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Melchor Ferrer: «Historia del Tradicionalismo Español». Tomos XIX-XXIV t.co/2dqSKEosiK

1975: Documentos inéditos de S.A.R. Don Sixto Enrique de Borbón y de su Secretaría Política

Fallecido el Excmo. Sr. don José Arturo Márquez de Prado (q.e.p.d.), esta Secretaría Política se siente autorizada para publicar unos importantísimos documentos que, años ha, entregó, en forma de fotocopia, a don Miguel Ayuso Torres. Se trata de cuatro escritos que avalan, de manera incontrovertible, la legitimidad de S.A.R. Don Sixto Enrique de Borbón como abanderado de la Tradición española y Jefe de la Comunión Tradicionalista. En el primero de ellos, sorprendido por la inesperada abdicación de S.M.C. Don Javier I en favor de su hijo Carlos Hugo  ̶  abdicación forzada por las maquinaciones de su hijo mayor  ̶  Don Sixto da, por decirlo así, un paso al frente y, aún declarándose respetuoso del orden sucesorio, recoge la bandera de la Tradición abandonada por su hermano y se manifiesta dispuesto a no eludir sus obligaciones como príncipe español. A ese escrito, que contiene una breve pero tajante e inequívoca declaración de los principios de la Causa carlista, siguen, a modo de consecuencia,  dos breves documentos en los que nombra a Márquez de Prado Jefe de su Secretaría Política y Jefe Nacional de Requetés.

El último es una magnífica nota de la Comunión Tradicionalista, cuyo Jefe era ya Márquez de Prado, que complementa la carta enviada por Don Sixto a su hermano, el 22 de septiembre de 1975, en contestación al requerimiento notarial de 14 de septiembre para que le reconociera como «Rey abanderado del partido carlista». En esa carta Don Sixto responde con toda firmeza lo siguiente: «Hoy, después de la forzada abdicación de nuestro Padre, me obligas, con el documento que acabo de recibir, a definirme públicamente y tomar la firme decisión de mantener en alto la bandera de la Comunión Tradicionalista-Carlista, que tú has abandonado y ello por lealtad al pueblo carlista, al cual nos debemos, y por fidelidad a los grandes principios de nuestra Causa que son inalterables, sin pretender con ello arrogarme derechos que no me corresponden. Quiero al mismo tiempo recordar la pureza de ideales de nuestro Padre que, con ejemplar sacrificio, tan grandes servicios ha prestado al Carlismo y a España». El contenido de la nota de la Comunión, elaborado con toda probabilidad por Francisco Elías de Tejada, es un alegato, profundo y erudito, que demuestra, sin dejar lugar discusión, la legitimidad de Don Sixto.

La publicación de estos documentos debiera hacer reflexionar a los carlistas que, sin dar razón alguna de peso, niegan su acatamiento a un rey así; e, introduciendo entre nosotros una división caprichosa, mantenida a lo largo del tiempo por camaradería o mera costumbre, debilitan la Causa de la Tradición en estos momentos de anarquía y revolución que exigen, más que nunca, nuestra acción disciplinada y eficaz.

Publicamos la transcripción estos documentos seguida de los enlaces que permiten ver los originales en pdf.

1

21 de abril de 1975: carta de S.A.R. Don Sixto Enrique de Borbón

a Márquez de Prado

Excmo. Sr. D.  José Arturo Márquez de Prado y Pareja

Querido Pepe Arturo:

Ante la sorprendente abdicación de mi Padre, y conocedor de la gran tensión existente en el carlismo por la posición ideológica de mi hermano, decido escribirte esta carta, haciéndote algunas puntualizaciones que dejen bien clara ni postura.

Bien sabes que jamás traté de crear conflictos a mi padre ni a mi hermano. El orden de sucesión en la legitimidad es un valor fundamental en nuestra monarquía, y yo respeté y respetaré siempre, y tú lo sabes, este orden sucesorio.

Acontecimientos acaecidos desde hace ya varios años como consecuencia de los planteamientos políticos de mi hermano, frente a los cuales, a pesar de mi disconformidad personal, no he querido pronunciarme públicamente, esperando siempre una rectificación y también por respeto a mi padre, han culminado en estos días con el hecho de la abdicación.

