia y exaltan la vocación católica que siempre la ilustró, necesariamente se oponen a los regímenes modernos, sean democráticos o totalitarios, como ha hecho el carlismo durante casi dos siglos. No hay mediación posible entre las dos Españas.

Comments are closed.