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1977: Última entrevista a S.M.C. Don Javier I y manifiesto contra el marxismo y el separatismo

Nada más oportuno en este año del XL aniversario de S.M.C Don Javier I, que editar la última entrevista que le hicieron los medios de comunicación españoles.

Fue publicada en marzo de 1977 en la revista La Actualidad Española (n.º 1314), que también reprodujo un manifiesto ante notario en el que el viejo rey legítimo de España reafirmaba los principios inmutables del Tradicionalismo español, desmintiendo así las calumnias vertidas sobre él por los deformadores del Carlismo.

Ante los ataques recibidos por los enemigos de la Causa de Dios, Patria y Rey, que llegaron a afirmar que el augusto padre de Don Sixto había sido secuestrado por su hijo —cosa que fue desmentida públicamente por Don Javier—, el entrevistador, Ignacio Amestoy, actor y periodista que elogia la Transición y la democracia inorgánica, se vio en la necesidad de manifestar en una carta a EL PAIS, que no conocía con anterioridad a Don Javier ni a los dirigentes de la Comunión Tradicionalista.

Para acceder a la digitalización de la entrevista y reportaje fotográfico, puede hacer clic en el siguiente enlace:

Entrevista a Don Javier en La Actualidad Española (1977)

Transcribimos a continuación el texto de la entrevista, destacando en negrita las respuestas de Don Javier.

 


Enviados especiales a París

Don Javier firmó un manifiesto carlista

En la noche del viernes 4, la oficina de prensa del Partido Carlista hacía pública una nota en la que se afirmaba que don Javier de Borbón Parma había desaparecido de su domicilio siete días antes y que, según parecía, se encontraba retenido por su hijo don Sixto para evitar que conectase con otro de sus hijos, don Carlos Hugo. Anunciaban que, una vez localizado su paradero, quedaría aclarado el desagradable asunto que estaba dividiendo a la familia carlista. La polémica había saltado dos semanas antes, cuando LA ACTUALIDAD publicó una fotografía de don Javier junto a su hijo don Sixto que fue interpretada en numerosos ambientes políticos como una confirmación de que el jefe de la familia carlista se inclinaba a favor de don Sixto Enrique, descalificando la actuación de don Carlos Hugo.

Horas antes de que se difundiera el comunicado carlista sobre la «desaparición» de don Javier, nuestro enviado especial a París, Ignacio Amestoy, nos enviaba una crónica sobre cómo había transcurrido su jornada junto a él, y de cómo había sido firmado —a las siete menos diez de la tarde— un manifiesto del jefe de la familia. Las fotografías que ilustran este reportaje, de Rogelio Leal, fueron obtenidas ese mismo día.

Ofrecemos, en rigurosa exclusiva, la crónica de la jornada pasada junto a don Javier y la entrevista mantenida con él.


Un leve sol traspasaba las nieblas de París. La figura sonriente de Chirac invadía las vallas de las calles parisienses. Don Francisco Javier de Borbón, duque de Parma, cabeza de la familia carlista, vivía los momentos que precedían a una «declaración de principios» sobre el carlismo y su significación, que iba a tener lugar en la tarde del viernes 4 de marzo de 1977. En el hotel Terminus, de Saint Lazare, don Javier estaba contento. Con sus ojos pequeños y profundos escrutaba con cariño a los que estaban junto a él.

– Me encuentro muy feliz de tener todos los amigos aquí. Es un gran gozo para mí encontrarme con mis fieles. Al cabo de los años nos encontramos como siempre. Es un consuelo veros. Y tengo una confianza total. La partida difícil la hemos pasado. El carlismo estaba abandonado, pero, no obstante, el combate todavía continúa; el combate espiritual.

A su lado, doña María Francisca, su hija mayor, y don Sixto, el pequeño de la familia. También estaban junto a él el jefe delegado de la Comunión Tradicionalista Carlista, don Juan Sáenz Díez; el delegado nacional de Requetés, don José Arturo Márquez de Prado, y tres consejeros nacionales de la Comunión: don Antonio Garzón, jefe de Andalucía oriental, y don Ignacio Toca, en su día presidente de la Hermandad del Vía Crucis de Montejurra, y don Juan Antonio Olazábal, uno de los hombres que siempre ha disfrutado de la confianza de don Javier.

