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Juan Manuel de Prada: Preverdad

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En los artículos de Prada a veces resaltaríamos el dominio de nuestra lengua; otras veces, la profundidad intelectual o la omnímoda cultura que ponen de manifiesto; pero, sin merma de lo anterior, en el que hoy publicamos me atrevería a destacar la valentía intelectual. Dentro de su brevedad, el artículo ha sabido cristalizar en bellas palabras, no algo recóndito, sino lo que a todos, con mayor o menor oscuridad, se nos había ocurrido tras las elecciones presidenciales norteamericanas. Lo que todos han percibido, pero no se atreven a decir o no saben cómo expresarlo. Habla de la sorda sublevación, del callado levantamiento de “gentes hartas de libertades excéntricas” que atienden “al llamamiento de la naturaleza y del sentido común” frente a lo “políticamente correcto”. La pregunta que estas observaciones sugieren es tan obvia como ellas mismas. Contra lo que cabría esperar, las reacciones naturales descritas por Prada, despectivamente colocadas por los gerifaltes mediáticos entre los populismos, no se producen en países históricamente católicos, sino en los que predominan cristianismos cismáticos o heréticos, como Rusia o Estados Unidos; incluso en países dominados por el mahometismo que, en cierto modo, no es sino una herejía judaizante y primitiva. La cuestión es la siguiente: ¿por qué en las naciones de predominio católico los movimientos tradicionales no tiene más que un apoyo minoritario? ¿por qué en ellas no cuajan sino populismos nazis o marxistas que, en lo cultural, apoyan las “libertades excéntricas” (sodomía, teorías de género, etc.), cuando no propugnan llevarlas todavía más adelante? La respuesta también está en la mente de cualquiera, con tal de que tenga tanta valentía intelectual como se necesita para reconocer lo evidente.

José Miguel Gambra

Preverdad

Juan Manuel de Prada

Anda el progresismo mundialista llorando por las esquinas, incapaz de explicarse los sobresaltos últimos que le han deparado las urnas. Y, en su desconcierto y confusión, han creado un palabro nuevo, “post-truth” o “posverdad”, con el que pretenden nombrar “circunstancias en que los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública que los llamamientos a la emoción y a la creencia personal”. Vemos en esta definición grotesca cómo el mundialismo confunde “hechos objetivos” con su particular cosmovisión, que ha logrado imponer sobre las masas cretinizadas mediante el control de los medios de comunicación y la propaganda sistémica. Pero que el mundialismo haya logrado apacentar a tal multitud de cretinos no significa que sus falsos dogmas sean “hechos objetivos”. La cosmovisión mundialista no es, en realidad, sino una elaboración delicuescente del “Non Serviam”, cuyo fin último es la negación de la naturaleza humana; y, para lograr ese fin, el mundialismo enuncia diversos “dogmas”, que se despliegan al modo de una niebla, oscureciendo la realidad de las cosas y borrando de las conciencias todo atisbo de sentido común (que, a fin de cuentas, es una impronta divina). Para lograr más plenamente este objetivo, el mundialismo ha establecido la dictadura de lo “políticamente correcto”; y, como último recurso disuasorio, ha establecido también delitos de opinión en materias especialmente sensibles (homosexualismo, teorías de género, etcétera) que intimiden al díscolo. Y, en verdad, la intimidación ha logrado resultados espectaculares.

Tan espectaculares que el mundialismo ha logrado imponer sus “dogmas” dementes como si, en efecto, fuesen “hechos objetivos”, tanto entre los ufanos progres de izquierdas como entre los genuflexos progres de derechas. Y, ganada la batalla cultural, el mundialismo se ha dormido en los laureles del triunfo, conformándose con estigmatizar a los díscolos ruidosos, a los que caracterizó como palurdos sin estudios universitarios, destripaterrones, carcas nostálgicos de la Edad Media, etcétera; gentuza, en fin, “deplorable” (la bruja Hilaria dixit) que poco a poco se irá extinguiendo. En cambio, el mundialismo descuidó a los díscolos silenciosos, sin entender que su prepotencia estaban generando una reacción subterránea entre muchas gentes que callan por temor a ser estigmatizadas, pero que no están dispuestas a comulgar con las ruedas de molino de la llamada “opinión pública”, que se mantienen leales a una verdad hostigada y perseguida, que se aferran clandestinamente a los vestigios del prohibido sentido común. Gentes hartas de libertades excéntricas que añoran cosas tan sencillas y elementales como formar una familia, educar a sus hijos sin perversas colonizaciones ideológicas o alcanzar una paz fundada en la justicia.

Y estas gentes que callan, por prudencia o cobardía, ante el matonismo de la propaganda sistémica, que fingen adherirse a los falsos “dogmas” impuestos a través de leyes inicuas, que se refugian mohínas en sus casas cuando suenan las fanfarrias orgullosas del mundialismo, todavía no se atreven a salir del armario; pero ya se atreven a expresar su queja ante una urna. No responden a “llamamientos a la emoción y a la creencia personal”, como pretende el palabro progre, sino al llamamiento de la naturaleza y del sentido común, que el mundialismo ha pretendido en vano borrar de sus conciencias. Son hombres y mujeres corrientes que se resisten a entregar su alma y a dimitir de su raciocinio; son portadores de una “preverdad” que es la única esperanza que le resta a este podrido mundo.

ABC, 21 de noviembre de 2016

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