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S.A.R. Don Sixto Enrique de Borbón preside los actos por la festividad de Mártires de la Tradición

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El pasado 12 de marzo, como se anunció oportunamente, tuvieron lugar en El Pardo (Madrid) los actos centrales organizados por la Comunión Tradicionalista para celebrar la festividad de los Mártires de la Tradición. A las 11:30, mientras sonaban los acordes de la Marcha Real, S.A.R. Don Sixto Enrique de Borbón entró en la Iglesia del Cristo del Pardo, acompañado por don José Miguel Gambra, Jefe Delegado de la Comunión Tradicionalista. La Santa Misa por los Mártires, oficiada en el rito latino de San Pío V por don José Ramón García Gallardo, capellán de la Comunión, incluyó la bendición de las boinas rojas que impuso el Abanderado a un nutrido número de leales.

La homilía de don José Ramón García Gallardo empezó por glosar una enigmática frase que S.A.R. dijo a su padre para explicarle su invitación a asistir a las consagraciones episcopales en Ecône: «Vamos a recibir en herencia el espíritu». A juicio de don José Ramón, esa frase se refería al espíritu católico, de combate, al espíritu de la tradición, que es lo que falta en esta época de caos, de ausencia de espíritu, donde sólo queda la corrupción, la confusión y el desorden, como sucede cuando el alma deja el cuerpo. El espíritu católico es espíritu de caridad; y no hay mayor caridad que la que entrega la vida por los demás, como hicieron los Mártires de la Tradición. La boina roja que en breve va a imponer Don Sixto Enrique a los carlistas, no es un camuflaje, sino algo similar a una llama, a la llama de Pentecostés, al fuego de la caridad en los corazones que hemos de pedir, junto a la gracia, para ser fieles a la Tradición. Tradición que S.A.R. nos ha sabido transmitir, como a él le fue entregada por sus padres. Brille en nuestras frentes la llama de Pentecostés, concluyó, y que no se apague en nosotros la llama de la caridad.

Terminada la Santa Misa, Don Sixto Enrique se entretuvo a la puerta de la iglesia hablando y sacándose fotos con muchos conocidos y fieles carlistas que espontáneamente entonaron el Oriamendi, cuando el Duque de Aranjuez subía al automóvil que había de trasladarle al restaurante.

A la animada comida de hermandad siguió el acto político, que presentado por don José de Armas, empezó por el discurso de Paula Gambra, Jefe de las Margaritas. Sus palabras, según dijo, no se proponían más que una pequeña reflexión que se nos antoja, sin embargo, de gran enjundia. Empezó por recordar la finalidad del acto. Estamos aquí para festejar y honrar a los Mártires de la Tradición, a todos aquellos que murieron por Dios por la Patria y el Rey. Entre ellos —continuó— podemos encontrar ejemplos para cualquier circunstancia vital, hombres, mujeres, jóvenes, viejos, casados y sacerdotes. De muy distintas condiciones, Antonio Molle Lazo, Carmen Miedes, Salvador Damián, Mª Teresa Ferragud o Manuel Marín, cada uno fue un ejemplo para nosotros. Su valor y sacrificio nos llena de admiración y envidiamos su desprendimiento. Ahora bien, pocos son los mártires de último minuto. Nosotros sabemos lo que sabemos y no podemos jugárnosla a la última carta. Quizás estemos llamados al martirio, pero como todos esos ejemplos, tenemos antes que pasar por la santificación a través de lo pequeño e insulso. Y para eso, hemos de proponernos colaborar en las mil tareas que la Comunión se ha propuesto sin poderlas llevar a efecto. Porque si no somos capaces de cumplir en lo más pequeño —concluyó— tampoco llegado el momento seremos capaces de responder a lo más grande.

En su discurso, Maurizio Di Giovine, representante de la Comunión en la Península Italiana, empezó recordar en este día de los Mártires, el martirio de los habitantes de Otranto a manos de los mahometanos que habían asediado la ciudad, así como los tremendos sacrificios a los que se vio abocado el Reino de Nápoles para impedir la invasión turca de Roma y de toda la Cristiandad desde sus costas. A partir de esos hechos ejemplares, mostró cómo en nuestros días también cabe esperar del pueblo real, todavía profundamente católico, reacciones contra los designios de los poderes imperantes en Europa, que no son ya laicos sino anticristianos. Por ejemplo las manifestaciones inmensas en lo que hoy llaman Italia contra las directrices europeas sobre el denominado matrimonio homosexual y la reacción de los napolitanos ante las decisiones destructivas de sus tradiciones más queridas que ha llevado a efecto el gobierno, a una con la curia.

El tercer orador, tras resaltar el éxito de la convocatoria (muestra de que la situación de la Comunión, con no tener la envergadura que debiera, no ha llegado a la situación de los momentos más bajos de su historia) destacó la importancia del Rey. Porque la Comunión Tradicionalista es el Rey y, en su torno, unos leales. Algunos pretenden con malignidad rebajar su importancia por aparecer en último lugar dentro del cuatrilema carlista. Eso constituye una malinterpretación del Dios, Patria, Fueros, Rey, que no es la suma de esas cosas, sino la integración superior por cuya virtud cada una de las partes del tetralema es inseparable de las restantes. Y, dentro de eso, la figura del Rey es capital. Capital porque da unidad a los pueblos de las Españas y solidaridad a las personas que las integran. Y en la figura de S.A.R. Don Sixto Enrique De Borbón, como en la de su padre, «tenemos un tesoro» —prosiguió—; por su inteligencia y por su respetada presencia en multitud de países, desde las Españas de Ultramar hasta el extremo oriente europeo, sin olvidar su conocimiento de las viejas cristiandades hoy mahometanizadas. La Comunión Tradicionalista debe corresponder a la figura del Señor con decisión, a pesar de la reciedumbre los tiempos en que vivimos. Y debe hacerlo, primero, propagando el cuatrilema tanto en su versión más comprensible, como en su presentación más profunda; y, segundo, poniendo énfasis en la organización y en la disciplina. Una nube de mosquitos —dijo, aprovechando una metáfora muy usada por Manuel de Santa Cruz— puede ser muy efectiva contra la mole de un elefante. Pero tiene que ser una nube disciplinada, que no «vaya por libre», sino siguiendo con entusiasmo y cohesión a nuestro Rey. Estamos llamados a grandes cosas, concluyó, pero para eso hay que subir cuestas, vencer dificultades para acaso encontrar en la cima, como premio, la cruz.

Finalizados los largos y estruendosos aplausos que siguieron a cada uno de los discursos precedentes, S.A.R. Don Sixto Enrique respondió agradeciendo sus palabras a cada orador. Enlazando con el último discurso, destacó el papel importantísimo que el Carlismo tiene no sólo para detener la decadencia de España, cosa que ya hizo en otras ocasiones, sino también como referente y ejemplo para naciones europeas que, como Francia, más que decaer se están suicidando. El pueblo carlista tiene que mantener su ideal; y la dinastía carlista, la dinastía Borbón, tiene el deber totalmente fundamental de ser un referente en España y fuera de ella. La tradición carlista —prosiguió— ha de enlazar con esa otra tradición larga y gloriosa de Rusia que, tras el milagroso derrumbamiento del terrible, desastroso y criminal régimen soviético, parece convertirse en la protectora de la fe que quiso ser en otros tiempos. Sus palabras, repetidamente interrumpidas por las ovaciones y los vivas, terminaron  con un emocionante recuerdo para José María Arrizabalaga, mártir de la Causa, y para José Ramón García Llorente, padre de don José Ramón García Gallardo.

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