Esta conversación se celebraba tomando café después de una frugal comida, a la que habían asistido los anteriormente citados y los enviados especiales de LA ACTUALIDAD. El ambiente era, entre ellos, de familia y así quiso subrayarlo don Javier.

– La familia es lo que tenemos que cuidar sobremanera. Y en la familia siempre tiene que haber una misma dirección. El padre ha de escribir unas páginas que se continúen en los hijos; el mismo sentido y la misma dirección; si no, sería una tragedia. El valor del padre ha de destacarse; siempre hemos de tener una gran admiración por él.

Historia de la entrevista

Don Javier se queda meditando. Y aprovechamos esos momentos de sosiego para iniciar la conversación acordada para LA ACTUALIDAD. Después de las últimas entrevistas con don Carlos Hugo y don Sixto, publicadas en nuestra revista, el interés se centraba en el padre de esta familia Borbón-Parma. Habíamos intentado ponernos en contacto con él a través de sus dos hijos. Por fin, en la mañana del jueves 3 recibimos una llamada que nos citaba para pocas horas después en París, donde se iban a desarrollar «unos acontecimientos decisivos para el carlismo». Todo, al parecer, estaba preparado para la tarde del mismo jueves. Pero circunstancias que desconocemos impidieron nuestro contacto. De nuevo se nos citó a las doce treinta del viernes en el hotel Terminus, de París. Allí pasamos dos largas horas hasta que por fin pudimos apreciar la llegada del jefe de la familia carlista. Junto a él pronto aparecerían una serie de hombres que durante estos últimos cuarenta años han vivido los avatares del Tradicionalismo: primero, en el Requeté; después, junto a don Javier; más tarde, junto a Carlos Hugo, y ahora, apiñados en torno a don Sixto, que, según todo parece indicar, pretende situar a su padre junto a su causa. ¿Por qué este retraso desde las doce y media hasta las dos, que prolongaba la demora de nuestra cita anterior? Según nos han comunicado, don Javier había pasado los últimos días en el campo, y a su regreso a la ciudad sus acompañantes se encontraron con la vigilancia intensiva de su domicilio por partidarios de don Carlos Hugo. Al parecer, el burlar esta vigilancia fue la causa de los retrasos. Esto, unido a la repentina indisposición de doña Magdalena, esposa de don Javier, que sería internada en la misma mañana del viernes en el Hospital Americano, víctima de una pulmonía. Hemos de señalar que algunos de los partidarios de don Carlos Hugo, al conocer esta noticia, se trasladaron al citado centro hospitalario, esperando que, en breve plazo de tiempo, apareciese don Javier. Hacia las dos y media de la tarde, y antes de trasladarse don Javier a la notaría de la rue des Saints Peres, 15, se celebró el almuerzo al que nos hemos referido.

Firma del manifiesto

Celebrada nuestra entrevista, tan rápida como sigilosamente los asistentes se desplazaron en tres automóviles hacia el despacho del notario ante el que don Javier firmaría el manifiesto. En uno de esos coches seguimos a la expedición.

Una vez en el despacho, el nerviosismo fue en aumento, ya que la traducción al francés del documento redactado por don Javier se demoraba. Al cabo de casi dos horas pudo dar comienzo el acto de la firma. Firmó don Javier, a continuación los testigos. Don Sixto de Borbón, en el momento de la firma, quiso estar ausente. El documento redactado en francés incluía unas consideraciones del notario sobre la identidad de los firmantes, así como el propio manifiesto. Posteriormente, don Javier firmó el documento en castellano y nos lo entregó.

La tensión de las horas anteriores cedió y el ambiente quedó más relajado, aunque con la visible emoción de don Javier. Por otro lado, don Sixto reflejaba en su rostro una inconfundible sonrisa de satisfacción. Esos fueron los momentos en los que se pusieron unas boinas rojas para posar ante Rogelio Leal.

Rápidamente, la reunión quedó disuelta y al primer plano de la preocupación de los asistentes saltó el estado de salud de doña Magdalena, y varios de ellos se dirigieron al Hospital Americano, donde se encontraba internada.

