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Mártires de la Tradición: Sermón de D. Ángel David Martín Rubio

Recuerdo algo de todos conocido al evocar el origen de esta fiesta en una carta de S.M. D. Carlos VII al Marqués de Cerralbo del 5 de noviembre de 1895 en la que se proponía honrar «a los mártires que desde principio del siglo XIX han perecido a la sombra de la bandera de Dios, Patria y Rey, en los campos de batalla y en el destierro, en los calabozos y en los hospitales». Desde entonces, la fiesta nacional en honor a los Mártires de la Tradición se sumaba a un calendario muy heterogéneo de festividades carlistas en el que, junto a fiestas locales y religiosas, se hallaban los aniversarios de la Familia Real o el recuerdo de algunos hechos vinculados a las campañas militares.

1. Los historiadores llaman la atención sobre el momento en que tuvo lugar: muy lejos quedaban las primeras luchas, la Guerra de los Siete Años, incluso de la última guerra habían pasado más de dos décadas cuando el siglo estaba concluyendo. Pero los carlistas eran muy conscientes de que su ideario y su resistencia se habría ido disolviendo si no fuera por el cimiento de sangre sobre el que se hallaba asentado. En una carta de Francisco Martín Melgar al Marqués de Cerralbo (Venecia, 25 de abril de 1890) se afirmaba:

«Lo que le ha dado hervor y actividad es la muerte en el campo de batalla del padre de éste, el fusilamiento de la madre del otro, los balazos que enseña con orgullo el abuelo del de más allá, los relatos marciales escuchados en las noches de invierno por niños que se comían al narrador con los ojos y cuyos corazoncitos rompían el pecho con la esperanza de que algún día serían grandes y harían hazañas como aquéllas».

75 años nos separan a nosotros de la última vez que los carlistas salieron a los frentes de combate para defender sus sagrados ideales en la Cruzada de 1936. Millares y millares de voluntarios, millares y millares de requetés, se lanzaron a luchar y a morir. Se cubrieron de gloria en todos los campos de batalla, en todos los frentes, y de ellos nacieron los heroicos Tercios de Requetés.

Los héroes y los mártires andaban tan de la mano, que muchas veces las fronteras entre ambos se difuminan. Sabido es que el Alzamiento falló en muchos sitios y quedaron sujetas al dominio del Frente Popular zonas donde había muchos requetés como Cataluña, Valencia o el Maestrazgo. Allí, y en toda la España roja, los carlistas fueron perseguidos, martirizados, fusilados… En todos ellos se cumple la frase de la Ordenanza del Requeté: «Ante Dios, nunca serás héroe anónimo».

2. «Que la conmemoración de nuestros mártires —afirmaba Don Carlos en el texto citado— no se limite a satisfacer una necesidad del corazón y una deuda de gratitud». En su intención estaba también la idea de que los actos de homenaje debían servir para fortalecer los vínculos de las jóvenes generaciones con las anteriores compartiendo un referente común en el pasado. «Sed siempre y en todo dignos de nuestros antepasados, y mantened la fe y los principios que ellos defendieron», afirmaba Don Carlos en un autógrafo dirigido a la juventud carlista de Barcelona.

En una palabra, la fiesta de los Mártires de la Tradición —además de honrarles a ellos y de pedir por el eterno descanso de sus almas— trata de unir saltando por el arco del tiempo, a ellos con nosotros. A los que ofrecieron sus vidas por Dios, por la Patria y por el Rey legítimo con los que nos honramos de continuar su obra en las circunstancias que nos ha tocado vivir. Quedando así enlazados unos con otros en larga cadena no solo de nostalgias sino, sobre todo, de esperanzas.

«Vosotros —decía D. Carlos VII en su Testamento Político— podéis salvar a la Patria, como la salvasteis, con el Rey a la cabeza de las hordas mahometanas y, huérfanos de Monarca, de las legiones napoleónicas. Antepasados de los voluntarios de Alpéns y de Lácar eran los que vencieron en las Navas y en Bailén. Unos y otros llevaban la misma fe en el alma y el mismo grito de guerra en los labios».

Ellos dieron su vida ante todo por una afirmación del Reinado social y eterno de Jesucristo. Muchos murieron gritando ¡Viva Cristo Rey! como su última jaculatoria. Proclamación, rubricada con su propia sangre, de la realeza y soberanía de Jesucristo sobre los individuos, las familias y las naciones. Grito triunfal de la buena muerte. Fórmula fecunda de la paz cristiana que en la verdad ilumina, en la justicia repara y en la caridad edifica.

A nosotros corresponde hoy, siguiendo sus pasos, «asegurar la supremacía de ciertos valores morales que condicionan por voluntad de Dios el ejercicio de la soberanía, a los que todo sistema de participación debe subordinarse y a los que la autoridad social debe servir y tutelar por encima de las variables corrientes de opinión». No caigamos en la trampa de los que llevan la etiqueta de «cristianos» y después, en su actuación política «no toman en realidad de la doctrina cristiana más que elementos parciales y coincidentes con el liberalismo agnóstico y apenas cuidan en la vida pública los valores cristianos más sustantivos» (Mons. Guerra Campos).

En este día, fiesta de nuestros Mártires, por su memoria sagrada, renovamos el juramento de serles fieles, de ser fieles a los principios que ellos defendieron, a los principios por los cuales murieron, ofreciendo su vida con la esperanza de que su sacrificio heroico germinara en el suelo español.

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