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Profesión: sus labores. Artículo de Elena Risco

Se oye ahora hablar mucho acerca de la imperiosa necesidad de encontrarse a uno mismo, de sentirse realizado, de seguir el camino propio, … Debo confesar que todas esas expresiones son un misterio para mí. Cada vez que intento preguntar su significado – ¡incauta de mí! – sólo encuentro respuestas tan vacías como las mismas frases hechas. Ello me ha llevado a sospechar que nos encontramos ante clichés superfluos y flojos, que, sin embargo, tienen la virtud de hacer evidente el actual interés desaforado por lo que espontáneamente sale de uno mismo, por ese culto a la ausencia de todo condicionamiento que hoy muchos llaman equívocamente libertad.

El siguiente paso, en absoluto casual, de lo que parece ser un maquiavélico plan consiste en relacionar la propia realización personal con el trabajo remunerado, que cada individuo decide desempeñar libremente, llamado por una espontánea e inexplicable vocación. Conclusión: todo aquel que no trabaje, nunca se encontrará a sí mismo. Y la principal víctima de todo lo anterior parecería ser la mujer, cuyas obligaciones familiares a lo largo de los siglos le han impedido pertenecer a ese club de excelencia que hoy llamamos mercado laboral.

El nacimiento y evolución de las diversas corrientes de pensamiento feminista -pues no hay como tal un único feminismo- se debe a una compleja multiplicidad de factores que no pretendo exponer aquí. Pero sí quiero destacar que algunas de sus reivindicaciones adquieren pleno sentido en ese momento en el que la mujer llega a ser considerada un florero con la única finalidad de adornar las reuniones sociales, cuando el cuidado y educación de sus hijos deja de ser su tarea propia y cae en manos de maestros, niñeras e institutrices, cuando el trabajo se especializa y se aleja radicalmente del ámbito doméstico, adquiriendo la actividad laboral una autonomía espacial y funcional absoluta que, a mi juicio, no le corresponde. Sin embargo, si conseguimos expandir nuestro horizonte histórico algo más atrás del siglo XIX, opino que es fácil sostener que el rol reservado a las mujeres en una sociedad tradicional y cristiana no es irrelevante. Sólo desde una mentalidad centrada en el egoísmo, en el éxito mundano y monetario se puede despreciar la importancia del papel que durante siglos ha desempeñado la mujer; sólo desde la soberbia se puede sentenciar que nuestras madres, abuelas y bisabuelas eran débiles e inútiles por quedarse en casa y por caer en un engaño del que las mujeres liberadas y modernas, presuntamente más listas y poderosas, han logrado escapar. ¿De verdad vamos a permitir que nos digan que la labor que las mujeres han venido desempeñando no sirve de nada, que su esfuerzo secular no ha tenido ninguna influencia, que guiar y cuidar en sus años más vulnerables a toda nueva generación no es tarea tan noble y necesaria como el trabajo mejor pagado?

H. Arendt observa que muchas de las lenguas europeas tienen dos palabras no relacionadas etimológicamente para referirse al desempeño de una actividad: ποιέω – ἐργάζομαι en griego; laborare – facere en latín; Arbeit – Werken en alemán, etc. En castellano tendríamos la diferencia entre labor y trabajo. Grosso modo, puede afirmarse que esta pensadora sitúa la diferencia entre ambas en que la labor se refiere a un esfuerzo repetido para alimentar el proceso de la vida del cuerpo humano y el trabajo da lugar a un producto, a un bien, cuya existencia tiene vocación de permanencia. Así la labor es cíclica, indefinidamente repetitiva y fatigosa mientras que el trabajo tiene un fin determinado. Si bien en líneas generales no suelo estar de acuerdo con H. Arendt, recojo esta idea en concreto, puesto que las tareas del hogar normalmente se denominan labores. Y, efectivamente, el esfuerzo que se realiza en el ámbito doméstico parece ser de este tipo: se cocina para consumir los alimentos, se friega el suelo para que se vuelva a ensuciar, se lava la ropa para que se vuelva a manchar, se hacen las camas que en menos de 24 horas se volverán a deshacer… No hay una remuneración que justifique los esfuerzos, no hay un resultado permanente que dé valor a la actividad, no hay posibilidad de éxito, de fama o de felicitaciones. Es un esfuerzo callado, sacrificado y permanente, que normalmente ha recaído sobre la mujer. Desde la perspectiva del dominio o del orgullo, pedir a alguien que se someta, que sirva a los demás sin esperar nada a cambio, que obedezca es como exigir la esclavitud más humillante. Pero, tal y como comenta C. Miriano en su libro Cásate y sé sumisa, desde una perspectiva cristiana, pedir ese sacrificio significa situar a la mujer en un puesto clave porque quien está debajo sostiene el mundo. Nadie realizó mayor sacrificio que Dios Nuestro Señor, nadie se abajó tanto como Él y nadie despreció tanto el éxito y reconocimiento mundanos. Por tanto, darse a los demás no es un abuso, es seguir Su ejemplo. La dedicación a las labores del hogar no significa el desperdicio del talento de una mujer. Es un gesto de generosidad ejemplar en una sociedad donde priman el interés y la vanidad. También es un hermoso gesto de confianza mutua entre el hombre y la mujer, cada uno se dedica a una tarea confiando en que el otro realizará la suya, necesitando el uno del otro en lugar de pretender una autonomía absoluta separadamente.

