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Mártires de la Tradición: discurso de José de Armas

pepearmas140315La Tradición con mayúsculas es una realidad muy superior al Carlismo. Sin embargo parece, porque así lo demuestran los hechos, que el Carlismo es absolutamente necesario (al menos en las Españas) para la defensa de la Tradición por encima de todo. Porque los carlistas profesamos una fe de raíz, creemos en la vigencia de una doctrina íntegra, y reaccionamos consecuentemente a los asaltos de la Revolución.

Por eso no ha de extrañarnos que los revolucionarios de toda laya –desde los de navaja y garrote, hasta los de gabinete, guantes blancos y pluma pestilente- pretendan injuriarnos con los piropos de radicales, integristas y reaccionarios. Los unos por pura ignorancia y los otros por mala fe, usan esos epítetos olvidando hasta su etimología.

Sí, señores, somos los más radicales porque veneramos nuestras raíces, los más integristas porque creemos en la verdad entera, los más reaccionarios porque damos la cara, radical e íntegramente frente al derrumbamiento de todo lo más sagrado: Dios, la Patria, los Fueros y el Rey; todo hasta el sacrificio de la vida si llega la ocasión.

_____________

Han existido en la Historia muchas clases de sufrimiento, a los que se ha aplicado, indebidamente por analogía, el calificativo de martirio. Por ejemplo, no es martirio ofrecer la vida en defensa de un teorema de geometría. Es más, la Iglesia no considera como mártires a todos los que muriendo por la patria en una guerra justa hayan realizado un acto muy meritorio, pues “el bien de la nación es superior al bien del individuo”. La razón estriba en que el bien del Estado, aunque sea el primer bien humano, está por debajo del bien divino. El martirio supone un testimonio dado por asentimiento a la verdad divina, no a una verdad cualquiera.

No fueron, pues, mártires los cientos de norteamericanos que perecieron en las torres gemelas de Nueva York, ni los madrileños del tren del 11 de marzo, ni mucho menos los blasfemos franceses del periodicucho que tanto ha ofendido también a la Santa Madre Iglesia; ni siquiera la mayoría de los que pudieran sucumbir bajo la cúpula de San Pedro del Vaticano si las derriban (¡Dios no lo permita!) los diabólicos bárbaros que tratan de arrasar todo vestigio occidental de raíz católica.

            Nos dice la Enciclopedia de la Religión Católica (T. V, pág. 158) que “El martirio es acto de virtud, pues consiste en mantenerse firme en la verdad y la justicia contra los asaltos de la persecución; de aquí que los solos actos de virtud pueden proporcionar la felicidad eterna, prometida a los mártires: Bienaventurados los que sufren persecución por la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. (Mat.,V, 10)”. Y esto, primordialmente, fue lo que hicieron muchísimos de nuestros correligionarios carlistas, cuyo trascendental sacrificio celebramos una vez más desde hace 169 años.elevacioncaliz140315

Permítanme que les relate una anécdota de las pocas que mi padre contó de la última Cruzada, que viene a mi memoria con frecuencia pero más en estas fechas. El autor de mis días siempre fue un hombre de orden, católico a machamartillo, pero no carlista. Era a la sazón un joven estudiante aquí, en Madrid. Cuando el Ejército Rojo lo llamó a filas no se presentó, y por eso fue detenido y preso durante varios meses en un tercer sótano de la Dirección General de Seguridad (calle Fernando El Santo). Entre la heterogénea hacinación de encarcelados destacaba la figura aristocrática de un anciano caballero de luengas barbas, cuya única obsesión era, además de tratar de consolar a los más atribulados, el rezo constante del santo Rosario. Pronto simpatizaron y al preguntarle mi padre el motivo de su detención, el caballero contestó: “A mí por tradicionalista”. Durante semanas rezaron bastante juntos. Hasta que un día sonó, una vez más, la patética orden; “¡Camarada fulano, camarada mengano, camarada zutano, camarada Coronado, acompáñame!”. Y el camarada Coronado, antes de emprender el paseo, se despidió con disimulo: “Llegó la hora. Ya estoy feliz. Siga usted rezando mucho. Nos veremos arriba”.

España necesita estos ejemplos de fe heroica, aunque no se entiendan ni en  nuestros ámbitos más próximos. Ante Dios nunca seremos héroes anónimos. El mundo entero lo requiere; está desorientado no sólo por la prostitución democrática de las monarquías; no sólo por el olvido de las libertades, solapadas por la utopía de la Libertad; no sólo por la desintegración de la patria, sino sobre todo por la apostasía de la mayoría de los hombres de Iglesia ante el mismo Dios, lo cual ya no supone un inadmisible abandono, sino una condenable y condenada apostasía; sólo falta pegar fuego a los altares. No es pesimismo, es la realidad que vemos a diario. Pero aunque humanamente parezca imposible, no podemos dejar de procurar e impetrar el milagro de las sanas restauraciones. Parece llegada la hora de que los carlistas nos ofrezcamos una vez más. Porque, como decía hace unos días el P. García Gallardo, al menos, “ante este diluvio de iniquidad (…) nos queda la fe que se aferra a la única esperanza que nos viene de la Cruz”.

La conmemoración de los Mártires de la Tradición no debe limitarse a una sola fecha, porque además de este entrañable y puntual encuentro de correligionarios para juntos dar gracias e implorar la protección de Nuestro Señor del cielo en la Santa Misa, y gozar el ágape al calor de nuestro Señor de la tierra, el preterido dogma de la Comunión de los Santos nos obliga a permanecer unidos en este cuerpo místico y a la vez humano, combatiendo a los destructores de nuestra identidad.

Ante los comentarios sobre el combate que los católicos tenemos planteado a todos los niveles, un sacerdote de absoluta confianza y muy bien informado me hizo ver la marcha de decepcionados de buena voluntad que últimamente se vienen aproximando a la Santa Tradición, cosa que, si estamos atentos, personalmente todos podremos detectar. Es claro que el lenguaje, el talante y las determinaciones melifluas de quienes debieran orientar la inteligencia de los espíritus, están llegando a desilusionar a los ilusos y espantar a los ingenuos. Y no es para menos…

Pensemos con Santa Teresa en su V centenario, que la paciencia todo lo alcanza y que Dios escribe derecho con reglones torcidos.

Y ya que somos herederos y custodios de esta fe, pidamos a la Divina Providencia las virtudes de Prudencia, Justicia, Fortaleza y Templanza para dar todo lo que sea preciso.

José de Armas Díaz

El Pardo (Madrid), 14 marzo 2015

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