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¿Nuevo socialismo?


M. Anaut
Miembro de ECAM

Durante el decenio de los sesenta floreció la tesis, bautizada por el ministro y politólogo español Gonzalo Fernández de la Mora en la rúbrica de uno de sus libros más famosos, del «crepúsculo de las ideologías», luego arraigada durante los setenta y aun los ochenta. Presentaba sin lugar a dudas un (aparente) fundamento teórico, más allá de su singular funcionalidad política en favor de la deriva «tecnocrática» del régimen del General Franco. En efecto, las «ideologías» fuertes de la modernidad, concebidas como «religiones civiles», comenzaban por entonces a mostrar síntomas de agotamiento. En un primer momento, bajo la sugestión de la primera ola de las «terceras vías», pareció que la línea de evolución conducía en Europa a la convergencia de los sistemas liberal-democrático y socialista-marxista en lo que algunos llamaron el «socialismo con rostro humano» o socialdemocracia. Al mismo tiempo, sin embargo, se abría también camino (ahora por los lares del Tercer Mundo) otra silueta, la del que Thomas Molnar apodó de «socialismo sin rostro», caracterizado por la monolitización del Estado sobre los elementos basilares del Ejército, un nacionalismo celoso y un socialismo sin teoría precisa e incluso sin ideología. Más adelante, en cambio, vendría a extenderse la que el mismo Molnar describiría como «hegemonía liberal» a partir del predominio de una «sociedad civil» entendida more americano, exportada desde los Estados Unidos primero a Europa y luego a todo el mundo. Del «fin de las ideologías» se habría pasado al «fin de la historia» —en la famosa formulación de Fukuyama— signado por el fin del «socialismo real» y el triunfo de la «democracia liberal». Pero, pese al énfasis terminológico, que no pasó inadvertido para la caja de resonancia de los medios de comunicación de masas, tampoco parece que haya durado mucho esa situación ante la emergencia del «choque de civilizaciones» descrito por Huntington…

No es fácil de desentrañar, desde luego, un cuadro tan abigarrado como el recién trazado. Pero quizá no esté de más apuntar por lo menos algunas claves. Así, en primer término, no son expresiones sinónimas «crepúsculo de las ideologías» y «crepúsculo de la ideología». Esto es, la crisis de las singulares ideologías no implica que el «modo de pensamiento» ideológico haya entrado igualmente en crisis. Esto es, las ideologías fuertes se han transmutado en versiones débiles, según el universal signo de la postmodernidad cultural y política. Así, el liberalismo o el socialismo marxista —tras ciertas vacilaciones, idas y venidas—, habrían cedido el paso a fórmulas neo y a ideologías novísimas.

Es en tal contexto en el que hay que situar el llamado «nuevo socialismo», triunfante ahora en España y que puede ejercer una cierta atracción sobre otros ámbitos geográficos y culturales. Así, hay que preguntarse —en primer término— si estamos en verdad en presencia de un «socialismo», para seguir indagando —en segundo lugar— si el tal cosidetto socialismo tendría algo de «nuevo».

El punto de partida no puede ser otro que el del consenso socialdemócrata asentado en Europa después de la II Guerra Mundial y que permanece en lo sustancial pese a las muchas variables que se han entrecruzado desde entonces. Si el Estado moderno se asentó sobre la ficción del contrato social, la «historia» del mismo permite entender el paso de las democracias políticas a las actuales democracias sociales: el «deseo innato de bienestar», fundamento del pacto para Locke, al combinarse con la «libertad e igualdad naturales» de los hombres, en que lo basa Rousseau, conducen a un supercapitalismo en la producción y un socialismo distributivo o de consumo en materia de rentas. Puede decirse, pues, que los partidos socialistas hace tiempo que han dejado de ser socialistas. Aunque conserven con frecuencia actitudes y maneras del viejo socialismo (del socialismo tout court), para arrastrar a un electorado que sigue «creyendo» en el socialismo, como una pequeña parte sigue siendo comunista… Hoy los partidos socialistas lo que son en verdad es «progresistas». Y la razón se halla en la filosofía de la historia.