 


 

 

Don Javier: “Franco me echó tres veces y ahora no me dejan entrar”

Don Javier, ochenta y ocho años, hombre profundamente religioso –que ha hecho de su religión el centro de su actividad política–, que sólo duerme tres horas al día, lee de dos de la madrugada a siete de la mañana –«son las horas más tranquilas de la jornada»– y va todos los días a Misa de siete, tiene en sus manos la clave del futuro de la tradición carlista. Responde a nuestra entrevista con una sola condición: «no contestar a preguntas relacionadas directamente con sus hijos».

 

 

 

– Don Javier, ¿hasta qué punto fue decisiva la intervención del Requeté en la guerra civil?

– Fue casi decisiva. Pero, de todas formas, maravillosa. Muchos fueron mártires y murieron con alegría tras abandonar a sus familias. Algunos han tratado esta intervención horrorosamente pero, en realidad, fue maravilloso. Hoy en día hasta se tiene miedo de decir que aquella guerra fue una Cruzada. Desgraciadamente. Y ahora vamos a un tiempo más difícil todavía, porque todo se mezcla. Debemos considerar muy alta la Cruzada, porque fue la razón de ser no personal, porque lo que pretendíamos era mantener la fe de España. De cualquier forma, hay que hablar de aquel pasado a nuestros hijos, a nuestros nietos, aunque, eso sí –puntualiza con energía don Javier– sin insistir en la violencia para que no se cree un temor al pasado. Debemos ser prudentes, pero no podemos callar. Que todos entiendan la grandeza de aquel sacrificio.

– ¿Usted pactó la intervención carlista con el Ejército sublevado?

– Sí, con Sanjurjo y Mola. Lo de Sanjurjo fue fácil. Con Mola, más difícil. Sanjurjo era hombre que conocía una gran cantidad de cosas, un hombre realmente nacido para el mando. Mola era muy distinto, cerrado en sí mismo, muy cerrado. En realidad, creo que no tenía un punto de vista personal, por eso con Sanjurjo sí pude plantear nuestra intervención como una defensa del catolicismo. Con Mola, no estoy muy seguro.

– Suponiendo que las circunstancias de 1936 se repitieran, ¿usted volvería a pactar?

– Si Sanjurjo y Mola estuvieran aquí, sí. Pero hoy en día hay elementos que no valen, con los cuales se debe tratar. En realidad, pienso que el comunismo no tendría que representar un peligro, porque el comunismo acabará en una catástrofe inevitable. No obstante, el ataque del marxismo es feroz y es grave porque sus planteamientos son todos mentira. Pretenden el sacrificio de los pueblos por bienes materiales que nunca llegarán. Hoy ya hay quien intenta ser católico, o incluso sacerdote, siendo marxista. Eso es muy fácil de decir, pero a la hora de los hechos se ve que no es la verdad.

– El carlismo en este momento, ¿estaría preparado para asumir una responsabilidad en el poder?

– Entre los carlistas tenemos gente de primera categoría, porque no hablan, trabajan. Cuando el momento llegue saldrá afuera nuestro carácter. Ahora preparamos gente para el instante oportuno. Todos los que han pasado por el Requeté están ahora a nuestro lado en la lucha católica. Estoy convencido de que estamos en una circunstancia crítica, pero hay requetés que hicieron la guerra y que son los que darán el ejemplo a una juventud maravillosa que tiene fe política y fe religiosa.

– ¿Cabría, desde los planteamientos carlistas, comparar 1977 con 1936?

– Las fuerzas se encuentran mucho más poderosas de un lado y de otro. La lucha es más importante que nunca, por eso insisto tanto en la promoción de nuestra juventud que necesita que estemos cerca de ella, formándola, porque precisamente el gran apoyo del carlismo tiene que estar en la formación. Una formación de lucha.

– Don Javier, ¿observa hoy en día la amenaza de algunos peligros concretos para el pensamiento tradicionalista?

– El mayor peligro que nos acecha hoy es el materialismo. Los Estados son un conjunto de intereses y capitales. Eso es un gran peligro. Por otra parte, en el terreno religioso, el protestantismo ha debilitado las conciencias. Considera una forma exterior del bien sin dar importancia al interior. De cualquier forma, estas dificultades y otras de la vida son naturales. Tienen que existir. Hace veinte años todo era más fácil.

– Uno de los lemas que defiende el Tradicionalismo es la Monarquía. ¿Cómo la definiría?