En estas circunstancias me parece obligado dejar bien claro que, en el caso de que mi hermano no rectifique expresamente y con todas las garantías sus conceptos y declaraciones pasadas en relación con las esencias fundamentales de nuestra Causa Tradicionalista, lo que deseo de todo corazón, no rehusaré las responsabilidades inherentes a mi condición y mantendré las obligaciones como Infante de España, siguiendo siempre fiel al mandato de nuestros principios fundamentales explicitados por mi augusto tío D. Alfonso Carlos, y por los cuales murieron nuestros requetés.

Debemos ser los primeros, como Príncipes de la dinastía, en defender la confesionalidad católica del Estado; la integralidad de las Españas, y las libertades forales,  que dan su verdadero sentido a nuestra monarquía.

Quiero, querido Pepe Arturo, que tengas la seguridad de mi entrega total a la causa, y de mi plena confianza en ti.

Tuyo afectísimo,

Sixto Enrique de Borbón

Infante de España

París 21 de abril de 1975

Para acceder al documento pulse el enlace siguiente: D. Sixto 21-04-1975

 

2

26 de abril de 1975: S.A.R. Don Sixto Enrique de Borbón nombra

Jefe de su Secretaría Política a Márquez de Prado

Tengo a bien nombrar al Excmo. Sr. D. José Arturo Márquez de Prado y Pareja Jefe de mi secretaría política.

Sixto Enrique de Borbón

Infante de España

París 26 de abril de 1975

Para acceder al documento pulse el enlace siguiente: D. Sixto 26-04-1975

 

3

26 de septiembre de 1975: S.A.R. Don Sixto Enrique de Borbón

nombra Jefe Nacional de Requetés a Márquez de Prado

 

Madrid, el 26 de sept. de 1975

Querido D. José Arturo Márquez de Prado y Pareja:

Te nombro Jefe Nacional de Requetés y dependerás como tal directamente en mí.

He tomado esta decisión por la confianza excepcional que te tengo desde hace tanto tiempo y por su magnífica actuación cuando ocupaste este puesto a las órdenes de mi Padre.

Tuyo afectísimo

Sixto Enrique de Borbón

Excmo. Sr. D.  José Arturo Márquez de Prado y Pareja

Para acceder al documento pulse el enlace siguiente: D. sixto 26-09-1975

 

4

Nota de la secretaría política de S.A.R. el Príncipe don Sixto de Borbón

Como aclaración a la respuesta dada por S.A.R. el Príncipe don Sixto de Borbón al requerimiento notarial que en fecha 14 de setiembre de 1975 le ha sido enderezado por representantes de su hermano don Carlos Hugo, y en especial por el señor Marqués de Marchelina, esta Secretaría hace saber:

1.- Es improcedente hablar de «partido» carlista en el siglo XX. Denominación que pudo tener justificación en el lenguaje polémico decimonónico, pero que es inadecuada desde que con ella preténdese sustituir a la palabra «comunión» para colocar al Carlismo al nivel de las demás agrupaciones políticas en un juego democrático liberal, menospreciando la significación exclusiva y peculiar del Carlismo entre las fuerzas políticas de hoy.

Porque la palabra «partido» carlista posee valor de «sociedad» en la terminología de la línea Hegel-Tönnies-Weber, lo que excluye en su calidad de participación en la «comunidad» del quehacer histórico de las Españas, tal como fue entendida la pertenencia a las Españas por los grandes pensadores hispánicos del Siglo de Oro. Desliz terminológico que no es accesorio, sino que entraña las gravísimas y rechazables consecuencias de que el abanderado de la Comunión Tradicionalista descienda a «leader» de partido y de que el carlismo en lugar de encarnar como encarna la esencia permanente de las Españas en la historia, se transforme en actitud parcial; por quien requiere a S.A.R además encasillada al lado de una internacional de obediencia extranjera, como es la tercera internacional mandada desde Moscú. Hacemos notar que no es posible ser carlista si se olvida el sentido de totalidad histórica española del carlismo, si se le recorta a parcial movimiento partidista. Quien así obra se incapacita sin más, no ya para abanderar al carlismo, sino por formar simplemente en las filas de la Comunión Tradicionalista.

2.- Con semejante perspectiva, en el caso de una victoria, no se llegaría a la restauración del sistema político monárquico en el sentido auténtico y unidor de la realeza, sino al mero triunfo de uno de tantos partidos en pugna por el poder. Con lo cual el rey, lo mismo que en las soluciones liberales los caudillos de los partidos políticos, gobernaría en pro de una facción, no al servicio del bien de la comunidad entera. Lo cual le trocaría de rey en tirano, según la clásica definición aristotélica en la Política 1295a21-22, de que tirano es quien gobierna en el propio interés de parte y no en el interés de la comunidad entera.