En efecto, frente a la consideración de la naturaleza humana como inmutable, característica de la filosofía clásica y cristiana, el pensamiento moderno la tomó por ilimitadamente transformable. La Ilustración todavía confiaba en la capacidad de la razón humana para, imponiéndose sobre el oscurantismo y la superstición, dar lugar al advenimiento ineluctable de una «nueva sociedad»; a partir de Rousseau se afirmará, en cambio, que las leyes e instituciones están en el origen de la corrupción del hombre, por lo que habrá de procederse a la destrucción de esa fuente de modo revolucionario. La tarea desvinculadora se aplicó así primero a la acción temporal de la Iglesia (la Cristiandad), luego al entramado social (la separación del Estado y la sociedad siguió a la separación de la Iglesia y el Estado: ese es el contexto del lema «más sociedad y menos Estado») y finalmente a la propia familia. Y bandera «revolucionaria», de matriz «utópica», se irá desplazando durante los siglos XIX y XX del liberalismo al socialismo. Éste, en su versión marxista, continuará la tarea donde aquél la dejó, a través de la reorganización por la tecnocracia estatal de la sociedad de masas (en puridad «disociedad») que el liberalismo y la desvinculación crearon. Ahora bien, agotado su objetivo fundacional (al menos en parte pues las autoridades naturales siempre rebrotan), y derrotado como doctrina económica, el socialismo antes marxista, luego gramsciano, quedará reducido a «progresismo», esto es, a una «postura» intelectual nihilista ligada al estatismo del llamado «bienestar» y concretada en nuevos «ismos» tales como el pacifismo, ecologismo, feminismo, etc.

Cierto es que el «progresismo» pudiera considerarse cada vez más una constante que acomuna a todas las fuerzas políticas del panorama político contemporáneo. Ello se debe a que el «centrismo», erigido en principio absoluto por las fuerzas consideradas de «derecha» (no puede elegirse o rechazarse ser de derecha: la derecha es la que la izquierda, inventora y administradora del juego, designa como tal), excluye cualquier otro principio o constante políticos. Pero no es menos cierto que el «progresismo» enragé pertenece por derecho propio a la «izquierda».

¿Cómo podría calificarse el programa político del actual Gobierno socialista en España sino como «progresista»? No puede negarse que, por comparación con el «centrismo» que se pretende «liberal» y «reformista», es dado descubrir en el socialismo un intervencionismo más intenso. Intervencionismo económico, social e institucional. Concretado inmediatamente en mayor endeudamiento público (que la tecnocracia bruselense con harta dificultad trata de contener) y en el programa de control y dominio de todas las instituciones. Pero es sobre todo el «progresismo» en materia moral y cultural el que connota sus iniciativas. Por ejemplo, fijémonos en primer lugar en el aborto. El primer Gobierno socialista, en los años ochenta, procedió a poner en marcha la despenalización el aborto en tres casos, según el sistema de las indicaciones. Pronto, sin embargo, se fue abriendo en la práctica el aborto libre en determinados plazos. El Gobierno «centrista» que lo siguió en los noventa, por su parte, no osó intentar modificar ni la legislación ni su aplicación, limitándose a rechazar los intentos de la izquierda de «liberalizarlas» (aún más). Otro ejemplo interesante es el del reconocimiento de las «uniones» homosexuales. Ciertos pasos se habían dado ya en distintas Comunidades Autónomas, y no sólo en las ya gobernadas por el socialismo, sino en otras centristas. Pero la modificación del Código civil para permitir el «matrimonio» (sic) entre homosexuales, ligado a la reforma del divorcio, para facilitarlo y acelerarlo, ha impreso una singular coloración «progresista» en el debate político. Lo mismo puede decirse de las políticas inmigratorias, complacientes en sentido «multiculturalista» con los mahometanos, mientras se hostiga a la Iglesia a cuenta de la enseñanza de la religión en la escuela llamada «pública» (recte estatal, pues pública también es la escuela católica). El encono en acorralar a los fumadores, el anuncio de próximas restricciones relativas a las bebidas alcohólicas, o la exasperación del control del tráfico rodado (velocidad, cinturón de seguridad…), podrían parecer —como se ha dicho con ironía respecto del tabaco— «cortinas de humo» a fin de ocultar los graves problemas que tiene planteados, en buena parte generados irresponsablemente por el Gobierno, en lo que toca —por ejemplo— a la organización territorial. Pero también cabría interpretarlos, desde el ángulo que se ha considerado principalmente en estas páginas, a la luz de un «moralismo» progresista, valga la paradoja, esencialmente inmoral.

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