– El poder viene de Dios. El Rey tiene una gracia especial y un deber del cual tiene que rendir cuentas a Dios si es un verdadero católico. El ejemplo nos lo dio mi tío don Alfonso Carlos, que no dudó un momento en llevar a la batalla a los carlistas, indicándome que procediese a un acuerdo con Sanjurjo y Mola. Fue una gracia especial de visión. Y es que no podemos ver las cosas del futuro, pero hay que adivinarlas tal como Dios las quiere. Yo tengo ahora ochenta y ocho años, pero tengo confianza en todo lo que haga, porque Dios está detrás. Muchas veces el Santo Padre me ha dicho: «Usted no debe pedir que el futuro de España sea de una manera u otra, lo que debe de hacer es encomendar a Dios ese futuro». Todo es cuestión de darse a Dios. Todo depende de Dios. Tenemos que tener confianza en Él.

– Ha hablado usted de España, ¿cómo contempla nuestra Patria?

– De todos los países que conozco no hay otro como España. Es el más profundo de todos. Es una fuerza extraordinaria, con miles de santos, como los requetés que dieron su vida para Dios, no como cosa personal. No eran ricos, no tenían esperanza en la riqueza, fue un servicio maravilloso a Dios. Fueron mártires. Los que sufren ahora en el carlismo entienden muy bien de todo esto. España es una gran fuerza. Uno, por ejemplo, contempla el caso de Italia. ¡Qué gran debilidad!, todo en el exterior y tan poco en el fondo… En España hay mucho fondo y poco exterior. Esta fuerza interna es peculiar de nuestro país.

– Don Javier de Borbón Parma fue encargado por el Papa Pío XI de renovar la Orden del Santo Sepulcro. Desde entonces, el padre de la familia carlista ha estado muy estrechamente vinculado con el Vaticano y con la Iglesia. ¿Cómo ve, desde esa postura de privilegio, la situación de la Iglesia en estos momentos, uno de los poderes más atendidos por el carlismo?

– El momento actual es muy duro. Conozco al Santo Padre muy de cerca, su salud no es muy buena, tiene muchos problemas. La Iglesia necesitaría más energía, es decir, ser más fuerte. Desde luego que la Iglesia tenía que ser otra cosa, más abierta, nos habíamos acostumbrado al clericalismo; al mismo tiempo, el Santo Padre no puede hacer una política de violencia: ha de estar abierto para consolidar los aspectos favorables que vengan de fuera y mantener, al mismo tiempo, el mando eterno de la Iglesia. Hay ambiente de cambio, pero más que en Roma, en conventos y asociaciones. Es un peligro interno, pero no de Roma. Es un peligro que el demonio hace inevitablemente. Se siente muy bien al enemigo que trabaja entre nosotros. Pero soy muy optimista, porque Dios es más potente que el diablo. Éste es un momento crítico en el que debíamos tener un Papa fuerte y tenemos un Papa dulce. Aunque el Santo Padre tiene una fuerza interna maravillosa. No queremos criticarle, de ninguna manera, pero debemos intentar comprender cómo lo hace. En tiempos tan duros esperábamos otro Papa más firme. Así se lo comenté a un alto dignatario de la Curia, que me respondió: «Usted no debe hablar así. Este Papa llega con su barca a buen puerto a través de todas las dificultades».

– En algunos sectores del carlismo se habla de una deformación general de conciencia con relación a los criterios de la Iglesia…

– Éste es un peligro cierto de debilidad mental. Muchos principios de la religión son abandonados porque falla la responsabilidad con relación a los principios inspirados por la Iglesia. Por ejemplo, el gran peligro de muchos sacerdotes y de muchos fieles es el no tener en cuenta la doctrina social de la Iglesia en este momento. El marxismo ha ganado mucho terreno. El dinero es, por otra parte, el gran peligro. Pero nuestra juventud carlista es la contrafuerza. Una juventud que no acepta el fútbol como una religión, o el esquí… Nuestra juventud lo entiende. No es fácil de comprenderlo, pero lo entienden. Quieren conseguir una vida llena de sacrificio y con mucho amor.

– ¿Cuándo va a volver usted a España?