Tal radicalización de actitudes, al cifrar la Causa en una persona en vez de contemplarla en función de la Tradición de nuestros pueblos españoles, es secuela de ignorar desde el principio qué sea la Comunión Tradicionalista.

3.- Pues la Comunión Tradicionalista, a diferencia de los partidos liberales, son las Españas mismas, por encima de cualquier persona sea quien fuere. El lema sagrado de Dios-Patria-Fueros-Rey no supone valores iguales entre los miembros doctrinales, sino jerarquía de ellos entre sí. El Rey existe, y por ello precisamente no es tirano, no en cuanto fin político, sino para mantener las libertades concretas de los pueblos hispánicos que son los Fueros; en la medida en que esas libertades forales no perjudiquen a la superior unidad común que es la patria; y quemando a la patria en el servicio de Dios, porque la totalidad de los actos humanos está subordinada a la realeza suprema de Nuestro Señor Jesucristo. Esa jerarquía de valores constituye el único secreto de vuestra grandeza histórica, de la grandeza histórica por el carlismo sustentada hoy con una exclusividad que era cabalmente lo que distingue a la Comunión Tradicionalista de las demás agrupaciones políticas existentes. Abandonar semejante actitud es renegar de la Comunión, es renegar de las Españas, es dejar en la calle abandonada la bandera del Carlismo. Lo que sucede hoy por obra de los mismos que en 14 de septiembre requirieron a S.A.R el Príncipe don Sixto de Borbón.

4.- Puesto que por amor de patria,  ̶  al que según Santo Tomás de Aquino en la Summa Theologica secunda secundae, cuestión 101, artículo 3,  ad tertium, tenemos obligación bajo pena de pecado mortal contra el cuarto mandamiento del decálogo, ̶  los españoles hemos de luchar por la pervivencia de las Españas, ha de haber quien recoja la bandera caída; quien sea hoy abanderado de la tradición y mañana sea Rey, una vez realizada la hazaña de reatar el hilo de la Tradición perdida. Pues con esta hazaña necesaria y salvadora ganará la legitimidad de ejercicio que luego será causa de la legitimidad de origen, dado que aquélla es el antecedente imprescindible de ésta. En todas las monarquías históricas la legitimidad de ejercicio fue el punto de arranque de la legitimidad de origen, es la razón que la precede y jurídicamente la justifica.

Y no por tratarse de mero hecho, cual pudieran opinar los secuaces de las corrientes jurídicas positivistas; sino porque es el hecho que enlaza con el derecho natural, a fin de cumplir con la exigencia del derecho natural de conservar y amar a la patria. Es la apelación a un derecho más alto, al derecho natural, para crear o mantener a una comunidad política, derecho natural que unge al que salva a la patria con legitimidad bastante como para dar nacimiento a las instituciones del derecho positivo.

Bien lo vieron nuestros clásicos al establecer que el acatamiento, reconocimiento o elección tácita del ejecutor del hecho que procura la legitimidad de ejercicio es el origen del poder político. Tal Francisco de Vitoria al dar ese sentido a la «electio» en la Relección segunda «De Indiis», párrafo 6. Tal Domingo de Soto en su De justitia et jure libri decem, libro I, cuestión 1, artículo 3, al escribir que todo poder viene del derecho natural «non simpliciter praecipiente sed consequente». Tal Diego de Covarrubias y Leiva en su Practicarum quaestionum librum singularem, libro I, capítulo 1, número 2, al referirse a la elección tácita de los reyes por los pueblos, a aquello que en el número 4 denomina elección indirecta por acatamiento. Tal Luis de Molina en el De justitia et jure, tratado II, disputa 27, al asentar que el poder viene al gobernante por la «natura rerum» de las circunstancias políticas y sociales, sea por la elección efectiva del pueblo, sea por herencia, sea por imposición de los méritos de su persona; pues la Providencia señala a través de los sucederes históricos la voluntad misma de Dios. Tal Francisco Suárez en la Defensio fidei, libro III, capítulo 2,  párrafo 19, al poner de relieve que el poder político encarna en un príncipe por el acatamiento del pueblo, «per voluntarium populi consensum» en reconocimiento a sus hechos «paulatim et quasi succesive», modo de consagrar la autoridad legítima en razón de la legitimidad de ejercicio, fuente ineludible de la legitimidad de origen.