Llegados a este punto, muchos alegarían la posibilidad del reparto de tareas y otros argumentos a favor de la paridad. Tienen razón. De facto cabe la posibilidad de que hombre y mujer trabajen fuera de casa y se repartan las tareas del hogar. Pero la cuestión no es si se puede, sino si se debe operar tal cambio. A ellos yo les preguntaría: ¿cuál es el motivo por el que se debe cambiar el orden que hemos heredado? ¿Acaso nosotros somos mejores que las personas que nos precedieron? Tal vez deberíamos ser más humildes y preguntarnos por qué nuestros padres y abuelos hicieron las cosas como las hicieron; tal vez intentar comprender a otros sea mejor que tratar de corregirlos. Este modo de pensar no supone el total inmovilismo, sólo el establecimiento de una presunción, que siempre admite prueba en contrario, a favor de lo heredado. Pero hay que esforzarse en encontrar y fundamentar debidamente esa prueba en contrario si se quiere introducir algún cambio. Sobre por qué el hombre habitualmente ha trabajado fuera de casa y la mujer no, se me ocurren varias justificaciones razonables. Una de ellas apunta al hecho de que el hogar y el trabajo son ámbitos distintos -en cierto sentido, opuestos- en los que desenvolverse con soltura requiere tiempo y dedicación: el hábito es condición indispensable para desempeñar de modo solvente cualquier tarea. Bien, creo que a nadie se le ocurriría repartirse, por ejemplo, el estudio de una carrera con otra persona. La división de tareas puede ser una solución coyuntural ante ciertas circunstancias, pero no creo que sea lo más deseable. La familia requiere un cuidado constante y celoso. Aunque me adentre en cuestión compleja que requeriría un largo aparte, voy a desviarme brevemente del tema para hacer una advertencia: la familia no es un fin en sí mismo, sino una valiosa pieza que debe insertarse en un orden social determinado. De igual manera que el trabajo fuera del ámbito doméstico no tendría sentido sin la labor dentro del mismo, la defensa de la familia tampoco lo tendría si no se vinculara con un modelo de sociedad del que adquiere fundamento y al que presta continuidad.

Desde mi punto de vista, el cuidado de los hijos, de la casa, de la familia y del hogar es una responsabilidad de capital importancia, que no se debe menospreciar por inútil, ni se debe eludir por costosa. Y ahora, dadas las circunstancias, es también un privilegio inalcanzable para muchas mujeres. Me parece que, sin darnos cuenta, el derecho de toda mujer a trabajar fuera de casa se ha convertido en una obligación. No soy muy ducha en economía pero, según mi experiencia, a día de hoy para sostener una familia con varios hijos difícilmente basta un sueldo. Muy bien, ahora las mujeres pueden trabajar sin solicitar permiso de nadie. Pero quizás debamos preguntarnos qué sucede si queremos cuidar de nuestra familia, si preferimos no trabajar ¿tenemos tal opción a nuestro alcance? Quizás lo que comúnmente se llama liberación de la mujer sea, en realidad, el cambio de una obligación por otra.

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