– No me dejan entrar. Franco me echó tres veces y yo, como los judíos, volví; me tiraron por la puerta y entré por la ventana. La mejor solución. Las relaciones con Franco fueron muy difíciles. No quería contar conmigo. Franco tenía respeto a los reyes liberales y tenía también una especial predilección por ellos; en realidad era una correspondencia con don Alfonso, que le había hecho llegar al mando dentro del Ejército con gran facilidad. Tuve discusiones profundas con Franco. En una ocasión me dijo: «Tengo a los falangistas, no necesito de los carlistas». Yo le contesté que la Falange tenía una gran valentía, pero que en ella no había idea ni corazón, sin una razón de vida. Todo lo hacían por ellos o por el pequeño jefe y así el falangismo se hizo dueño de España. Muchos oficiales que no estuvieron con él, cayeron. Franco basó su política en una autoridad personal. Habrá hecho todo lo que ha podido, pero en muchas cosas no vio el futuro. Su gran acierto fue llegar al mando inesperadamente. Mola era muy superior a Franco, pero Dios puso a mandar a Franco por su dureza.

– Don Javier, por último, ¿cómo ve el futuro?

– Optimista para los próximos años, con todas las dificultades que puedan llegar. El fecundo trabajo del pasado dará ahora sus frutos. Lo nuestro es una fuerza nueva que atrae en el momento materialista actual. Damos soluciones. Dios vuelve al mundo. Siempre he luchado por ello. He luchado mucho.

IGNACIO AMESTOY
Fotos: ROGELIO LEAL

MANIFIESTO

Contra el marxismo y el separatismo

 

Éste es el texto del manifiesto:

«Ante ciertos rumores relacionados con pretendidas declaraciones políticas que se me atribuyen, quiero, en este día, dar a conocer una declaración mía para disipar toda confusión o mal entendido en cuanto a mi posición y forma de pensar, en lo que al carlismo se refiere, en su permanente línea ideológica derivada de los grandes principios que la informan y constituyen su razón de ser.

Debo, por tanto, afirmar, ante todo, que si siempre me he esforzado por mantener la unidad en el seno de mi familia, no puedo consentir que se utilice mi nombre, pese a lo que se intentó hacerme decir, para justificar un gravísimo error doctrinal dentro del carlismo, haciéndolo aparecer ante la opinión pública como partido socialista o aliado del marxismo o del separatismo, que son incompatibles con su propia naturaleza y contra los cuales el carlismo ha luchado siempre con la mayor energía, de la misma manera que también ha luchado contra el capitalismo liberal materialista, que todavía trata de imponerse en nuestra patria como ya trató de hacerlo en el pasado.

Así, toda concomitancia de aquéllos que se llaman a sí mismos carlistas con el separatismo o el socialismo constituye una provocación evidente y una clara voluntad de engaño. No puede haber, por tanto, carlistas ni carlismo fuera de la plena aceptación de los principios fundamentales que son, quiero recordarlo:

1) La confesionalidad católica: es decir, la afirmación de nuestra condición católica como primera razón de nuestra causa: Dios.

2) El mantenimiento del principio indiscutible de la unidad nacional y del conjunto de tradiciones específicas de la naturaleza de la España de siempre y que dan su pleno sentido al concepto de patria.

3) La defensa de los fueros, fórmula que no está en modo alguno en contradicción con el principio anterior, sino que lo complementa.

Además de constituir unos derechos históricos indiscutibles, representan la libre y original evolución de cada región de España, y de los cuerpos intermedios, evitando así los graves inconvenientes del centralismo absorbente y paralizador.

4) La afirmación de la necesidad de la Monarquía para España, que se basa en nuestra convicción de que es herencia permanente de autoridad, responsabilidad, independencia y continuidad.

Todo esto, lo sé, puede parecer una exposición de verdades elementales, pero creo que es oportuno recordarlas para terminar con ciertos falsos razonamientos que pretenden hacer que se puede ser carlista sin ser católico ni monárquico, patente traición a las convicciones de todos aquéllos que, obedeciendo las órdenes que tuve el honor de firmar en nombre de mi augusto tío el Rey, don Alfonso Carlos, lucharon con valor y murieron gloriosamente por la religión y por la Patria.

Pido a Dios que el carlismo, sin desviación alguna, siga fiel a sí mismo para el mejor servicio a España y la Cristiandad.

Francisco Javier de Borbón, duque de Parma.»

 

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