Bien lo vieron asimismo los teóricos políticos del carlismo por boca de Enrique Gil Robles en el Tratado de Derecho Político, libro IV, capítulo III, al establecer «las leyes de concreción de la soberanía» en el sentido de que la legitimidad procede del acatamiento de la «excelsa superioridad» de quien asume que la tarea de salvar a un pueblo; de suerte que «en razón de esta misma superioridad la soberanía tiende más bien a ser reconocida y acatada que constituida por elección».

Y bien lo prueba la historia misma del Carlismo, cuando la Comunión, esencia de las Españas, repudió a Juan III, con ser nada menos que hijo de Carlos V, Hermano de Carlos VI y Padre de Carlos VII. En los términos de la carta que la venerable Princesa de Beira le dirigiera desde Baden en 15 de septiembre de 1861, términos que no han perdido ciertamente la lozana actualidad; al asentar se había «despojado asimismo del derecho» de reinar en atención al que: «los principios democráticos que has proclamado, dicen, destruyen por su fundamento toda legitimidad, y con el hecho de proclamarlos has renunciado a tus derechos a la Corona, has abdicado de hecho confesando en uno de tus manifiestos que lo esperas todo de la soberanía nacional. Añaden más: dicen que has apelado al sufragio universal, y que éste te condena, pues de todo el gran partido monárquico español apenas hay un solo individuo que se haya adherido a ti y a tus principios. Te desecha igualmente todo el partido isabelino, con el cual estás en guerra; sólo queda un puñado de demócratas, quienes, aceptando tus principios, debe desconocer tu persona o servirse de ella solamente como de instrumento para sus fines ulteriores».

5.- Para salvar a las Españas por el único precio posible, que es el de la restauración institucional de la Comunión Tradicionalista, siempre guardia eterna – no Joven ni Vieja – de la Tradición de nuestros pueblos; alzando la bandera abandonada en el arroyo de la democracia liberal, cuándo no en el lodazal del marxismo; cumpliendo con los deberes de la sangre en el irrenunciable ejercicio de la legitimidad de ejercicio en el designio de salvar a la Dinastía legitima con el cumplimiento de las responsabilidades históricas que la conciernen; S.A.R. el Príncipe don Sixto de Borbón se constituye en el Abanderado de la Causa Carlista y en el Príncipe de la Legitimidad Carlista con el apoyo de los carlistas verdaderos. Haciendo propias las mismas palabras con las que Carlos VII en coyuntura semejante proclamó sus deberes de rey en la Protesta que firmó en Lucerna el 20 de mayo de 1886 contra la usurpación del llamado Alfonso XIII: «mis derechos se confunden con los de España; lo mismo son conculcados por la presencia del trono de un príncipe o de una princesa, inconscientes instrumentos de la Revolución, que por la proclamación de una república, y para hacerlo valer en la forma más eficaz, no vacilaré jamás en seguir el camino y en escoger los procedimientos que el deber me trace».

Igual que Pelayo en Covadonga o que Íñigo Arista en las breñas aragonesas, S.A.R. el Príncipe don Sixto de Borbón recoge la bandera abandonada, la enarbola a los vientos de la historia y asume la misión sagrada de salvar a las Españas con la forja del instrumento político que es la Comunión Tradicionalista, reconstituida en la integridad de su doctrina y en el fervor del Requeté. Tomando por programa desechar funestas innovaciones extranjerizantes y continuar la tarea señalada por S.M. el Rey Alfonso Carlos en su real decreto de 23 de enero de 1936, última codificación autorizada del derecho político de la Tradición hispánica. De donde proviene su legitimidad, legitimidad de ejercicio en este acto solemne y terminante; de la cual resulta asimismo su legitimidad de origen, con arreglo a los precedentes históricos legales y a la doctrina invariable de los maestros del pensamiento político español.

De suerte que S.A.R. el Príncipe don Sixto de Borbón es así el único legítimo Abanderado de la Causa y el Rey que las Españas necesitan. Con sus actos futuros responderá de la legitimidad que desde este instante encarna y que la Comunión Tradicionalista unánimemente le reconoce al prestarle debido acatamiento de servicio; acatamiento para la empresa de lograr que las Españas vuelvan a ser de nuevo las Españas y para que la Comunión Tradicionalista de 1975 continúe siendo idéntica a la que capitanearon los reyes legítimos sucesores –en legitimidad de origen y de ejercicio – de Carlos V, sin torcimientos liberales, ni equívocos democráticos, ni desviaciones marxistas.

Para acceder al documento pulse el enlace siguiente: Nota de la Secretaría Política

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